La hora de religión

La desigualdad explicada
por los más jóvenes

cq5dam.thumbnail.cropped.500.281.jpeg
06 febrero 2021

“Si somos todos hijos, ¿por qué las religiosas no son como los sacerdotes?


Soy una profesora de religión católica en el Instituto Técnico y Liceo Científico de Ferrara. Tengo, entre muchas, una clase de todas las chicas menos un chico y, por tanto, uso el plural en femenino a lo que, a continuación, y entre las risas generalizadas, el único chico siempre señala que él está también presente en el aula. “Es el uso de la gramática italiana, no es que se refiera a mí como chica”, nos explicaba él mismo al principio. Él lo entiende y entiende también que sus compañeras no quieran que se use el plural masculino en esa situación. “¿Por qué siempre tenemos que quedárnoslo dentro y tú no?” En grupos mixtos me refiero a “ellos” y “ellas”.

Si les digo “hablemos de la mujer y la Iglesia”, aunque estamos impartiendo la educación a distancia a través de los ordenadores, puedo llegar a sentir la gélida indiferencia de su parte. La explicación es sencilla: no es un asunto de su interés. La cuestión no es el papel de hombres y mujeres. La cuestión es la Iglesia. No van a la Iglesia y, por tanto, no les concierne. No hay ningún conflicto porque después de la confirmación, dicen adiós. “No es un tema que me importe”, es la respuesta habitual que obtengo. Uno, máximo dos por clase asisten a la parroquia y, a veces, a misa. Sin embargo, se interesan si surge algún tema candente en relación con la Iglesia. Los más mayores conocen bien la Constitución y son capaces de enumerar los “obstáculos” que aún limitan la libertad y la igualdad como las diferencias salariales, las trabas a la maternidad… Las chicas son las que más hablan. En general, todos están informados, pero percibo que también se basan en sus experiencias más próximas, es decir, en lo que escuchan en casa.  

A partir de estos valores cívicos se interesan por el tema de la mujer en la Iglesia. No entienden por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes. Chicos y chicas están de acuerdo y esgrimen: “Dicen que todos somos hijos e hijas de Dios y luego se contradicen”. Yo me lanzo y les replico que ser iguales no significa hacer las mismas cosas. “Sí, profesora, tiene razón, pero una mujer también puede ser un sacerdote”, insisten tajantemente. “De hecho, ¡podría hasta hacerlo mejor!”. “Pero hacer las cosas bien o mal no es una cuestión de sexo”, insisto. “Lo que quiero decir es que las mujeres están más acostumbradas a escuchar”, me responden. Me apunto ese sutil “más acostumbradas”.

Así surge un debate espontáneo. “¿Y las monjas? Creía que las monjas eran lo mismo que los sacerdotes”, “¿Pero ¿dónde vives? Las monjas están ahí, pero no hacen nada importante”. “Está claro que no hay mujeres: ¡Hablamos de la Iglesia!”. “¿Entonces yo?”, les pregunto. Soy teóloga, licenciada y también especializada en Biblia. “Su caso no es el mismo”, dice alguien que actúa como portavoz. “En la escuela es normal ver mujeres enseñando, pero cuando he ido a la iglesia, nunca he visto a una mujer en el púlpito”, concluye esa misma alumna.  “Porque Dios era hombre”, apostilla otra. “Jesús era varón, los apóstoles también”. “No, es porque en la antigüedad existía la creencia de que las mujeres eran inferiores. Pero si todavía lo creen, se equivocan: todo el mundo sabe que determinados textos se ven afectados por ideas antiguas y deben ser interpretados”. Dicho esto, la cosa fluye como la seda.

¿Mujeres de la Biblia? “Yo me he dado cuenta de que los hombres siempre son los protagonistas. María, una mujer sencilla y humilde, solo lo es en Navidad”. “¡Eva! ¡Ahora me acuerdo! Estaba desnuda y comió la manzana. Una tentadora”. Entonces una joven recordó algo que hizo que su rostro se iluminara: “También estaban las mujeres en la tumba, pero nadie las creyó”. “Cierto. Y también las que consolaron a Jesús y a los hombres, ¿o me equivoco?”. “Magdalena ayudó a María embarazada”. “Ah no, esa era Isabel”. “De Magdalena solo recuerdo que estaba arrepentida”. También mencionan a Raquel. Y a Sara “que era la esposa de alguien, pero ahora el nombre se me escapa”. Es interesante que estas historias que están en el origen dejen recuerdos tan marcados.

“¿Sabe qué profesora? Que para las personas que van a la Iglesia la cosa está bien como está. Por eso nada cambia”. Y una joven concluye: “La cosa se superará solo junto con la cuestión de los homosexuales. Sí, porque en la Iglesia tienen problemas para aceptar a personas diferentes a ellos”. “¿Quienes?”. “Los curas, profesora, los curas”.

No manejan la teología, no sé si es algo bueno o malo, y no disertan sobre cuestiones eclesiológicas. Pero son claros y cristalinos, sin mediación. El Papa lo dice: es una prioridad escuchar sus voces. Lo hago a menudo para sentir este pulso. Diferentes clases, mismas palabras. Chicos y chicas al unísono, cada vez con más frecuencia. Y sin género de duda, para ellos los hombres y las mujeres son iguales. Iguales.

de Silvia Zanconato
Biblista y profesora de Religión en secundaria.
Docente de la escuela de Teología para laicos “Laura Vincenzi” de Ferrara.
Comprometida con la pastoral bíblica.


Los datos


Según los últimos datos de la Conferencia Episcopal Italiana, el 86% de los estudiantes italianos asisten a clases de religión. Se trata de un porcentaje significativo, aunque ha sufrido un descenso del 10 por ciento en los últimos treinta años, desde la reforma del Concordato entre el Estado italiano y la Iglesia católica. Quienes asisten a la hora de la religión no siempre son practicantes, a veces profesan otras religiones. Incluso la enseñanza no es prerrogativa exclusiva de católicos o de practicantes.