El reto de los abusos sexuales. Lo que ha hecho el Papa desde la reunión de febrero de 2019

En preparación de la Conferencia de Varsovia

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27 agosto 2021

En febrero de 2019, el Papa Francisco invitó a los presidentes de todas las Conferencias episcopales al Vaticano para un encuentro sobre la protección de los menores en la Iglesia, con el fin de afrontar el tema de los abusos sexuales por parte de miembros del clero. Un encuentro análogo, focalizado en la región de Europa central y oriental, tendrá lugar en Varsovia del 19 al 22 de septiembre. En este artículo el jesuita Federico Lombardi —que fue el moderador de las sesiones plenarias del encuentro del 2019— incluye el próximo congreso regional en el contexto del camino eclesial realizado hasta ahora.

En el mundo actual, la Iglesia se enfrenta a grandes desafíos. El más fundamental es el de la fe y el anuncio de Dios y de Jesucristo en el mundo actual, con sus enormes transformaciones culturales y antropológicas. Pero también hay desafíos específicos, que tienen un efecto muy profundo en la vida de la Iglesia y en su misión de evangelización. Uno de los más críticos de las últimas décadas, porque ha herido la credibilidad de la Iglesia y, por tanto, su autoridad y su capacidad de anunciar el Evangelio de forma creíble, es el de los abusos sexuales a menores por parte de miembros del clero. Ha arrojado una sombra de incoherencia y falta de sinceridad sobre la institución de la Iglesia, sobre la comunidad eclesial en su conjunto. Esto es muy grave.

Con el tiempo y la experiencia, empezando por los abusos sexuales a menores -que son los más graves-, hemos aprendido a ampliar la perspectiva en diferentes aspectos, de manera que hoy se habla con más frecuencia de abusos contra personas “vulnerables” y sabemos que deben ser vistos como abusos no sólo de sexo, sino también de poder y de conciencia, como ha insistido muchas veces el Papa Francisco. Además, es necesario recordar que el problema de los abusos, en sus diversas dimensiones, es un problema general de la sociedad humana, en los países en los que vivimos y en los diferentes continentes, y no es un problema exclusivo de la Iglesia católica. Por el contrario, cualquiera que lo estudie de forma objetiva y exhaustiva verá que hay regiones, lugares e instituciones muy diferentes en las que la cuestión está dramáticamente extendida.

Al mismo tiempo, es correcto que abordemos específicamente el problema de la Iglesia, debido -como ya se ha dicho- a su credibilidad y coherencia. La Iglesia siempre ha insistido en su enseñanza sobre el comportamiento sexual y el respeto a la persona. Por eso, aunque veamos que no es un problema exclusivo de la Iglesia, debemos tomarlo absolutamente en serio y comprender que tiene una gravedad terrible en el contexto de la vida de la Iglesia y del anuncio del Evangelio del Señor.

En particular, es un ámbito en el que está en juego la profundidad y la verdad de la relación con las personas, cuya dignidad debe respetarse profundamente. Como cristianos y católicos nos enorgullecemos de reconocer la dignidad de la persona como algo fundamental, porque la persona es la imagen de Dios. Ahora bien, el hecho de abusar, de faltar al respeto, de tratar a los demás como objetos, de no estar atentos a su sufrimiento, es un signo de fracaso en un punto fundamental de nuestra fe y de nuestra visión del mundo.

En la muy reciente reforma del derecho canónico hay un aspecto que puede parecer puramente formal, pero que es muy significativo desde este punto de vista. Los delitos de maltrato se incluyen en el ámbito de los delitos “contra la vida, la dignidad y la libertad de la persona”. No son “cosas vergonzosas” o “indignas del clero”, pero se subraya que en la perspectiva de la Iglesia la dignidad de la persona debe situarse en el centro y debe ser respetada porque y como imagen de Dios. Esto es absolutamente fundamental. Convertirnos para tomar mucho más en serio la escucha y el respeto a cada persona, incluso a las pequeñas o débiles, es uno de los puntos importantes del camino de conversión y purificación de la Iglesia en nuestro tiempo para ser creíble.

La Convención de 2019: responsabilidad, rendición de cuentas, transparencia

Sin tener que rehacer toda la historia de los dramáticos acontecimientos y posiciones de la Iglesia sobre los abusos sexuales, podemos, para simplificar, referirnos a la “Cumbre” de febrero de 2019. Fue convocada por el Papa como un momento global, en el que toda la Iglesia, a través de los representantes de todas las Conferencias Episcopales, de las congregaciones religiosas masculinas y femeninas, se reuniera para un momento de toma de conciencia y de compromiso, con el fin de continuar más eficazmente el camino de la renovación.

La organización de esa conferencia (cuyas actas se han publicado en el volumen Conciencia y purificación por lev ) giró en torno a tres puntos principales.

