África: femenina, singular y plural

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24 octubre 2020

Generalmente, el mundo de los no africanos se divide entre los que no han estado nunca en África y los que han vivido allí durante un tiempo. Los primeros tienen prejuicios y es, de alguna forma, inevitable porque, si no tenemos una experiencia directa, solo podemos construirnos representaciones parciales. No es algo malo siempre y cuando sean provisionales y no se interpongan como un filtro, o peor, como un muro, en la experiencia del otro. Sobre África abundan los estereotipos que van, de la fascinación del cuerpo y los lugares, al rechazo de aquel cuya alteridad se impone desde el principio como un elemento amenazante. La existencia de otro evidencia que nuestra “universalidad” no es sino un etnocentrismo encubierto.

Quien ha podido vivir en África durante un tiempo, -y yo he tenido ese privilegio-, sabe que los estereotipos ocultan una realidad rica y compleja. África es plural. Para el gran periodista Ryszard Kapuściński “salvo por su denominación geográfica, en realidad, África no existe”. En un territorio descomunal conviven etnias, culturas y distintas influencias provenientes de la colonización y sus respectivos procesos de descolonización. Por tanto, es necesario entender qué es África en su existencia plural y qué transmite de forma única y singular. De acuerdo con mi experiencia, destaco el sentido relacional de todo con todo, es decir, de las personas, la naturaleza, el espíritu que anima todas las cosas y Dios. En un mundo hiperfragmentado que está pagando el precio de un enfoque equivocado, será bueno para todos aprender esta lección. En tierras de contrastes, contradicciones, violencias y avances que dejan a muchos atrás, son las mujeres, -no pocas veces explotadas-, las que llevan adelante la vida cotidiana. Por eso, África es femenina, y si consigue afrontar los enormes desafíos de un difícil presente es, sobre todo, gracias a las mujeres. Y en la Iglesia sucede lo mismo.

Porque ha habido dos sínodos sobre África, en 1992 y en 2009, y muchas de las expectativas de las mujeres no se han satisfecho. Ya Daniel Comboni, primer obispo católico de África Central, sostenía que muchos de los fracasos de la obra misionera del siglo XIX eran atribuibles a la falta de consideración del papel de la mujer. Pero, ¿qué piden realmente las mujeres africanas a la Iglesia?, ¿cómo la interpelan? Los análisis e historias de este número testimonian que el camino se ha empezado a andar. Son pasos concretos para mirar África con los ojos de África, para que esta mirada nos ayude a comprender mejor este tiempo y el que vendrá.

Chiara Giaccardi