Tribuna abierta

Un buen sacerdote no se improvisa, su formación necesita de la mujer

cq5dam.thumbnail.cropped.500.281.jpeg
06 febrero 2021

La cultura del mundo bíblico distingue la tarea formativa entre padres y madres hacia hijos e hijas. Proverbios 1,8 asigna el término hebreo mûsar a la función paterna de “disciplinar”, “corregir”, “amonestar”; en cuanto emplea, para la madre, el término torah, en sentido de “instruir”, “direccionar”. La sabiduría israelita aconseja shama, “escuchar”, “obedecer” la  mûsar, y no natash “abandonar”, “despreciar”, “renunciar” a la torah. Como concepto, la torah tuvo origen en ambientes pedagógico-femeninos, y desde tales escenarios, las madres incidían, a través de la formación de sus hijos, en la sociedad de la época. Posteriormente, este vocablo distintivo para referirse a la enseñanza materna, fue reservado para designar las instrucciones de Dios a su pueblo.

La Iglesia ve en María la máxima expresión del “genio femenino, desde los pilares “amor”, “obediencia”, “humildad” y “servicio”, participa en la formación integral de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. El mismo, como dijo el papa Francisco, “no vino adulto”, sino pequeño y frágil, “nacido de mujer”, según la prudencia sapiencial del Reino. La intimidad con Jesús, desde los discretos años en Nazaret, fundamentan la escuela mariana, donde Él “progresaba en sabiduría, estatura y gracia” garantizando su identidad. Cuando Santa Teresa de Calcuta predicó a sacerdotes en el Vaticano, inició suplicando a Nuestra Señora “su corazón” para desde éste recibir a Jesús, amarlo y servirle el angustioso disfraz de los pobres. María ofrece, a las mujeres de todos los tiempos el “espejo de disposiciones, actitudes y gestos que Dios espera de ellas” comprometidas en ambiente presbiteral de enseñanza-aprendizaje.

Concretizo estas aportaciones femeninas organizándolas y haciendo énfasis desde las cuatro dimensiones retomadas por la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis.

Dimensión humana


En óptica de alteridad, se beneficia la identidad personal favoreciendo madurez afectiva. Relaciones interpersonales, entre ambos sexos, colaboran con procesos pastorales sinodales en contextos mayoritariamente femeninos. La formación humana se esparce desde salones académico-catedráticos, donde la ciencia es respaldada por una mirada integradora y personalizada, identificando cada rostro con su nombre, historia y proceso. A esta dimensión también aportan aquellas laboriosas en espacios discretos como la cocina, providenciando conversaciones informales, que suelen apoyar equilibrio de estados emocionales. La beata y laica Concepción Cabrera de Armida resume una preocupación común, cuando motiva a obispos y formadores a examinar minuciosamente las motivaciones del candidato al sacerdocio. Apela para que nadie suba al altar sin las condiciones integralmente afinadas; por el hecho, describe el exigente perfil de quienes ejercen este servicio.  

Dimensión espiritual


Desde una tradición de pensadoras católicas, como Santa Catalina de Siena, se incentiva a “ministros de la Sangre de Cristo” hacia el despertar de su conciencia, mediante el conocimiento de sí mismo y de Él, por cuya bondad, reciben el Sacramento del Orden, para proveer al Pueblo de Dios. La doctora de Siena, les corrige con caridad y firmeza, exigiendo generosidad y no avaricia, que tiende a vender la gracia. Su director espiritual, Fray Raimundo de Capua, maduró en contacto con ella, siendo, al mismo tiempo, su discípulo. Santa Teresa de Jesús, permite identificar espacios teológicos como confesionarios, conversaciones y acompañamientos, donde considerables sacerdotes, influenciados por mujeres de respetadas raíces espirituales, han afianzado su configuración con Cristo.

Dimensión intelectual


Dawn Eden Goldstein, siguiendo a Edith Stein aclara que la contribución de mujeres académicas al mundo presbiteral no se limita al desarrollo socio-afectivo de éstos, sino que comprende, principalmente, la madurez intelectual de los mismos. Dicha madurez acontece, a mi juicio, cuando por practicidad femenina, convergen referenciales teóricos y competencias adquiridas al servicio de prioridades pastorales eclesiales. La implicación de la mujer en la formación inicial o permanente del presbítero no consiste, entonces, en prevención de carencia biológico-materna.

Dimensión pastoral


Las enseñanzas del Papa Francisco a los sacerdotes son de alto valor: “Recuerden a sus mamás, abuelitas, catequistas, que les dieron la Palabra de Dios, el don de la fe que les transmitieron”. Este legado de raíz histórica, se une al de maestras de fe y ciencia, cada vez de mayor presencia en seminarios y en otros espacios académicos-reflexivos, integrando roles “docente”, “feligresa”. Tanto en ambientes homilético-sacramentales, como en toda praxis pastoral, no pocas veces, nos percatamos de que el buen presbítero no se improvisa, en su ministerio, todos y todas estamos presentes. Numerosos sacerdotes, agradecidos por la custodia mariana, no concluyen sus jornadas sin homenajearla con La Salve

de Santa Àngela Cabrera
OP, Religiosa Dominica, Profesora de Sagrada Escritura (Seminario Pontificio Santo Tomás de Aquino). Decana de la Facultad de Ciencias Religiosas (Universidad Católica Santo Domingo). República Dominicana