· Ciudad del Vaticano ·

Discurso del Papa a las clarisas del protomonasterio de Asís

Cuidado de no dejar pasar al Señor sin darse cuenta

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19 noviembre 2021

El viernes 12 de noviembre por la mañana, el Papa Francisco peregrinó a Asís, en preparación de la Jornada Mundial de los Pobres. Antes del encuentro en la basílica de Santa María de los Ángeles, el Pontífice visitó a la comunidad de clarisas en el protomonasterio de Santa Clara. El Papa dejó una breve nota manuscrita: “Tengo miedo del Señor cuando pasa, decía San Agustín. Tened cuidado de no dejarlo pasar sin conocerlo. Cuidado con la mente, cuidado con el corazón, cuidado con las manos”. Por su parte, las clarisas donaron 500 rosarios para los pobres que participaron en el encuentro de la Porciúncula. Publicamos, a continuación, las palabras pronunciadas por Francisco durante su visita al protomonasterio de Santa Clara.

Siempre hacen fiesta: esta es una verdadera Clarisa... Siempre. Porque San Agustín decía al respecto que hay que estar siempre atento. Decía: “Tengo miedo de que el Señor pase y no me dé cuenta de que está pasando”. Esta atención del Espíritu, y también de ustedes, de la esposa que siempre está esperando que pase el Señor. Esto es hermoso, para estar atentos. El alma atenta, no el alma dispersa por todas partes, no, atenta, esperando al Señor. Me gusta cuando encuentro contemplativas que están atentas.

Y para estar atento, hay que tener tres cosas en paz.

Para tener paz en la cabeza. Porque a veces, ya sabes, la cabeza da vueltas... Siempre hay gente, yo también, todo el mundo, con la tentación de estar en todas partes, vigilando... De pequeño, recuerdo que en el barrio había una señora a la que llamaban -no sé si la traducción es correcta- ‘la ventanona’, porque detrás de la reja de la ventana, se pasaba todo el día mirando lo que pasaba. No, esa atención no es necesaria, porque está dispersa en lo que está sucediendo. Pero la atención de la mente que está limpia, está atenta a lo que sucede, porque piensa bien. Por ejemplo, una mente que piensa bien es una mente que no pierde el tiempo en pensamientos para cotillear de los demás. Tiene buena opinión de la gente. Para pensar mal ya está el demonio, ¿no?, él solo se basta. La mente serena. En segundo lugar, para estar atentos al Señor,el corazón sereno. Volver siempre al principio de la vocación: ¿por qué fui llamado? ¿Para hacer carrera? ¿Para llegar a ese lugar, a ese otro lugar? No. Para amar y dejarme amar. Y volver siempre a ese principio de la vocación. Cada uno de nosotros tiene el principio de su vocación en su corazón. Volver con el recuerdo, y así fijar el corazón con lo que el corazón sentía en ese momento. La alegría de seguir a Jesús, de acompañarlo.

Y luego, la serenidad de las manos. Es cierto que para rezar hay que quedarse así [hace el gesto de las manos unidas]; pero las manos también deben moverse para trabajar. Para decir: un hombre consagrado, una mujer consagrada que no trabaja, que no coma. Esto es lo que dice Pablo en una carta a los tesalonicenses: el que no trabaje, que no coma.

Mente, corazón y manos, siempre haciendo lo que tienen que hacer, y no haciendo otras cosas.

Y así, yo diría que existe el equilibrio del hombre consagrado, de la mujer consagrada, de las hermanas. Es un equilibrio apasionado, no es un equilibrio frío: está lleno de amor y pasión. Y es fácil darse cuenta cuando el Señor pasa, y no dejarlo pasar sin escuchar lo que quiere decir. Este es vuestro trabajo. Llevan sobre sus hombros los problemas de la Iglesia, los dolores de la Iglesia y también -me atrevería a decir- los pecados de la Iglesia, nuestros pecados, los pecados de los obispos, somos obispos pecadores, todos nosotros; los pecados de los sacerdotes; los pecados de las almas consagradas... Y los llevan ante el Señor: “Son pecadores, pero déjalo, perdónalos”, siempre con la intercesión por la Iglesia.

El peligro no está en ser pecadores. Si ahora preguntara: “¿Quién de vosotros no es pecador?”, nadie hablaría. Lo decimos: todos somos pecadores. El peligro es que el pecado se vuelva habitual, como una actitud normal; porque cuando el pecado, una actitud pecaminosa se vuelve así, ya no es pecado, se convierte en corrupción. Y el corrupto es incapaz de pedir perdón, incapaz de darse cuenta de que ha hecho mal. El camino de la corrupción sólo tiene un billete de ida, difícilmente de vuelta.

