En Apertura

La evangelización a través del arte

(Foto Umberto Pizzi)
05 febrero 2022

Un recorrido por los Museos Vaticanos
de la mano de su directora, Barbara Jatta


La primera obra que elige Barbara Jatta tiene veinticuatro centímetros de alto por dieciocho de ancho. Es tan pequeña que casi pasa desapercibida en la inmensidad de las obras conservadas en los Museos Vaticanos, unas ciento cincuenta mil piezas repartidas en un itinerario expositivo de más de siete kilómetros. Se encuentra en la Pinacoteca de los Museos Vaticanos, en una de las salas del siglo XV. Son la Virgen y el Niño entre Santo Domingo y Santa Catalina de Alejandría. Se le atribuye a Fra Angélico y data de 1435.

Aquí comienza nuestro viaje con la directora de los Museos Vaticanos, la primera mujer en ocupar este cargo. Fue nombrada por el Papa Francisco en 2017. Le pedimos que elija las obras de tema femenino que más le gusten. Casi un mapa del alma. Partimos de este cuadro de Fra Angélico. “Me llama la atención porque es una mujer muy dulce, como solo puede serlo la Virgen, pero a la vez resolutiva”, explica. Notamos que la mirada de la Virgen no se dirige al Niño, sino al espectador. “Es una obra pequeña. Además, fue una de las obras por las que más devoción sintió Juan Pablo II, tanto que recientemente la enviamos a Varsovia para una exposición con motivo del centenario de su nacimiento y fue elegida como portada del catálogo. Este cuadro es uno de mis favoritos de todo el Museo”.

Dulce y a la vez decidida también aparece Barbara Jatta, quien vive jornadas largas e intensas entre el trabajo y la familia, un marido pediatra, - “tengo suerte porque me ayudó mucho cuando los niños eran pequeños”-, y tres hijos ya mayores (el mayor tiene 30 años, el segundo 28, el menor 19). “Creo que cada uno debe ser él mismo. Está claro que cuando tienes un puesto como el mío hay que prepararse... Pero es fundamental no perder la propia identidad. Recuerdo que, nada más ser nombrada, un gran directivo de una empresa americana me dijo: ‘Recuerda siempre quién eres, no lo que eres’”.

Por supuesto, no tiene que ser fácil trabajar en un entorno mayoritariamente masculino: “Pero no todo es masculino. Cuando entré en la Biblioteca Vaticana, hace veintiséis años, éramos tres mujeres, todos los demás eran hombres. Cuando me fui, el 50 por ciento eran mujeres. Cuando llegué a los Museos hace cinco años, el 50 por ciento de los casi 800 empleados eran mujeres. Como en todas partes, lo importante, independientemente del género, es la profesionalidad. En el Vaticano no hay discriminación. Una mujer, Lucina Vattuone, por ejemplo, se ocupa de un servicio importante. Un hombre es mi delegado para los departamentos científicos y lo elegí porque consideré que era el más adecuado. Cuando tuve que elegir un jefe del taller de restauración de los cuadros, elegí a una mujer únicamente por su profesionalidad”.

Reanudamos nuestro viaje. “Tenemos una capilla maravillosa enteramente pintada al fresco por el Beato Angélico, en la que nos encontramos totalmente abrazados por las pinturas. Es muy luminosa y a la vez invita al recogimiento”. Está ubicada en el corazón del Palacio Apostólico. Se trata de la Capilla Niccolina, llamada así por el Papa Nicolás V que ordenó su construcción. De momento, no está incluida en el itinerario del recorrido habitual porque es demasiado pequeña para garantizar el distanciamiento. Tras un camino laberíntico, nos encontramos frente a una pequeña puerta. Tan pronto como cruzamos el umbral, nos baña una luz cálida y dorada. La capilla está dedicada a los Santos Esteban y Lorenzo. En la parte central, al entrar por la derecha, aparece un fresco que narra el episodio de San Esteban y la disputa en el Sanedrín. El santo está de pie. Frente a él, un grupo de mujeres sentadas en el suelo lo escuchan, algunas atentamente y otras más distraídas. Los hombres se encuentran en el fondo.

“En los veinte años de la Biblioteca, he sido bien valorada por cinco cardenales y tres prefectos. Nunca me he sentido discriminada como mujer. Tampoco cuando llegué aquí. Está claro que a veces estás en minoría. Hace algún tiempo tuvimos una reunión de Gobernación y yo era la única mujer. Y la primera vez que fui a saludar al Papa, en Navidad, cuando dijo “hermanos”, todos se volvieron hacia mí porque yo era la única mujer. Pero en los últimos años, las cosas han cambiado. Después de todo, el Vaticano es un espejo de la sociedad actual”, cuenta la directora. Precisamente en noviembre, para la Gobernación, el Papa Francisco nombró como Secretaria general a sor Raffaella Petrini, la primera mujer en ocupar este cargo.

