· Ciudad del Vaticano ·

El grito del Pontífice: devolver la dignidad al trabajo, defender a niños y mujeres, romper el círculo de la indiferencia

Es hora de devolver la palabra a los pobres

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19 noviembre 2021

“Es hora de que se devuelva la voz a los pobres”, porque durante demasiado tiempo “sus peticiones no han sido escuchadas”: es la invocación que planteó la mañana del 12 de noviembre el Papa Francisco en Asís, donde acudió con vistas a la próxima Jornada Mundial de los Pobres, que se celebra el domingo 14. Durante el encuentro de oración y testimonio celebrado en la basílica de Santa María de los Ángeles, el Pontífice pronunció el siguiente discurso.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Gracias por aceptar mi invitación - ¡yo he sido el invitado! - para celebrar aquí en Asís, la ciudad de San Francisco, la quinta Jornada Mundial de los Pobres, que se celebra pasado mañana. Es una idea que nació de ustedes, ha crecido y ya hemos llegado a la quinta. Asís no es una ciudad como las demás: Asís lleva la huella de San Francisco. Pensar que fue en estas calles donde vivió su inquieta juventud, donde recibió la llamada a vivir el Evangelio al pie de la letra, es una lección fundamental para nosotros. Por supuesto, en algunos aspectos su santidad nos hace temblar, porque parece imposible imitarlo. Pero entonces, en el momento en que recordamos ciertos momentos de su vida, esas “florecillas” (fioretti) que se recogieron para mostrar la belleza de su vocación, nos sentimos atraídos por esa sencillez de corazón y de vida: es el atractivo mismo de Cristo, del Evangelio. Son hechos de la vida que valen más que los sermones.

Me gusta recordar una, que expresa bien la personalidad del Poverello (cf. Fioretti, capítulo 13: Fuentes Franciscanas, 1841-1842). Él y el hermano Masseo habían partido hacia Francia, pero no habían llevado provisiones. En cierto momento tuvieron que empezar a pedir caridad. Francisco fue en una dirección y el hermano Masseo en otra. Pero, como cuentan los Fioretti, Francisco era de baja estatura y quienes no lo conocían lo consideraban un “vagabundo”, mientras que el hermano Masseo “era un hombre grande y apuesto”. Así fue que San Francisco apenas logró recoger algunos trozos de pan duro y rancio, mientras que el hermano Masseo recogió algunos buenos trozos de pan.

Cuando los dos se reunieron, se sentaron en el suelo y colocaron lo que habían recogido en una piedra. Al ver los trozos de pan recogidos por el fraile, Francisco dijo: “Hermano Masseo, no somos dignos de este gran tesoro”. El fraile, asombrado, le contestó: “Padre Francisco, ¿cómo se puede hablar de tesoro donde hay tanta pobreza y faltan hasta las cosas necesarias?”. Francisco respondió: “Es precisamente esto lo que considero un gran tesoro, porque no hay nada, pero lo que tenemos nos lo da la Providencia que nos ha dado este pan”. Esta es la enseñanza que nos da San Francisco: saber contentarse con lo poco que tenemos y compartirlo con los demás.

Estamos en la Porciúncula, una de las pequeñas iglesias que San Francisco pensó en restaurar, después de que Jesús le pidiera “reparar su casa”. En aquel momento, nunca habría pensado que el Señor le pediría que diera su vida para renovar no la iglesia hecha de piedras, sino la de las personas, de los hombres y mujeres que son las piedras vivas de la Iglesia. Y si estamos hoy aquí es precisamente para aprender de lo que hizo San Francisco. Le gustaba pasar mucho tiempo en esta pequeña iglesia rezando. Se reunía aquí en silencio y escuchaba al Señor, lo que Dios quería de él. También nosotros hemos venido aquí para esto: queremos pedir al Señor que escuche nuestro grito, que escuche nuestro grito y que venga en nuestra ayuda. No olvidemos que la primera marginación que sufren los pobres es la espiritual. Por ejemplo, muchas personas y jóvenes encuentran tiempo para ayudar a los pobres y llevarles comida y bebidas calientes. Esto es muy bueno y doy gracias a Dios por su generosidad. Pero sobre todo me alegro cuando oigo que estos voluntarios se paran a hablar con la gente, y a veces rezan con ellos... Así, nuestro estar aquí, en la Porciúncula, nos recuerda la compañía del Señor, que nunca nos deja solos, siempre nos acompaña en cada momento de nuestra vida. El Señor está hoy con nosotros. Nos acompaña, en la escucha, en la oración y en los testimonios dados: es Él, con nosotros.

Hay otro hecho importante: aquí, en la Porciúncula, San Francisco acogió a Santa Clara, a los primeros frailes y a muchos pobres que acudían a él. Con sencillez los recibió como hermanos y hermanas, compartiendo todo con ellos. Esta es la expresión más evangélica que estamos llamados a hacer nuestra: la acogida. Acoger significa abrir la puerta, la de la casa y la del corazón, y dejar entrar a quien llama. Y que se sienta a gusto, no en el temor, no, a gusto, libre. Donde hay un verdadero sentido de la fraternidad, hay también una experiencia sincera de acogida. Cuando, por el contrario, hay miedo al otro, desprecio por su vida, entonces nace el rechazo o, peor aún, la indiferencia: mirar para otro lado. La acogida genera un sentimiento de comunidad; el rechazo, por el contrario, se cierra en el propio egoísmo. A la Madre Teresa, que hizo de su vida un servicio a la hospitalidad, le gustaba decir: “¿Cuál es la mejor bienvenida? La sonrisa. La sonrisa”. Compartir una sonrisa con alguien necesitado es bueno para ambos, para mí y para el otro. La sonrisa como expresión de simpatía, de ternura. Y entonces la sonrisa te envuelve, y no puedes distanciarte de la persona a la que has sonreído.