En cambio, las vidas de los pecadores sienten la necesidad de pedir perdón. Nunca perder ese sentimiento de necesidad de pedir perdón, siempre.

¿Qué significa esto? Que somos pecadores, que no somos corruptos. Si en un momento dado alguien dice: “No, no siento que tenga que pedir perdón”, cuidado: estáis entrando en el camino de la corrupción. Pedir que la Iglesia no se corrompa, ¡porque la corrupción de la Iglesia es fea! Es de “alta calidad”: ¡los sacerdotes, obispos y monjas corruptos son de la más alta calidad! Piensa en esas monjas jansenistas, por ejemplo, en Port Royal: eran tan puras como los ángeles, pero decían que eran tan soberbias como los demonios. Esto es corrupción de la más alta calidad, la corrupción de la gente buena. Hay un dicho que dice: “Corruptio optimi pésima”, es decir, la corrupción de quien es mejor es pésima, es la peor. Siempre con la humildad de sentirse pecador, porque el Señor siempre perdona, mira para otro lado. Lo perdona todo.

Un confesor que estaba en Buenos Aires, de 92 años - todavía confiesa, con 94 años, siempre tiene cola en el confesionario, es capuchino, tiene cola de gente, cola de hombres, mujeres, niños, jóvenes, trabajadores, sacerdotes, obispos, monjas, todo, todo el rebaño del pueblo de Dios va a confesarse con él porque es un buen confesor... —Un día vino al palacio episcopal, todavía no era tan viejo, debía tener 84 años, se acercó y me dijo: “Sabes —me trataba de tú, trataba de tú a todos— sabes, hay un problema...” —“Dime, dime” —“Es que a veces me siento mal porque perdono demasiado... Y siento algo por dentro...”. Era un hombre de alta oración, de alta contemplación. “Y dime, ¿qué haces, Luigi, cuando te sientes así?” —“Eh, voy a la capilla y rezo, y digo: ‘Señor, perdóname, porque he perdonado demasiado’” –—“¿Pero eres un hombre demanga ancha?” —“No, no, yo digo las cosas serias, pero perdono porque tengo ganas de perdonar”. Una vez le dije, no en ese momento, sino antes: “¿Pero a veces te acuerdas de no haber perdonado?”. —“No, no me acuerdo”. Es un buen confesor, ¿no? “¿Y qué haces tú?” —“Entro en la capilla, miro el tabernáculo: ‘Señor, perdóname, he perdonado demasiado’. Pero en un momento dado le digo: ‘Pero ten cuidado: ¡porque fuiste tú quien me dio el mal ejemplo!’”. Dios lo perdona todo. Sólo pide nuestra humildad para pedir perdón. Por eso es importante no perder esta costumbre de pedir perdón, que es una virtud. En cambio, los corruptos la pierden. ¡Pecadores sí, corruptos no!

Me preguntaba: ¿pero la Virgen ha pedido alguna vez perdón? La Inmaculada Concepción... Es una cuestión teológica que hay que preguntar a las monjas... Pero no creo que la Virgen estuviera siempre “por encima de sí misma”: para las cosas pequeñas, en las que creía haberse equivocado, ciertamente pedía perdón al Señor, aunque no fueran objetivas, pero así era. Pienso, por ejemplo, en aquel viaje desde Jerusalén, donde el muchacho se había escapado y se quedó allí: ¡pero cuántas veces pidió perdón! “Debería haber estado más cerca...”. Hay cosas así en la vida, ¿no? ¿Por qué digo esto, esta pregunta? Porque incluso la persona más perfecta debe tener el corazón abierto para pedir perdón, siempre. Eso es lo más hermoso, ser perdonado.

