Exousía y cristología feminista en el seminario del CTI

El relanzamiento
de las teólogas

 Il rilancio delle teologhe  DCM-006
04 junio 2022

Él le dijo

Desde allí fue a la región de Tiro. Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse. Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija. Él le dijo: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella replicó: «Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños». Él le contestó: «Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

Marcos 7, 24-30


También ellas están entre los firmantes de la detallada reflexión propuesta a los “Hermanos Obispos” como contribución al camino sinodal. Sobre el documento “Pero Él le dijo”, que hace referencia a “la conversión de Jesús tras el extraordinario diálogo con la mujer sirio-fenicia”, también se pronunció la Coordinadora de Teólogas Italianas (CTI) durante el seminario del pasado 7 de mayo, en el Antonianum de Roma. Porque participación y autoridad, discernimiento y decisión, -puntos en los que se centra la reflexión propuesta por la red sinodal de mujeres-, son términos que resonaron ampliamente en el encuentro sobre “La autoridad teológica de las mujeres. Prácticas de exousía” que contó con la presencia de las fundadoras de la CTI y también de jóvenes apasionadas por la teología.

“La autoridad de las mujeres es un tema que viene del feminismo histórico. Se ha demandado qué significa tener una voz autorizada y cómo transmitir la fuerza para hablar”, explica la presidenta de la CTI, Lucia Vantini. “La palabra exousía expresa el hecho de que la existencia de las cosas y de los seres vivos proviene del exterior. Para los feminismos, este reconocimiento de la dependencia de otra cosa no es una sustracción en absoluto, sino una fuerza que permite ser libre. De hecho, son los lazos los que dan consistencia y expresividad a un sujeto. En esta perspectiva, el poder se reconfigura como el poder-de-autorizar a los demás y a los otros en una red de palabras, símbolos, gestos y prácticas que apuntan al compartir incluso cuando los conflictos surgen inevitablemente”. Además, añade Vantini, “en el término autoridad hay una idea de aumento, de empuje, de apoyarse entre generaciones. La presencia de jóvenes teólogas en el seminario fue una señal de la gran fecundidad de la vida teológica de las mujeres. El futuro pasa por esto”.

“Escribimos a los hermanos obispos que autorizar debe significar defender y no abusar del poder, porque en las Iglesias hay un movimiento de exclusión, de cierre de espacios, casos de depuración y destitución”, indicaba Cristina Simonelli, que abrió el seminario con “La teología de la mujer como práctica de autoridad”, citando el documento de la red sinodal. “Las mujeres tenemos una memoria, un presente y una entrega de autoridad que, si se ejerce, genera estima, empoderamiento”. El camino de la CTI, nacida en 2003 de la intuición de Marinella Perroni, era el de hacer una asociación con una perspectiva de género, ecuménica, pluri y multidisciplinar. La CTI ha recorrido caminos que han dado lugar a numerosas publicaciones y, en los últimos años, a la serie Exousía en la que “cada volumen revisita campos teológicos desde una perspectiva de género con intención de apuntar a posibles circularidades hermenéuticas: entre disciplinas y temas, entre pertenencias confesionales, entre intereses y posturas”. Simonelli, citando la presentación que acompaña a cada volumen, explica que la serie responde a una necesidad: “La teología no debe simplemente actualizarse, sino reescribirse por completo. El acceso de las mujeres a la teología no implicó una simple actualización de los textos, sino que dejó clara la urgencia de un replanteamiento general de los modelos”. Una condición esencial para este punto de inflexión “es acoger la diferencia, examinando críticamente las perspectivas adquiridas, introduciendo la exploración de nuevos campos de investigación, formulando nuevas categorías y paradigmas”.

En el centro del seminario estuvo el último volumen de la serie, Caminos de la cristología feminista, escrito por Milena Mariani y Mercedes Navarro Puerto. “Los casi cincuenta años de deconstrucciones y reconstrucciones feministas demuestran cómo en el discurso cristológico el cambio de punto de vista, -gracias a la introducción de la perspectiva de género y feminista-, permite repensar críticamente; este cambio ilumina aspectos retirados o antes ignorados de la identidad de Jesús y contribuye a alejar no solo las tendencias sexistas y misóginas, sino también las tendencias antijudías, racistas, imperialistas, colonialistas que no pertenecen solo al pasado de la tradición cristológica” explicaba Milena Mariani en su intervención. Las críticas feministas se centraron, en particular, en “el uso instrumental de la masculinidad de Jesús para reafirmar la superioridad del varón y fortalecer el imaginario exclusivamente masculino de Dios”.

Se señaló un segundo aspecto de las teologías de la cruz acusadas, no solo de “transmitir la imagen de un Dios sádico e indiferente, sino también de exaltar las ideas del sufrimiento salvífico, del sacrificio vicario o de la obediencia pasiva a la divina voluntad que han tenido repercusiones históricamente perjudiciales en la condición de la mujer, de los más humildes en la escala social y en las relaciones tejidas por los países occidentales de la historia cristiana con el resto del mundo”.

De las conclusiones de Mariani surge la centralidad del testimonio y la experiencia de fe de las mujeres, que “exigiría el reconocimiento de una autoridad que se legitima desde el principio por la huella pascual en la base de los relatos evangélicos, impensable sin sus testimonio”. Una experiencia que, entonces como ahora, “se expresa con palabras, ideas, sensibilidades y gestos propios, cuya plena fecundidad y novedad en el lenguaje y en la vida de las Iglesias cristianas exigiría un “discipulado de iguales” que aún espera ser puesto en marcha”.

de Vittoria Prisciandaro