· Ciudad del Vaticano ·

MUJERES IGLESIA MUNDO

Testimonio
Diario íntimo-espiritual de un gran periodista español

Cuando me descubrí que
“la” Iglesia era “el” Iglesia

 Poi ho scoperto che...  la Chiesa è “il” Chiesa   DCM-003
02 marzo 2024

Se le ocurrió a la madre Isabel. Levantó el teléfono y me llamó: “¿Por qué no te vienes a pasar una tarde con nosotras y compartes lo que haces en ‘Vida Nueva’?”. Dicho y hecho. Allí me planté y me planto con frecuencia. En el comedor de la casa que tantas veces había visto de lejos desde el patio del colegio San José. Varias décadas después de dejar el uniforme de estudiante, me sentaba en la mesa con quienes me habían enseñado a rezar, a leer, a sumar… ¡Y hasta a coser! Pertenezco a esa generación de los 80. La España de la Movida Madrileña llenaba de color sus televisores, asentaba la democracia a trompicones y comenzaba a respirar la igualdad en sus calles. La escuela católica se hizo mixta. Los frailes dejaron que las niñas entraran en sus aulas y las monjas nos abrían las puertas a nosotros. Pleno de maestras religiosas y profesoras seglares.

Entonces ellas llevaban la batuta y ahora custodian mi memoria en esas meriendas de chocolate, bizcocho y confidencias. Son mis otras madres. Ellas me enseñaron el rostro misericordioso de Jesús de Nazaret. Me hicieron sentir y ser Iglesia. ‘La’ Iglesia y no ‘el’ Iglesia, como remarca Francisco. Desde el parvulario a la Secundaria. Consagradas con nombre propio: Pilar, Asunción, Ascensión, Carmen Esther… Educadoras laicas por vocación: Maruchi, Tere, Ángela… No se me pierde un solo nombre en el olvido, porque todas y cada una sacaron lo mejor de mí y me contagiaron la alegría de un Evangelio sin conservantes ni colorantes. Me prepararon para la Primera Comunión, me descubrieron las alas de la libertad de la conciencia con Juan Salvador Gaviota, me introdujeron en la interioridad a través de las diapositivas de ‘El Bosque de no talar’, me abrieron al encuentro con otros en mis primeros campamentos, despertaron mi ímpetu misionero con las huchas del Domund, me inculcaron la ‘no violencia’ cada vez que sonaba José Luis Perales en una Jornada de la Paz. Me hablaron de Dios con sus vidas. Al estilo del padre Bienvenido Noailles, un sacerdote galo del siglo XIX que puso las bases de una familia profética por su ser sinodal, conformada por sacerdotes, monjas contemplativas, religiosas de vida apostólica, laicos…

El bachillerato requirió un cambio de centro, dos calles más arriba: el colegio Divina Pastora. En la clase: cinco chicos y una treintena de chicas. De nuevo, unas religiosas al frente. Las madres calasancias llegaron a mi vida para quedarse hasta la fecha. Para reconducir una adolescencia de despistes, para desencadenar las preguntas vocacionales, para afrontar con madurez el seguimiento a Jesús, para sentir el calor de la comunidad cristiana… Amigas y hermanas. O a la inversa. Me han acompañado en cada acontecimiento grabado a fuego en la historia que Dios sueña para mí: mi primera JMJ, mi primer empleo, mi primer desengaño amoroso, la muerte de mi padre, mis crisis de fe… Hoy soy laico calasancio, vivo calasanciamente feliz. “Bendito entre todas las mujeres”, como me recuerda alguna de ellas. Hijas de la Divina Pastora, y pastoras de hecho y derecho por empeño de un escolapio, san Faustino Míguez, que apuntaló un proyecto para rescatar de la ignorancia a las niñas de los albores del siglo XX. Mujeres consagradas que salvan a otras mujeres. Apóstolas que buscan y encaminas a otros tantos niños, jóvenes y hombres como un servidor. Discípulas misioneras que salvan a la Iglesia de la tentación del patriarcado. El Señor es mi pastor, y ellas, mis pastoras.

Calasancias y SAFA, son la Iglesia que vivo y me hace vivir. Y con ellas, las hospitalarias del Jesús Nazareno, las Hijas de la Caridad, las siervas de San José, las jesuitinas, las misioneras cruzadas, las laicas de Cristianos Sin Fronteras, las mujeres de Brotes de Olivo, las voces de Ain Karem… Una Iglesia en la que ellas tienen la palabra y llevan los pantalones.

Por eso, cuando un día en mi juventud me topé con la realidad diocesana, entré en ‘shock’ al descubrir dinámicas parroquiales y estructuras episcopales donde aquellas que me enseñaron a Jesús, no tenían voz. Aquellas que apostaban por una Iglesia en las periferias, eran sospechosas de confabular con extraños anticlericales. Aquellas que habían dejado a un lado los hábitos, se las acusaba de descafeinar sus votos. Y yo, que había crecido a la luz de mujeres entregadas y valientes, que lo mismo llevaban las cuentas de una empresa que te curaban las ampollas del Camino de Santiago, constaté que estaban relegadas al último banco. Arrinconadas por una errada interpretación de lo que es la ciudadanía eclesial. Todavía hoy me descoloca. Las primeras en creer en el Resucitado y que nunca renegaron de él, apenas se las considera mayores de edad, cuando para el Espíritu Santo tienen voz y voto, como todos, desde Pentecostés.

Me llamo José. Estudié en el colegio San José. Y me encomiendo al esposo de María. Aquel que supo ver, aquel que saber ver, que cada día en la Iglesia es y debe ser el Día de la Mujer.

de José Beltrán
Director de «Vida Nueva», Madrid