Les doy las gracias, porque han venido aquí desde tantos países diferentes para vivir esta experiencia de encuentro y de fe. Me gustaría dar las gracias a Dios, que dio esta idea de la Jornada de los Pobres. Una idea nacida de una manera bastante extraña, en una sacristía. Estaba a punto de celebrar la misa y uno de ustedes, se llama Étienne —¿lo conocen? Es un enfant terrible— Étienne me dio la sugerencia: “Hagamos una Jornada de los Pobres”. Salí y sentí que el Espíritu Santo, en mi interior, me decía que lo hiciera. Así es como empezó: a partir de la valentía de uno de vosotros que tiene el valor de llevar las cosas adelante. Le agradezco su trabajo a lo largo de los años y el de tantos que le acompañan. Y quiero agradecer al cardenal [Barbarin] su presencia: está entre los pobres, él también ha sufrido con dignidad la experiencia de la pobreza, del abandono, de la desconfianza. Y se ha defendido con el silencio y la oración. Gracias, Cardenal Barbarin, por su testimonio que edifica a la Iglesia. Decía que hemos venido a encontrarnos: eso es lo primero, ir hacia el otro con el corazón abierto y la mano tendida. Sabemos que cada uno de nosotros necesita al otro, y que incluso la debilidad, si la experimentamos juntos, puede convertirse en una fuerza que mejore el mundo. A menudo, la presencia de los pobres se ve con fastidio y se aguanta; a veces oímos que son los pobres los responsables de la pobreza: ¡un insulto más! Para no hacer un serio examen de conciencia sobre los propios actos, sobre la injusticia de ciertas leyes y medidas económicas, un examen de conciencia sobre la hipocresía de los que quieren enriquecerse sin medida, se echa la culpa a los más débiles.

Ya es hora de que los pobres vuelvan a tener la palabra, porque durante demasiado tiempo sus demandas no han sido escuchadas. Es hora de que se abran los ojos para ver el estado de desigualdad en el que viven tantas familias. Es hora de arremangarse para recuperar la dignidad creando puestos de trabajo. Es hora de volver a escandalizarse ante la realidad de los niños hambrientos, esclavizados, náufragos, víctimas inocentes de todo tipo de violencia. Es hora de que la violencia contra las mujeres se detenga y de que se las respete y no se las trate como mercancías. Es hora de romper el círculo de la indiferencia y descubrir la belleza del encuentro y del diálogo. Es horade encontrarse. Es la hora del encuentro. Si la humanidad, si los hombres y las mujeres no aprendemos a encontrarnos, nos dirigimos a un final muy triste.

He escuchado atentamente sus testimonios, y les digo gracias por todo lo que han demostrado con valor y sinceridad. Valentía, porque han querido compartirlas con todos nosotros, aunque formen parte de su vida personal; sinceridad, porque se muestran tal y como son y abren sus corazones con el deseo de ser comprendidos. Hay algunas cosas que me han gustado especialmente y que me gustaría retomar de alguna manera, para hacerlas aún más mías y que se instalen en mi corazón. En primer lugar, he captado una gran sensación de esperanza. La vida no siempre ha sido amable con ustedes, es más, a menudo les ha mostrado una cara cruel. La marginación, el sufrimiento de la enfermedad y la soledad, la falta de muchos medios necesarios no les han impedido mirar con ojos llenos de gratitud las pequeñas cosas que les han permitido resistir.

Resistir. Esta es la segunda impresión que he recibido y proviene de la esperanza. ¿Qué significa resistir? Tener la fuerza de seguir adelante a pesar de todo, de ir contra la corriente. La resistencia no es una acción pasiva, al contrario, requiere el valor de emprender un nuevo camino sabiendo que dará sus frutos. Resistir significa encontrar razones para no rendirse ante las dificultades, sabiendo que no las vivimos solos sino juntos, y que sólo juntos podemos superarlas. Resistir toda tentación de abandonar y caer en la soledad y la tristeza. Resistirse, aferrarse a la pequeña o escasa riqueza que podamos tener. Pienso en la chica de Afganistán, con su frase lapidaria: mi cuerpo está aquí, mi alma está allá. Resistiendo con la memoria, hoy. Pienso en la madre rumana que habló al final: dolor, esperanza y sin salida, pero fuerte esperanza en sus hijos que la acompañan y le devuelven la ternura que recibieron de ella.

Pidamos al Señor que nos ayude a encontrar siempre la serenidad y la alegría. Aquí, en la Porciúncula, San Francisco nos enseña la alegría que supone mirar a los que nos rodean como compañeros de viaje que nos comprenden y nos apoyan, igual que nosotros lo hacemos con él o ella. Que este encuentro abra los corazones de todos nosotros para ponernos a disposición de los demás; que abra nuestros corazones para hacer de nuestras debilidades una fuerza que nos ayude a seguir en el camino de la vida, para transformar nuestra pobreza en una riqueza a compartir, y así mejorar el mundo.

La Jornada de los Pobres. Gracias a los pobres que abren sus corazones para darnos su riqueza y sanar nuestros corazones heridos. Gracias por este valor. Gracias, Étienne, por ser dócil a la inspiración del Espíritu Santo. Gracias por estos años de trabajo; ¡y también por la “terquedad” de llevar al Papa a Asís! Gracias. Gracias, Eminencia, por su apoyo, por su ayuda a este movimiento de Iglesia -decimos “movimiento” porque se están moviendo- y por su testimonio. Y gracias a todos. Les llevo en mi corazón. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí, porque tengo mis pobrezas, ¡y muchas! Gracias.