La perla

El auténtico valor

  Il valore  vero   DCM-006
04 junio 2022

El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

Mateo 13, 45-46


Según lo narrado en Marcos 4, 33-34, Jesús habló a la multitud en parábolas y luego explicó todo en privado a sus discípulos. Dado que solo se conservan algunas de estas explicaciones, Jesús nos invita a darles nuestra interpretación. Por desgracia, a menudo nos detenemos en significados fáciles: ser amable como el samaritano o ser perdonados como el hijo pródigo.

Estas interpretaciones no son equivocadas, pero sí incompletas.

Si nos detenemos en estas sencillas lecciones, perdemos la genialidad de la enseñanza de Jesús. Como otros judíos, Jesús sabía que las parábolas sorprenden, desafían, incluso acusan porque conocía la parábola de los árboles narrada por Jotam en Jueces 9; o la parábola de la ovejita de Natán en 2 Samuel 12. Pero ya que somos reticentes al desafío y al cambio, tendemos a serlo también ante las provocaciones de las parábolas. Por ello, hemos de volver a escuchar las parábolas.

Jesús comienza diciendo “el reino de los cielos es como un comerciante”. La palabra griega para comerciante es emporos, de ahí “emporio”. En la antigüedad el comerciante, el emporos, era una persona que vendía cosas que innecesarias a precios imposibles. El único otro pasaje en el que aparecen los emporos en el Nuevo Testamento es en Apocalipsis, 18, que describe a “los mercaderes de la tierra” que “lloran y gimen” porque “ya nadie compra sus mercancías”. Las mercancías eran oro y plata, y esclavos. En el Antiguo Testamento los emporoi venden a José como esclavo (Génesis 37, 28) y llenan los cofres de Salomón (1 Reyes 10, 15, 28; 2 Crónicas 1, 16). Eclesiástico 26, 20 dice: “Difícilmente está libre de culpa el negociante, y el comerciante no se verá libre de pecado”. Comparar el reino con un comerciante desafía los estereotipos: no juzgar a las personas en función de sus trabajos o ingresos. Hay que observar su personalidad.

¿Y la perla? Las perlas, la única joya generada por un ser vivo, se forman cuando las ostras producen nácar para protegerse de objetos extraños como la arena. De ahí la analogía entre la creación de una perla y el derramamiento de lágrimas. La parábola nos anima a que, si algo nos preocupa mucho, generemos algo hermoso.

Entonces, el comerciante “va en busca”. Jesús aconseja: “Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura”, (Mateo 6, 33). También asegura: “Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. Entonces nos preguntamos: ¿qué estamos buscando? El mercader vende todas sus posesiones, -casa, comida, ropa-, para comprar una perla. Y hay más. Mientras va en busca de perlas preciosas, en cuanto encuentra una de gran valor deja de buscar. Sabe lo que es de mayor valor para él y esto cambia su vida, porque una vez que posee esa perla deja de ser comerciante. La parábola, por lo tanto, plantea otras preguntas. Aquí hay cinco. En primer lugar, pregunta: ¿sabemos lo que estamos buscando? ¿Cuál es nuestra máxima preocupación?

En segundo lugar, provoca: el comerciante sabía cuándo dejar de buscar y estar satisfecho con lo que tenía. ¿Y nosotros? En tercer lugar, apremia: ¿Hemos encontrado nuestra perla? Esta es una pregunta muy importante para las mujeres, que tan a menudo anteponen las necesidades de los demás a las propias. Cada una de nosotras puede tener un sueño o una meta. En cuarto lugar, interroga: ¿Sabemos cuál es la mayor preocupación de los demás? Si no sabemos qué es lo más importante para ellos como el alimento, la salud, los hijos, la educación o la libertad, ¿cómo podemos decir que los amamos? Finalmente: ¿Nuestra perla es útil o destructiva? ¿Nuestra perla es la justicia, la compasión o el servicio; o es el dinero, la fama, la belleza o el poder? ¿Nuestra perla dará satisfacción o alegría o solo dará el deseo de tener más? Porque si nuestra perla es el dinero, el poder, la fama o la belleza, nunca estaremos satisfechos.

Jesús no nos dice el significado de la parábola. De hecho, en lugar de reflexionar sobre el significado de una parábola, podríamos preguntarnos qué hace: ¿Nos empuja a revisar nuestros valores? ¿A reorientar nuestra vida?

Una vez que conocemos nuestra perla, que es de suma importancia, podremos lidiar más fácilmente con la decepción; podremos decidir más fácilmente cuándo luchar y cuándo rendirnos; sabremos lo que es esencial y lo que no es más que algo superfluo. Entonces, cuando encontremos nuestra perla, tendremos un pie en el Reino de los cielos.

de Amy-Jill Levine