Tribuna abierta

El signo que falta

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02 enero 2021

“Daos fraternalmente la paz”. Muchas veces he sentido ganas de llorar en ese preciso momento. No sabía por qué, probablemente tenía que ver con el hecho de que mi cuerpo se tensaba durante la misa para seguir gestos rituales precisos y, escuchar esa expresión, me permitía relajarme unos instantes, acercarme a los cuerpos (a veces desconocidos), intercambiar una mirada, un apretón de manos, una palabra o un susurró: paz. Al “dar” paz, probablemente me deseaba un poco de paz para mí, una tranquilidad que venía en primer lugar de la relajación de los músculos, como si la tensión acumulada en el cuerpo pudiera volverse líquida.

 Por unos momentos, suponía permitirse el lujo de ir más allá de los límites del propio cuerpo, permaneciendo dentro de una especie de una danza ritual precisa, que primero produce un poco de vergüenza para después llevar a un placentero contacto. Muchas veces acudo a los templos, pero pocas veces asisto a misa si no es por motivos relacionados con una contingencia dolorosa o festiva. En estos tiempos de distanciamiento físico, -sería bonito dar un nombre adecuado a lo que hemos vivido durante meses-, he recurrido repetidamente a fórmulas profundas (oraciones, canciones, poemas, imprecaciones, peticiones de ayuda y perdón), pero echo de menos el contacto físico con otras personas. Me ha llegado una antigua nostalgia, como llegan las olas altas, que me ha hecho volver a una época en la que ir a misa era una costumbre, no una excepción. Desde hace años, la institución de la Iglesia católica me resulta más lejana que deplorable.

Cuando estaba plenamente dentro de la Iglesia, - muchos años de scoutismo-, vi sus defectos de forma clara, detestaba su poder, riqueza, temporalidad, arrogancia e inconsistencia. Ahora que estoy fuera de ella, la miro desde una distancia sideral, como si fuera un cuerpo extraño, y yo no. Al hablar de ello en conversaciones con amigos, ahora recurro sin darme cuenta a una larga serie de estereotipos propios de quienes saben muy poco sobre un mundo gigante, pero se sienten igualmente capaces, no solo de emitir ciertos juicios, sino también capaces de modificar sus injusticias a través de una palabra performativa (la Iglesia lo hace, la Iglesia dice, la Iglesia es…) para alternar el equilibrio de poder desde el exterior. Por eso siento la necesidad de volver a una palabra más verdadera. La palabra es paz, y su correlativo es tranquilidad.

En el Evangelio de Juan, una de las obras más hermosas jamás escritas, Jesús consuela a sus desesperados discípulos. Uno de ellos acaba de traicionarlo, otro, en quien fundará su Iglesia, lo negará tres veces. La situación es bastante dramática. Sus discípulos, que también podríamos llamar amigos y hermanos, están desesperados porque no saben a dónde va, creen que lo han perdido para siempre. Su maestro está a punto de enfrentar su destino y tienen mucho miedo de permanecer solos. Temen más por ellos mismos que por Él, ¡qué bajo y a la vez qué humano pensar así! Creo que no es casualidad que Jesús, antes de irse, les diga: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Habla de la palabra paz dos veces en la misma frase. La segunda vez, sin embargo, con ese “mi” no solo entrega un mandato sobre cómo pueden estar en el mundo, sino que también entrega su tranquilidad, cuando Él estaba viviendo todo lo contrario. En mi lectura muy personal del texto veo a un hombre/dios que no guarda la paz para sí mismo, sino que la desea y se la da a sus hermanos. Por eso, cuando se intercambia un signo de paz en la iglesia, todavía hoy me emociono. Nos encontramos (a veces con solo una mirada) y nos saludamos (tocándonos) dándonos un legado y un mensaje, que remite a la esencia de una posibilidad, la de marcharse en paz. El encuentro fue posible gracias a la tensión, el saludo solo es posible con la distensión.

Las tres líneas de arriba podrían ser el consolador broche de un pensamiento matutino en uno de mis muchos despertares de estos días particulares en los que el amanecer aterriza violentamente en mis ojos. Pero no puedo omitir la angustia inicial que me obligó a repensar la paz como una posible condición. Si falta el cuerpo de la otra persona, si su forma y sus límites son imposibles de tocar, ¿qué hacemos con un regalo que se da y recibe secularmente en el intercambio, también físico?, ¿puedo dar (y recibir) paz de los fantasmas? Me dan ganas instintivamente, - en cuanto conozco a una persona a la que quiero mucho -, de llevar mi mano al corazón, como diciendo “tú estás aquí, tú también estás aquí”, es el gesto que por ahora corresponde más ritualmente a un abrazo y a un apretón de manos en una iglesia. Me levanto de la cama y recuerdo con nostalgia la risa por la vergüenza que nos daba, de niñas y adolescentes, un gesto equivocado durante los ritos (arrodillarnos demasiado temprano, levantarnos cuando todos están sentados, sentarnos en medio del Credo) y me agrada la idea de que, al darnos paz de nuevo, hoy, en tiempos de distancia física, tenemos la gran oportunidad de permitirnos no saber cómo hacerlo. Y así sonreír un poco.

de Viola Lo Moro
Socia de la Librería de las mujeres de Roma, Tuba.
Autora de una colección de poemas que llevan por nombre «Cuore allegro» (2020, Giulio Perrone Editore)