Religiosas

No son ciudadanas de segunda

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30 abril 2021

Nelly León, primera mujer delegada episcopal en Chile


Una vez más, le ha tocado ser pionera. Desde el 1 de diciembre de 2020, Nelly León es delegada episcopal para la pastoral general de San Felipe y Petorca. Es la primera mujer en Chile en tener un puesto de este tipo. En este último año, otras dos han ostentado un cargo similar en el país, pero con el título de “secretaria pastoral”. “Ah, las definiciones. De vez en cuando, hay quien me pregunta cómo referirse a mí. Entonces respondo: “Monseñora, ¿no?”. Termino riéndome y siempre replico: “Soy sor Nelly””. La ironía es una de las características más visibles de esta religiosa de la Congregación del Buen Pastor, a años luz del estereotipo de la “monja” complaciente y sumisa.

“Tengo una personalidad fuerte y no lo escondo”, dice la “capellana” de la cárcel de mujeres de Santiago, de nuevo la primera mujer en desempeñar esta función. Allí, en la estructura donde ha trabajado durante dieciséis años, el 16 de enero de 2018, recibió al Papa Francisco que visitaba a las internas. También en esa ocasión sor Nelly hizo una demostración de audacia, añadiendo una última una frase al discurso de bienvenida: “En Chile se encarcela a la pobreza”. La afirmación fue recibida con una prolongada ovación. ““Vos sos una campeona”, me dijo al saludarme. Nunca he recibido un cumplido más hermoso”, explica. La cárcel es la gran vocación de la hermana Nelly. Desde marzo de hace un año, cuando estalló la pandemia, también duerme allí para sortear los confinamientos. “Fue lo primero que le pedí al obispo, monseñor Gonzalo Bravo Álvarez. No hay duda sobre mi papel de capellana. Mi corazón está tras las rejas y no me rindo. Así que ahora hago una doble función. No podía renunciar”.

¿Por qué?

Acepté convertirme en delegada episcopal para abrir puertas y caminos a las mujeres en la Iglesia. Entre los fieles y en las comunidades eclesiales, la contribución femenina es fundamental. En la toma de decisiones, sin embargo, las mujeres siguen siendo muy pocas. Durante demasiado tiempo en la Iglesia se nos ha considerado ciudadanas de segunda, es decir, de serie b, y las congregaciones religiosas de mujeres han sido relegadas a papeles secundarios. Por eso, desde hace tiempo muchas de nosotras, incluida yo misma, hemos pedido mayor responsabilidad y espacio siguiendo el ejemplo de grandes figuras de mujeres llenas de coraje, como la Madre María Eufrasia Pelletier, fundadora de mi congregación, o Teresa de Ávila. Y no por sed de poder, sino para poder ofrecer nuestra aportación poniendo en práctica la reciprocidad. No aceptar cuando me lo ofrecieron hubiera sido incoherente.

Parece que en la Iglesia planea todavía un cierto miedo a la presencia de las mujeres en los espacios de decisión, ¿a qué se debería?

No sé si llamarlo miedo. De lo que no cabe duda es que son prejuicios y un afán por aferrarse al pasado. Por eso, quizá pueda contribuir a superar estos prejuicios a través de un buen desempeño de mi cargo.  

¿Qué diría a los cristianos que alimentan estos prejuicios contra las mujeres?

Les pediría que se esforzaran por ir más allá de las imágenes estereotipadas y trataran de conocernos. No tenemos ninguna intención reivindicativa. Ni siquiera me considero una feminista en sentido estricto, aunque creo firmemente en la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres. La sociedad ha avanzado mucho en el tema de la mujer. En la Iglesia estamos solo en el comienzo, estamos ante un camino muy, muy largo. El Papa Francisco está haciendo un trabajo titánico en este sentido y su ejemplo es fuente de inspiración para los obispos. Repito, no buscamos poder. Queremos servir, aportar nuestras habilidades y nuestra mirada a la toma de decisiones. Una perspectiva exclusivamente masculina está mutilada y da lugar a enormes errores. Lo hemos visto en la plaga de abusos que tanto han herido a la Iglesia chilena.

¿Puede explicarnos esto?

Se había convertido en una práctica común “transferir” el problema a otra comunidad, sin resolverlo. Es un modus operandi muy masculino. La actitud femenina, a su vez fruto de un largo proceso histórico y social, es más proclive a resolver. Si hubiera habido más mujeres en los lugares de toma de decisión, la historia habría sido diferente. Por eso, la aportación femenina es tan importante en esta nueva era en la que la Iglesia chilena busca renovarse y sanar heridas. La diócesis en la que estoy trabajando ha sufrido muchos abusos. Así que tengo que afrontar un gran desafío, pero esto me da aún más fuerzas.

¿Cómo el clero y los fieles de su diócesis han tomado su nombramiento como delegada episcopal?

Algunos sacerdotes mostraron una gran satisfacción. Otros sencillamente no han dicho nada. Las más entusiastas, sin duda, han sido las laicas.

Ser capellana tampoco habrá sido fácil…

Empecé a trabajar junto con un sacerdote. Él era el capellán y yo era una mezcla de secretaria y agente pastoral o, en el mejor de los casos, coordinadora. Sin embargo, poco a poco fui asumiendo responsabilidades y, al final, en 2008, me quedé sola. En ese momento comencé a definirme como “capellana”, porque de hecho lo era. Sin embargo, muchas todavía me dicen: “Hermana Nelly, ¿dónde está el capellán?”. Cuando se dan cuenta de que soy yo, se quedan sin palabras.

¿Por qué está tan unida al mundo de la cárcel?

Porque allí aprendí a vivir el Evangelio. La cárcel me enseñó a acoger a todos y a todas sin distinción, a respetar la historia de cada uno, a escuchar con el corazón. Lo que Jesús nos pide. Cuando me cruzo con pasajes como la mujer samaritana o la adúltera perdonada, me pregunto cómo tantos cristianos pueden ser tan duros muchas veces. También experimenté que “la pobreza está encarcelada en Chile”. Por eso quise decirlo en mi discurso ante el Papa Francisco. La frase brotó de mi corazón mientras releía el texto unas horas antes de pronunciarlo.

¿Cuál es su sueño para la Iglesia?

Sueño con una Iglesia más inclusiva, más sinodal, donde hombres y mujeres caminen juntos. Una Iglesia más sencilla, más esencial y más pobre. Sueño que nos quitamos la ropa y los zapatos elegantes y caminamos por las polvorientas calles de los barrios y del mundo con sandalias, como lo hizo Jesús.

de Lucia Capuzzi
Periodista de Avvenire