Ayer por la tarde estuve con un grupo de jóvenes que trabajan en la predicación del Evangelio a los jóvenes de hoy. También los artistas jóvenes, los de las bandas que hacen estas cosas nuevas, sobre todo en Estados Unidos, en Hollywood, en esa zona. Me mostraron -algunas piezas- con estos jóvenes, algunos de los cuales dicen que no creen ni en sus propias narices... Hicieron la parábola del hijo pródigo: toda la historia de un chico moderno, actual, que despilfarra el dinero de su padre, que se mete en todos los vicios y al final, hablando con un amigo, dice: “No estoy contento, estoy triste, porque echo de menos a papá, echo de menos a papá. He hecho todas estas cosas sucias y he tomado un mal camino que no me ayuda... Pero no me atrevo a ir a casa porque tengo miedo de que mi padre me rechace o me pegue o me insulte... No tengo ganas”. Y éste le dice: —“¿Pero no tienes un amigo para ir a sondear un poco a papá: ‘Qué pasaría si tu hijo volviera?’” —“No, no tengo a nadie” —“Pero, si quieres, puedo ir, y le diré que te dé una señal” —“¿Pero qué señal?”. Y hablan de esto. Y al final dice: “Iré, hablaré con tu padre, le diré que tienes ese deseo de pedir perdón y de volver, pero que no sabes si serás bien recibido, y que si te recibe bien, que ponga un pañuelo blanco en la terraza, para que se vea bien”. Y el hijo se puso en camino, y cuando estaba cerca de la casa, lo vio: ¡vio la casa llena de pañuelos blancos! En otras palabras, nuestras manos no son suficientes para recibir todo lo que Él nos da, incluso cuando somos pecadores y le pedimos perdón. Y la abundancia de nuestro Padre es así: nos espera con la casa vestida de muchos pañuelos blancos. Es más generoso.

Recuerdo, volviendo al perdón —me gusta hablar del perdón, porque es algo positivo: más que el pecado, el perdón—, cuando Pedro le preguntó al Señor: “¿Pero cuántas veces tengo que perdonar? ¿Está bien siete veces?” – “Setenta veces siete”, es decir, siempre. De hecho, cuando el Padre Nuestro nos enseña, perdonar a los demás es una condición para ser perdonado. Ustedes, en capítulo, por ejemplo -pasará, no creo que aquí, pero pensemos en otro convento-, una de ustedes está enfadada, tiene un poco de cara de vinagre, digámoslo así, “porque me enfadé con aquella otra, pero que me pida perdón porque fue ella...”. Todos conocemos las pequeñas cosas de la comunidad, yo también he estado en la comunidad y sé cómo es la comunidad. Incluso en la Curia pasan estas cosas... ¡Pero da el primer paso! Sonríe, sólo sonríe Es un hermoso día…

No sé si lo mencioné la otra vez: Teresina. Cuando tuvo que salir del coro, antes de la cena, diez minutos antes, para llevar a la madre San Pietro al refectorio porque la pobre cojeaba de todo; estaba un poco impaciente, y si Teresina la tocaba le decía: “¡No me toques! Si me tocas es un pecado”. A veces esta amargura ocurría. ¿Y qué hizo Teresina? Una sonrisa, siempre. La hizo pasar, la sentó, le cortó el pan, todo, para que cuando llegaran las otras hermanas estuviera todo listo para empezar a cenar. Y una vez, la queja de la Madre San Pietro fue tan fuerte, que Teresina escuchó la música de un baile [en la casa contigua al monasterio] y dijo: “Hay gente bailando, gente feliz, gente disfrutando... Pero yo no cambio esto por aquello, para mí esto es más bonito”. La belleza de la caridad fraterna.

Y esta vivencia de la caridad es tener el corazón abierto, las manos abiertas, la mente abierta para el encuentro con el Señor, para que él no pase de largo y yo no me dé cuenta.

Bueno. Algunas estaréis pensando: “¿Cuándo va a parar este cura... es el sermón de la Cuaresma?”. Se lo agradezco. Piensa en la iglesia. Piensa en los ancianos, en los abuelos, que suelen ser “material de descarte”: no quieren tenerlos en la familia porque son molestos y los ponen en algún sitio... Piensen en las familias, en la frecuencia con que los padres tienen que trabajar para llegar a fin de mes, para tener lo suficiente para comer. Recen por las familias para que sepan educar bien a sus hijos. Piensen en los niños, en los jóvenes y en las muchas amenazas de la mundanidad que tanto daño hacen. Y recen por la Iglesia. Piensen en las monjas, en las mujeres consagradas como ustedes, en las que deben trabajar en las escuelas y en los hospitales. Piensen en los sacerdotes. Teresina entró en el Carmelo para rezar por los sacerdotes: necesitamos, necesitamos. Oremos para que sepamos ser pastores y no jefes de oficina: que los sacerdotes sean obispos, sacerdotes, tengan esta pastoral, para ser pastores.

No se me ocurre nada más que decir. Creo que el sermón de Cuaresma fue largo. Muchas gracias.