· Ciudad del Vaticano ·

El Psicoanalista

El valor de ser extraño

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04 diciembre 2021

Antídoto frente a los riesgos que corre la función paterna


Se dice y se lee que hoy a los padres no les va muy bien. Freud, a principios del siglo pasado, ya intuía la decadencia de la figura simbólica del padre a causa del progreso. Una autoridad socavada por la horizontalidad de las relaciones típicas del american way of life, por la redefinición más afectiva que normativa de la institución familiar y por el avance imparable del discurso científico que, como sabemos, busca objetividad y certezas donde, en cambio, sobre la figura del padre recae inevitablemente una sombra de incerteza. Como se suele decir, que la mujer es la madre de la criatura, está claro; no tanto que el padre sea efectivamente el padre.

La última palabra del psicoanálisis sobre el padre pone en valor su “otra” identidad extranjera (ver el ensayo freudiano dedicado a Moisés, “el egipcio”), a partir de su ingreso en el escenario familiar donde aparece en calidad de tercero llamado a interrumpir el idilio madre-hijo; lo que, por supuesto, juega a favor de la futura curiosidad del niño por asomarse a la realidad extrafamiliar. En otras palabras, la evidencia biológica de la descendencia del padre es muy pequeña comparada con el resultado simbólico de una presencia que establece límites sanos y justas medidas y que, como tal, transcribe la experiencia del hijo en la dimensión de la Palabra.

A los ojos de un Freud nostálgico de los buenos tiempos del patriarcado, esto lo convertía en el abanderado de la espiritualidad frente a la naturalidad de las cosas, pero hoy, frente a desafíos como la inseminación artificial, la fecundación in vitro o la gestación subrogada y sus efectos sobre el prestigio del padre, es importante comprender la naturaleza estructuralmente putativa de la paternidad que le es propia. Una condición que, si por un lado a nivel de intimidad corporal lo mantiene a cierta distancia del niño, por otro lado, le permite proponerse como portador de una ley fundada en un amor que no nace, como en el caso de la maternidad, en el lecho de una intimidad corporal, sino que destaca por su gratuidad. Un amor “injustificado”, no basado en evidencias. Si en un caso la clave de la relación reside en la inmediatez del vínculo, en el caso del padre se introduce una lógica diferente en la experiencia del niño, un campo de mediaciones que implican la necesidad de la espera y de la renuncia en cuanto forma propedéutica del deseo.

Esta dosis de “extrañeza” puede representar el antídoto contra los riesgos que corre hoy la función paterna. Los padres “ausentes” son aquellos que albergan una especie de horror ante la asimetría de su posición con respecto a la de sus hijos y que, en consecuencia, prefieren considerarse amigos o hermanos mayores. En definitiva, la paternidad debería revelar la existencia de un salto lógico entre los procesos naturales y las complejas adquisiciones culturales que vislumbran caminos con desenlaces impredecibles, lejos de una impronta adaptativa simple e indolora. De hecho, es la posición “extranjera” del padre la que abre los ojos de su hijo a la dureza de la vida, sin ahorrársela, y favoreciendo así su emancipación psíquica y social, paso indispensable para el éxito de la transmisión intergeneracional.

En nuestro tiempo más que nunca, la ética de la paternidad no puede reducirse a una transmisión aséptica y apática de reglas o técnicas de vida más prosaicas. La “gramática generativa” que, como escribe Pierangelo Sequeri, actúa como motor “de la sintaxis de la historia”, coincide con el acto de quien sabe mover las aguas para dejar espacio al recién llegado, no sin abrir en él el sentimiento hasta el vértigo de la propia presencia en el mundo.

Es en este sentido que Lacan puede decir que la función decisiva del padre no es tanto la de legislador como la de quien “debe asombrar a la familia”. Para los niños, el padre es un detonador del deseo. Todo esto cobra gran importancia en una época como la nuestra en la que la voz del padre se ve distorsionada por el ruido ininterrumpido de una sociedad que conjuga la felicidad con el consumo de bienes y la realización humana con el éxito individual. Pero no es solo eso. También complican las cosas, -y obliga al padre a salir de la nostalgia de los buenos tiempos en los que podía imaginarse como el derivado a pequeña escala del omnipotente pater familias del mundo antiguo-, tanto los importantes procesos de emancipación femenina como los nuevos métodos para tener un hijo que parecen debilitar la función del padre hasta casi prescindir de él.

¿Hay que desesperar por la suerte de los padres?, ¿estamos ante una caída libre del concepto mismo de paternidad? No todo está dicho si tenemos en cuenta el hecho de que todo padre es, en cierto modo, un padre adoptivo. Adoptar significa “elegir”. No se es padre por haber traído materialmente a alguien al mundo, sino por la responsabilidad que asume en su proceso de humanización en el que se muestra continuamente el deseo de ser padre.

Hemos hablado de una posición simbólica, pero ¿cuál es la consistencia real de un padre? Como todas las cosas importantes de la vida, solo se puede captar a posteri mientras representa un legado capaz de resistir los desafíos de los tiempos. Nada mejor entonces que estas palabras de Susanna Tartaro de su reciente La non mamma: “Después de la muerte de mi padre, su silla o su suéter se convirtieron en recuerdos de aire, el aliento de vida que era, de la vida que tenían dentro”. Y hablando de su reloj dice: “Al ponérmelo en la muñeca buscaba la huella de aire de su paso aquí en la tierra. Lo miré con ternura”. Curiosa y paradójica incorporación del padre, cuya figura humana asume, nada más y nada menos, que la consistencia intangible del aliento que nos mantiene vivos.

de Francesco Stoppa
Psicoanalista y ensayista. Recientemente ha publicado con la editorial Feltrinelli “Le età della vita”