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La aportación femenina para la renovación

Amazonía, donde las mujeres hacen Iglesia

 Amazzonia, donne che fanno Chiesa  DCM-007
01 julio 2023

“Tan invisibles como imprescindibles”. Estos son los dos adjetivos con los que la Asamblea Eclesial de América Latina, -una experiencia inédita celebrada en la Ciudad de México en noviembre de 2021-, resumió la condición de la mujer en la Iglesia del Continente. Los números confirman el papel fundacional del componente femenino: hay más de 600.000 catequistas y las agentes de pastoral dedicadas únicamente al campo educativo se acercan al millón. Sin embargo, la vida cotidiana refleja cuánto las mujeres laicas y religiosas están todavía relegadas a la periferia eclesial. Precisamente por eso, la Asamblea pidió enérgicamente “incluir a las mujeres de una vez por todas en la liturgia, en la toma de decisiones y en la teología”.

A pesar de la riqueza de la reflexión teológica feminista y femenina, el ámbito litúrgico es probablemente aquel en el que la presencia de la mujer se ha hecho más significativa. Precisamente en la liturgia además se revela plásticamente el proceso de encarnación del Concilio en la inmensa región entre el Río Bravo y Tierra del Fuego que han emprendido sus obispos desde la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín en 1968. Los dos pilares de la renovación son la inculturación de ritos y prácticas y el dinamismo femenino. En ambos casos, más que un proyecto codificado fue una respuesta a la realidad latinoamericana. En el Continente, los indígenas son el 8 por ciento de los habitantes, los afroamericanos el 20 por ciento y prácticamente todos son resultado del mestizaje de etnias, pueblos y culturas posterior al Descubrimiento. Con una media de más de 5.500 fieles por sacerdote, casi el triple que, en Europa, son los laicos y, sobre todo, las laicas quienes llevan adelante las comunidades cristianas para las que la Eucaristía dominical tiene una importancia crucial. Dado que los sacerdotes son escasos, la misa a menudo se reemplaza por la celebración de la Palabra.

“En los pueblos de Belém do Alto Solimões hay muchas ministras. Y son ellas las que presiden la liturgia, desde la señal inicial de la cruz hasta la despedida final. Incluso cuando consigo ir a celebrar, dejo que guíen ellas y pronuncien la homilía. Yo me limito a la consagración eucarística”, explica fray Paolo Maria Braghini, misionero capuchino italiano desde hace casi veinte años en la Amazonía brasileña, un lugar donde el peso laical en la transmisión y cuidado de la fe católica es determinante. “Es bonito que los fieles sean protagonistas. En este caso las fieles dado que los agentes de pastoral son fundamentales. No solo por el gran número. Son dinámicas, fuertes, creativas y resistentes. Es justo que tengan el reconocimiento que ahora finalmente están teniendo”, destaca el religioso. El punto de inflexión fue el Sínodo sobre la Amazonía celebrado en octubre de 2019 y que culminó con Querida Amazonia. Ya el documento final, asumido por la exhortación, pedía la revisión del Motu proprio Ministeria quaedam para que las mujeres pudieran acceder a los ministerios de lectora y acólita. Una invitación que el pontífice aceptó en enero de 2021.

Dos mujeres amazónicas, las ecuatorianas Aurea Imerda Santi y Susana Martina Santi, del pueblo quechua, fueron las primeras lectoras oficiales y acólitas de la Iglesia Católica. “Fue un hermoso regalo. Entre nosotros, los Ticuna, siempre han sido las mujeres las que han mantenido la fe católica. Y ahora sentimos que la Iglesia nos reconoce y valora”, dice Magnolia Parente Arámbula, indígena y misionera de Nazaré, en la Amazonía colombiana. Un pueblo de 1.017 habitantes sobre el que gravita una galaxia de comunidades satélite de unas decenas de personas a las que, desde hace diez años, Magnolia se encarga de evangelizar. “La que está siendo evangelizada soy yo en realidad”, añade.

La liturgia ticuna tiene rasgos marcadamente femeninos. “Sobre todo en los funerales y en la vigilia que los precede, son las mujeres las que dirigen las oraciones y los cantos. En cuanto a la Eucaristía, a los fieles se les encomienda el ofertorio en el que traen su trabajo como ofrenda al Señor representado por pequeñas artesanías o productos agrícolas. En los “tiempos fuertes” del año litúrgico, como Navidad y Semana Santa, muchos de los ritos son celebrados por mujeres”. No es fácil hablar de “liturgia amazónica”. La selva es el hogar de 400 culturas y lenguas diferentes con sus distintas concepciones de la vida y de la fe. Y, por tanto, con distintas formas de “entrar en la mirada que Dios tiene sobre nosotros”, como definió Romano Guardini a la liturgia. Por eso, la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA), fruto del camino postsinodal, ha iniciado desde 2020 un proceso de estudio profundo para encontrar un denominador común significativo para todos los pueblos originarios de la región. La base real y no meramente teórica para la elaboración de un rito amazónico que pudiera sumarse a los otros 23 que componen la catolicidad.

“Rito no significa solo celebraciones. Abarca hábitos, costumbres, visiones cosmológicas y antropológicas. Por eso no podemos tener prisa. El primer paso ha sido formar una comisión de obispos, antropólogos y pastores y empezar a trabajar en el asunto. El análisis ha partido de Manaus, en Brasil, el corazón de la Amazonía. Después continuará en las diócesis antes de poder pensar algo que proponer ad experimentum”, explica Eugenio Coter, un italiano que se mudó a Pando, Bolivia, donde es vicario apostólico y representante de los obispos amazónicos en la presidencia de la CEAMA. El modelo es el del rito congoleño. Lo mismo que inspiró también al episcopado mexicano que, en la última asamblea general, decidió presentar a la Santa Sede la propuesta de incluir en la misa algunos rituales propios de la cultura maya. La idea fue formulada por la diócesis de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, donde más del 70 por ciento de la población es indígena. Sugieren 3 aportaciones: una oración inicial dirigida por el principal, un laico indígena de fe madura cuya autoridad es reconocida por la comunidad; un baile típico después de la comunión; y el servicio de las “inciensadoras” para marcar el ritmo de la celebración. “Es principalmente un papel femenino. Incluirla de manera oficial es un pequeño reconocimiento a la acción evangélica que da vida a nuestras comunidades”, concluye el cardenal Felipe Arizmendi, uno de los impulsores de la Misa maya. Casi sesenta años después, la inculturación y la puesta en valor de la mujer son los dos caminos por los que el continente sigue recorriendo los caminos del Concilio.

de Lucia Capuzzi
Periodista de «Avvenire»