Sabias

Más allá de los muros
de la iglesia

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03 julio 2021

El desafío de sor Juana de la Cruz


Hoy, cuando se habla de sor Juana Inés de la Cruz, no es raro que se intente disociarla de la Iglesia católica. Esto se debe a que el mundo secular no puede explicar cómo, con un genio como el suyo y a la altura de los clásicos occidentales, pudo haber sido una fiel hija de la Iglesia. Para disociar a sor Juana del catolicismo hay quienes han planteado el sencillo argumento de que era católica solo porque en el siglo XVII no podría haber sido otra cosa. Por otro lado, hay quienes han asegurado que su rebelión fue tal que la empujó a tomar la opción menos opresiva para una mujer de la época, - la de la vida conventual -, para escapar de la esclavitud ejercida por los hombres. Pero el hecho innegable es, y seguirá siendo, que sor Juana solo fue posible porque era católica. Eliminar el término catolicismo de la ecuación que da como resultado a la hermana Juana sería como eliminar el átomo de oxígeno de la molécula de agua.

Argumentar que sor Juana era católica solo porque nació en la Nueva España en 1648, es decir, porque las circunstancias no le dieron otra posibilidad, no es suficiente para discutir que la identidad de la monja de Nepantla era profundamente católica. Si realmente era imposible que sor Juana no fuera católica, entonces su existencia se vuelve imposible. De hecho, tanto su confesor, el padre Núñez de Miranda, como su biógrafo, el jesuita Diego Calleja, así lo indican. En su Protesta de la fe, sor Juana declara:

“Afirmo que creo en el Dios Todopoderoso, tres personas distintas y un Dios verdadero, y creo que el Verbo se encarnó y se hizo hombre para redimirnos, con todo lo demás que la Santa Madre Iglesia Católica Romana cree y profesa, de la cual soy hija obediente, y como tal deseo y declaro vivir y morir en esta fe y creencia”.

De hecho, si se examina con detenimiento ese período histórico, adquiere sentido la inseparabilidad de sor Juana del catolicismo de la Nueva España. A diferencia de países de tradición protestante, en países marcadamente católicos la figura femenina siempre ha sido una paradoja. Mientras que el ámbito social estaba gobernado por hombres y para hombres, en el ámbito familiar y espiritual sin duda la figura materna fue la protagonista. Es evidente en el contexto familiar de la pequeña Juana de Asbaje (o Azuaje, como leemos en la documentación). Fue su madre, Isabel Ramírez de Çantillana, quien gobernó la casa y mantuvo a la descendencia. Su madre Isabel era una mujer independiente, como se definía en su testamento: “Yo era mujer soltera y tenía como hijas naturales a Josefa María y a María de Azuaje y madre Juana (Inés) de la Cruz, religiosa del convento de San Jerónimo de la Ciudad de México”.

En el mundo hispano, sobre todo el católico, ha habido escritoras muy importantes como Sor Juana, Santa Teresa de Ávila, Úrsula de Jesús en Perú, Sor María de Ágreda, Marcela de San Félix, Sor Ana de la Trinidad, Luisa Carvajal y Mendoza, María de Zayas, Ana Caro de Mallén, María de Guevara, Cristobalina Fernández de Alarcón, Ana de Castro Egas o Francisca Josefa del Castillo.

Sin embargo, no debemos pensar que las mujeres gozaron de plena libertad para crecer como intelectuales instruidas. Es bien sabido que los hombres recurrieron continuamente a distintos argumentos para evitar que las mujeres se desarrollaran como pensadoras. El hecho de que los hombres se quejaron ya nos hace entender que hubo mujeres que lo hicieron.

Hablamos aquí en concreto de la querella de las mujeres, un debate intelectual entre misóginos y, para usar un término similar, filóginias. Es importante subrayar aquí que todos los tratados filóginios presentan argumentos teológicos en defensa del género femenino. Y también es bueno recordar que la teología que se pudo escribir en el mundo hispánico fue la autorizada por la Iglesia Católica. Por tanto, partiendo de un lenguaje y una lógica que precedieron al catolicismo, las mujeres fueron tan defendidas como repudiadas.

Una vez más, el catolicismo reaparece aquí como condición de posibilidad. En ese debate, sor Juana cuestiona el hecho de que los hombres de la Iglesia ordenen a las mujeres permanecer en silencio: “Me gustaría que estos intérpretes y comentaristas de San Pablo me explicaran cómo entienden el verso Mulieres in Ecclesia taceant (1 Corintios 14, 34), que callen vuestras mujeres en las iglesias”.

Unas líneas después sor Juana explica cómo se debe entender esa afirmación: “Y en otro verso: Mulier in silentio discat (1 Timoteo 2, 11), la mujer debe aprender en silencio, ya que este verso es más a favor que en contra de la mujer, dado que ordena a las mujeres a aprender y para aprender está claro que deben guardar silencio. Y también está escrito: Audi Israel, et tace (escucha a Israel y calla) donde se habla a todos los hombres y mujeres y se ordena a todos callar, porque los que escuchan y aprenden tienen razón en atender y callar”.

En la misma Respuesta a sor Filotea, (con la que replicó al obispo de Puebla que en un libro escrito bajo el seudónimo de Filotea la exhortaba a abandonar sus estudios) cuando sor Juana explica su capacidad para escribir y pensar, asegura que la Iglesia “con su santísima autoridad no me lo prohíbe, ¿por qué otros me lo deben prohibir?”.

Aquí no se trata de cancelar la rebelión femenina de sor Juana para insertarla en el contexto del catolicismo, sino de entender el catolicismo a partir de la rebelión. Y esto adquiere enorme importancia cuando contemplamos la teología desarrollada por sor Juana.

Tomemos su poema Sueño. En sus 975 versos, sor Juana se dedica a describir un sueño: “Siendo de noche, me dormí; soñé que de una vez quería comprender todas las cosas de que el universo se compone. No pude ni una divisar por categorías; ni a un solo individuo; desengañada, amaneció y desperté”. Sor Juana reúne tres corrientes teológicas del catolicismo. La Escolástica, que se expresa en el uso que hace de las categorías para comprender el universo; el Neoplatonismo, que se expresa con el tema del viaje del alma que busca comprender la totalidad; y el Hermetismo, que aparece con el tema recurrente del sueño, es decir, el mundo onírico y su dimensión de conocimiento profundo. Sor Juana desafía a la teología para integrar tres corrientes divergentes.

Aunque se pudieran agregar otros elementos, como su magistral tratado teológico, La Carta Atenagórica, la idea general parece clara. La rebelión y los trazos de la heterodoxia caracterizan a sor Juana, pero hay que considerar ambas perfectamente católicas. Sor Juana fue altiva, rebelde, creativa y seductora precisamente porque era católica.

de María Luisa Aspe Armella
Investigadora en el Center for Interdisciplinary Studies (Ceid), México. Miembro del comité académico de la Academia Latinoamericana de líderes católicos.