· Ciudad del Vaticano ·

Coraje de vida, pandemia, Hechos y Fratelli tutti

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23 diciembre 2021

Al comienzo del Capítulo iii de la Encíclica Fratelli tutti, introducido con la invitación de «pensar y gestar un mundo abierto», el Papa Francisco expresa en el numeral 87. «Un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud «si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Ni siquiera llega a reconocer a fondo su propia verdad si no es en el encuentro con los otros: «Sólo me comunico realmente conmigo mismo en la medida en que me comunico con el otro. Esto explica por qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte». La tragedia de la pandemia, impulsándonos a un mundo cerrado, de miedo y de muerte, también imposibilitó que muchos familiares pudieran despedir y sepultar de una manera digna, religiosa y humana a sus seres queridos. Necesitaron agregar a su sufrimiento una enorme dosis de coraje para enfrentar el duelo en ausencia y soledad. Coraje social, especialmente de las personas con menos recursos que serán con el tiempo una fuente que ayude a reconstruir y fortalecer un nuevo mundo con dignidad, mansedumbre y respeto por la vida, aún en las etapas finales de ésta. La muerte digna desde el punto de vista cristiano significa la posibilidad de una despedida amorosa y en paz que representan una fuente de esperanza de eternidad en Cristo. En el libro de los Hechos de los Apóstoles tenemos muchos héroes de la fe con coraje y determinación en un contexto de persecución y peligro.

Estos héroes no solamente fueron los apóstoles, los diáconos y los personajes más conocidos, sino también algunos que ni siquiera conocemos el nombre. Luego del asesinato de Esteban (Hechos 7, 54—60), «se desató un gran persecución contra la Iglesia en Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, se dispersaran por las regiones de Judea y Samaria» (Hechos 8, 1). Pero, el cadáver del primer mártir cristiano, el diácono Esteban estaba insepulto. ¿Quiénes de los cristianos se iban a animar dentro de semejante acoso de muerte y persecución a reclamar al muerto para ofrecerle una digna y cristiana sepultura? ¡Los anónimos corajudos del Señor! «Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él» (Hechos 8,2). En estos tiempos de Covid—19 recordemos a tantos familiares piadosos y religiosos valientes que arriesgando su vida, intentaron o facilitaron que la terrible despedida de la persecución de un enemigo invisible y letal, fuera más mansa, y por ello más respetable a la vida humana hasta su final.

La pandemia nos ha recordado la vulnerabilidad de la vida humana. Hemos llegado a apreciar la vida y la salud de nuevas formas.

De cara al futuro, debemos renovar nuestro compromiso de respetar y defender a los seres humanos en todas las etapas de la vida, desde los no nacidos hasta los ancianos. El Espíritu nos dará la mansedumbre para afrontar nuestra vulnerabilidad con amor. Siguiendo con el relato de la muerte de Esteban y posterior persecución a los cristianos, emerge de una manera violenta la persona de Saulo de Tarso. Habiendo aprobado la muerte de Esteban y sostenido sus ropas en su ejecución (Hechos 7,58; 8,1), Saulo se encegueció, dentro de su fanatismo religioso, en un desprecio mayúsculo por la vida y la dignidad humana. Saulo «causaba estragos en la iglesia: entrado de casa en casa, arrastraba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel» (Hechos 8,3). Fue entonces, que «las segundas y terceras líneas» del movimiento cristiano salieron a la palestra de la fe y del compromiso con el Evangelio de la vida. El resto del capítulo octavo nos ofrece la misión y unción del diácono Felipe en zonas de la nueva diáspora cristiana. Esta tragedia de muerte, violencia y encarcelamiento que Saulo provocaba dentro del seno de las familias cristianas ponía en peligro a todas las vidas y en todas las edades. Es el ejemplo de la no hospitalidad, de la invasión domiciliaria del virus del odio, de la irrupción hogareña de la pandemia de la muerte y de la ira descontrolada contraria a la mansedumbre de los discípulos del Siervo sufriente. Pero en el relato del segundo tomo lucano, vemos como Dios tiene siempre —como el alfa y el omega— la primera y la última palabra. Al correr de la historia y los capítulos del relato bíblico, y luego de la extraordinaria conversión de Saulo en el Pablo apóstol de los gentiles, la familia de Felipe y su hogar recrear la esperanza de un nuevo mundo donde la mansedumbre, el respeto por la vida, y la caridad cristiana renueva la esperanza de un futuro mejor. El suceso lo encontramos en el libro que ahora Lucas escribe en primera persona del plural ya que fue partícipe y testigo de la historia que narra. «…llegamos a Cesarea, y nos hospedamos en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, éste tenía cuatro hijas solteras que profetizaban» (Hechos 21, 8—9). Allí se hospedaron armoniosamente, el coraje, todas las vidas en todas las edades, la mansedumbre de la conversión, la casa común del cuidado integral y el respeto por la vida humana en todos sus sentidos. ¡Qué ejemplo de recuperación, recreación y renovación esperanzadora en medio de un mundo post pandemia con tanta muerte y vacío en muchas familias del planeta!

Marcelo Figueroa