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En Apertura

El padre en la sombra

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04 diciembre 2021

La pintura más hermosa sobre San José fue ignorada durante siglos


Un hombre recto y reservado, un padre maduro, cariñoso y disponible. Este es el San José representado en el hermoso retablo de la iglesia de Santa Maria Assunta en el pequeño y remoto pueblo de Serrone y que ahora se puede ver en el museo capitular diocesano de Foligno. ¡Una obra de arte tan importante en un lugar tan apartado! El gran óleo sobre lienzo, de casi tres metros por dos metros de altura, permaneció desconocido durante siglos hasta que hace unos cuarenta años hasta que se fijó en él un grupo de expertos encabezados por Bruno Toscano, uno de los más grandes historiadores del arte de nuestro tiempo. Quedaron impresionados por la pintura, pero se dieron cuenta de que no había testimonios ni documentos antiguos que dieran pistas sobre su autor. Y tampoco había ninguna firma en la obra excepto una letra G detrás de la figura del tierno Niño Jesús. La letra puede corresponder al autor, un artista misterioso y casi olvidado, Giovanni Demostene Ensio, un pintor aristocrático que trabajaba en Roma y alrededores entre finales del siglo XVI y principios del XVII, agregado a la Accademia di San Luca y conocido por numerosos documentos que lo alababan.

Además de la maravillosa belleza de la obra, era evidente la admirable composición de los colores elaborados con materiales preciosos de origen sobre todo mineral. Se sabe que el maestro Giovanni Demostene Ensio estaba entre los poquísimos que los utilizaba en ese momento, confirmando así la hipótesis de Toscano quien pensaba que se trataba de un pintor desconocido de origen francés o flamenco que habría trabajado en Italia a principios del siglo XVII. La pintura representa el taller de San José, que no aparece como un simple artesano, sino como un técnico de primer nivel que también trabaja la madera para la construcción.

De hecho, el pintor describe con esmero científico, verdaderamente flamenco, todas las herramientas, tableros y superficies sobre las que trabaja el maestro ebanista, así como la imponente puerta de entrada al taller, realizada por el propio José, recién abierta para dejar entrar la suave luz de la mañana. Esta ilumina la sonrisa en el rostro del Niño Jesús que, bajo la mirada seria y atenta de su padre, está atando un trozo del hilo blanco que sale del ovillo que usa su madre en la costura para hacer un juguete en la forma de una cruz, una clara premonición sobre su futura Pasión. Con amorosa humildad evangélica, el pintor retrata un sinfín de cosas esparcidas por el taller, desde virutas en el suelo, hasta los utensilios de trabajo de la Virgen y unos zuecos abandonados en el suelo. Todo forjado por ese hombre sabio. Es él quien diseñó, construyó y equipó la gran sala, incluida la magnífica ventana con parteluz que se puede ver en la parte inferior, haciendo que parezca una catedral más que un taller. Y es él quien ha moldeado el clima familiar y moral que genera tanto la quietud de la joven esposa absorta en sus pensamientos, como la creciente conciencia del niño divino en el momento mágico del primer descubrimiento de la familia que lo rodea y del mundo que se abrirá delante de él.

El rostro de José inmerso en las sombras es claramente perceptible. Y así resplandece el padre putativo de la tradición que supone la función paterna desligada del factor biológico primario que compete exclusivamente a la madre. Es como si el pintor quisiera que viéramos, a través de esta humanísima representación de San José, cómo este principio, insondable y aparentemente discriminatorio, no se aplica solo a él, sino que en realidad es válido para todos los seres humanos, incluso si nuestros hijos no son hijos de Dios.

Pero el pintor nos dice que así es. Todos, hombres y mujeres, somos, en calidad de embriones, fetos y personas, hijos de Dios porque el cuerpo generado por la madre funciona como resultado de la fecundación del óvulo por el espermatozoide, pero la vida misma que podemos llamar “el alma” surge de algo más que podemos llamar divino.

de Claudio Strinati
Secretario General de la Academia Nacional de san Lucas