En primer lugar, ya a finales de marzo de 2019, se promulgaron las nuevas leyes y directrices relativas al Vaticano y la Santa Sede, ampliando el enfoque, además del abuso de menores, a las “personas vulnerables”. Luego, el 9 de mayo de 2019, se promulgó una nueva ley de gran importancia para toda la Iglesia, el Motu proprio Vos estis lux mundi - “Vosotros sois la luz del mundo”-, en el que el Papa ordenó que en todas las diócesis se crearan oficinas para recibir denuncias e iniciar procedimientos para responder a los abusos. No sólo eso, sino que también estableció la obligación para todos los sacerdotes y religiosos de denunciar los abusos de los que tuvieran conocimiento, e invitó a los miembros laicos de la Iglesia a denunciar también. Ahora, todos los sacerdotes y monjas están obligados en conciencia a denunciar cualquier caso de abuso de menores del que tengan conocimiento, y no sólo los que se producen contra menores, que son los más graves, sino también los que se producen contra otras personas vulnerables u otros abusos cometidos con violencia. Y los laicos también están invitados a hacerlo, y tienen que saber el lugar preciso donde pueden presentar la queja. Este es un paso muy decisivo. Por supuesto que hay que comprobar si se aplica en su totalidad, pero ya es ley para toda la Iglesia. Es un paso absolutamente fundamental dado por el Papa, probablemente el más importante en este campo desde hace casi veinte años. No sólo eso, sino que la misma ley establece el procedimiento para denunciar a los más altos superiores -superiores generales de órdenes religiosas, obispos, cardenales...- no sólo por abusos, sino también por casos de “encubrimiento”. Así, las cuestiones de responsabilidad y rendición de cuentas se han abordado radicalmente.

Además, en diciembre de 2019 se suprimió el “secreto pontificio” sobre los actos relacionados con asuntos de abusos sexuales, lo que permite cooperar también con las autoridades civiles, de forma más clara y suelta que antes. Así pues, más “transparencia”. Luego, en julio de 2020, se concluyó y publicó el famoso Vademécum, que había sido muy solicitado y señalado por el propio Papa como uno de los primeros objetivos del encuentro de 2019. La Congregación para la Doctrina de la Fe lo elaboró: un documento bonito, muy rico, que no dice nada nuevo, pero que ordena y explica claramente, para uso de cada obispo y de cada responsable, todos los puntos que deben conocer y lo que deben hacer en las diferentes situaciones. Una herramienta que era realmente necesaria. Cuando salió no se habló mucho de ello, pero era uno de los puntos esenciales en las peticiones para la reunión de 2019, y se ha hecho.

Más recientemente aún, en Pentecostés de 2021, se publicó el nuevo Libro vi del Código de Derecho Canónico, que contiene un poco todo el derecho penal de la Iglesia, reformulado y organizado de tal manera que las nuevas normas, que a lo largo de los años se habían establecido en el campo de los abusos como en otros campos, se recogen ahora en el Código de Derecho Canónico de manera ordenada, mientras que antes habían permanecido “dispersas” en toda una serie de intervenciones y documentos.

Ahora -insistimos- se puede decir que estas cosas son exactamente las principales que se esperaban del Papa y de la Santa Sede tras el Encuentro de 2019. Y se han hecho.

Se puede añadir que, en este mismo periodo, en noviembre de 2020, también se publicó el voluminoso “Informe McCarrick”, después de que por voluntad del Papa se estudiara con detalle toda la historia del gravísimo escándalo que ha sacudido a la Iglesia en Estados Unidos y a toda la Iglesia: cómo fue posible que un autor de abusos llegara a las alturas de las responsabilidades eclesiásticas, como arzobispo de Washington y cardenal. Esta publicación también puede considerarse como un paso doloroso, pero muy valiente, en la dirección de la transparencia y la voluntad de rendir cuentas de los delitos y responsabilidades incluso en los niveles más altos de la Iglesia.

Así pues, nos enfrentamos a un problema enorme, difícil y doloroso en relación con la credibilidad de la Iglesia. Sin embargo, no es en absoluto cierto que no se haya hecho nada o que se esté haciendo poco o nada. Se puede y se debe decir claramente que la Iglesia universal ha afrontado y afronta este problema, ha dado los pasos necesarios y ha establecido normas, procedimientos y reglas para tratarlo correctamente.

El camino a seguir: de las normas a la práctica

Esto, por supuesto, no significa que todo esté hecho, porque, como sabemos, una cosa es establecer las normas, el marco, y otra muy distinta cambiar la realidad poniéndolas en práctica. La próxima Conferencia de las Iglesias de Europa Central y Oriental, que se celebrará en Varsovia en septiembre, sobre la protección de los menores y las personas vulnerables, va exactamente en este sentido. De hecho, en cada área geográfica y eclesial, que tiene aspectos y problemas comunes desde el punto de vista histórico y cultural, es necesario reflexionar sobre dónde estamos y cuáles son las formas concretas de traducir efectivamente las directrices de la Iglesia universal en la realidad. Esto se ha hecho en otras regiones: por ejemplo, hubo una gran conferencia en América Latina, en México, hace un año. Después, la pandemia interrumpió muchos programas y provocó retrasos. Pero en varios continentes y regiones se está haciendo -o ya se ha hecho- lo mismo que en Europa Central y Oriental. Se trata, pues, de un paso fundamental en un camino común de la Iglesia universal que atañe, con su especificidad, a esta zona geográfica, cultural y eclesial.

En conclusión. Se ha hecho mucho, a nivel de normas generales y también a nivel de experiencias concretas. En algunas partes más, en otras menos. Reunirse es necesario para hacer circular los conocimientos y comprender las formas concretas y eficaces de abordar los problemas. Estamos en el camino y seguiremos en el camino, pero en un camino que en el fondo está suficientemente claro, en el que es necesario avanzar con rapidez y sin incertidumbres, para curar el sufrimiento, para hacer justicia, para evitar los abusos, para restaurar la confianza y la credibilidad de la comunidad eclesial en su interior y en su misión por el bien del mundo.

Federico Lombardi s.i.