Vamos ahora a la Capilla Sixtina. Pero no nos detenemos en el Juicio Final. Barbara Jatta nos dice que miremos hacia arriba, hacia las Sibilas, esas majestuosas figuras de mujeres pintadas al fresco por Miguel Ángel Buonarroti entre 1508 y 1512. “Siempre me han llamado la atención porque son mensajeras de la Palabra y son imponentes. Incluso se ven algo masculinas. La Délfica y la Líbica son figuras maravillosas y muy interesantes. Son mujeres que ven las cosas antes que los demás”. Nos detenemos a observar la Délfica. Tiene un pergamino en la mano y su mirada en sentido opuesto al de su cuerpo, como si algo o alguien la hubiera distraído mientras lo estaba leyendo.

Volvemos a la Pinacoteca. En una sala al fondo, la octava, la directora de los Museos Vaticanos nos muestra un gran cuadro: se trata de la Madonna di Foligno de Rafael. “Es una obra de madurez artística, que remite a los artistas venecianos, pero también a la plasticidad de Miguel Ángel. Tiene una dulzura infinita. Me parece una obra preciosísima”. Le brillan los ojos. “Mi trabajo, que es estar rodeada de esta belleza, es un gran privilegio y una gran bendición porque te llena. Como me dijo recientemente el Papa Francisco, el arte ayuda a avanzar. Las dificultades están ahí, por supuesto, pero merece la pena. Esta belleza te da la fuerza para continuar con pasión, con devoción y con sentido de responsabilidad por este papel delicado e importante. Un papel de conservación y de puesta en común de un patrimonio, no solo de historia y de arte, sino también de fe y devoción cristianas”.

Le preguntamos cómo se relacionan el arte y la fe. “Estos son unos museos donde la identidad cristiana es tan fuerte que la atención al aspecto de la evangelización es primordial. Soy historiadora del arte, pero en este lugar las consideraciones son y deben ser otras. Permítanme darles un ejemplo. Soy parte de una junta directiva de museos internacionales como el Louvre o la National Gallery. Sin embargo, me doy cuenta claramente de que llevo conmigo una identidad diferente, que es la cristiana. Lo que se está haciendo aquí es un trabajo no solo de educación artística e histórica, sino de evangelización a través del arte. Pío XI lo entendió cuando, a raíz de los Pactos Lateranenses de 1929, instituyó la comisión de obras que permitió la construcción de la rampa de entrada y la puerta principal y que permitió la entrada de visitantes directamente desde Italia. Desde 1932, cualquier persona puede pagar una entrada y entrar sin problemas. Sin embargo, antes había que entrar desde el Palacio de forma que los Museos solo estaban abiertos a diplomáticos o académicos. Pío XI comprendió, como hombre de cultura y de fe, el extraordinario potencial evangelizador contenido en estas colecciones”.

Y, en este triunfo de la belleza, la mujer es una figura fundamental. “No hay duda de que las figuras femeninas son notables en todas las colecciones. La Virgen es la representación por excelencia en el arte cristiano. En algunos casos, quizás incluso más que Cristo. Pero ya en la antigüedad la figura femenina era muy valorada. Lo vemos con las Venus”. La directora nos muestra dos. Están ubicadas en el Museo Pío Clementino. La primera es una copia de las Afroditas de Doidalsas. “Mira su cara y esa dulzura de movimiento”. La segunda está en la misma sala y es una copia romana de la Afrodita Cnido de Praxíteles, de facciones suaves y expresión seria.

“Hay muchas Venus maravillosas en el Museo Pío Clementino. Y hay una hermosa escultura femenina en el Museo Profano Gregoriano”. Es la Niobide Chiaramonti. La estatua, una copia de la época de Adriano, representa a una de las hijas de Niobe tratando de escapar de las flechas de Apolo y Artemisa. Le falta la cabeza, solo queda el cuerpo. “Es una mujer fuerte y en movimiento. Y tiene un drapeado espléndido como movido por el viento”, nos invita a observar. En efecto, al mirarla este movimiento de todo el cuerpo impresiona, como si el escultor hubiera captado el instante en que huye. “La hemos puesto en el centro de la sala. Después de todo, la Niobide es una divinidad”.

Hay una continuidad “entre el arte antiguo y el cristiano: la mujer es la expresión de un canon de dulzura y de belleza. Con el cristianismo, el sujeto femenino experimenta un desarrollo exponencial debido al papel que la Virgen juega en la vida”.

Nuestro viaje ha terminado y nos dirigimos hacia la salida no sin antes echar un último vistazo a esa Niobide que huía.

de Elisa Calessi


Barbara Jatta
es directora de los Museos Vaticanos desde el 1 de enero de 2017. Fue nombrada por el Papa Francisco. Tiene cincuenta y nueve años, es historiadora del arte y es la primera mujer en ocupar este cargo en quinientos años de Historia de las colecciones pontificias. Alrededor de mil personas trabajan en los Museos todos los días, entre empleados y colaboradores.