· Ciudad del Vaticano ·

Sandra no quería una vida llena de nada

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06 noviembre 2021

Una joven de hoy crecida en una familia normalísima


“La excepcional normalidad”. El padre Antonio Marrazzo, postulador de la causa de beatificación encargado de examinar testimonios, escritos y una curación inexplicable, explica así la santidad de Sandra Sabattini, una joven de Rimini que creció en una familia como muchas otras. Hogar, estudios, amigos, un movimiento católico y un novio. Lo normal. Esta joven de cabello castaño y sonrisa abierta, atropellada por un automóvil a los 23 años mientras se dirigía a una reunión de la Comunidad Papa Juan XXIII, fue beatificada el pasado 24 de octubre por deseo del Papa Francisco.

La primera “santa con novio”, según una definición de Don Oreste Benzi, quien fue el primero en adivinar su grandeza. Sin embargo, su historia no parece nada “grandiosa”. Sandra nació el 19 de agosto de 1961 en Riccione. Vivió unos años en Misano Adriatico, un pequeño pueblo de la Riviera Romaña, con sus padres y su hermano menor. A los tres años se trasladó con su familia a la rectoría de la parroquia de San Girolamo, en Rimini, donde su tío materno, Don Giuseppe, era el párroco. Aquí Sandra aprende a “tutear” a Jesús.

A la edad de 10 años comenzó a poner por escrito sus pensamientos. Y a sus 12 años se produjo el encuentro de su vida con Don Benzi, fundador de la comunidad Papa Juan XXIII, que fue a la parroquia de su tío para reunirse con adolescentes. Sandra se quedó asombrada por esta obra y comenzó a frecuentar la comunidad. Unas vacaciones con niños discapacitados en Canazei cambiarán su vida. De regreso a casa, le dirá a su madre: “Estamos hechos polvo, pero nunca dejaré a estas personas”. Y así fue. A partir de aquí, la vida de Sandra fue para estos nuevos amigos. En ellos intuyó la respuesta al anhelo de una vida llena de sentido. Como todos los adolescentes, atravesó momentos de crisis. Pero también de profundas intuiciones.

En 1980 aprobó la selectividad sin saber muy bien qué camino tomar. Quería irse a África y confía este deseo a Dios. Escribe: “Señor, te espero para que me muestres la elección concreta definitiva”. “Siento cada vez más la necesidad de una elección radical, pero no sé en qué sentido y cómo tomar esta decisión. ¿Qué hacer, ir a la universidad o no?”, escribía. Preguntó entonces a Don Oreste quien le aconsejó que se matriculara en la carrera de Medicina en Bolonia. Y así lo hizo. Pero ella sabía que la cuestión era más de fondo. “Se trata de una sola cosa, tengo que elegir. Pero ¿qué? Decir: “Sí, Señor, elijo a los más pobres” ahora es demasiado fácil, de nada sirve si todo es como antes. No, yo digo: ‘te elijo a ti y ya está’”. Aquí está la elección vital: poner una Persona ante todo. Don Riccardo Battaglia, ahora párroco de la iglesia de San Jerónimo, explica que “en ella había una radicalidad tal que sabía que lo que llena el corazón es la relación con Cristo. Y esto también queda claro en su servicio a los más pequeños. No hay compromiso social por un lado y vida comunitaria por otro. La relación con Jesús es lo que busca en los pobres, los discapacitados y en el estar con los hijos de la comunidad terapéutica”.

Cambia su tiempo libre. Pasó el verano de 1980 en un hogar de acogida. El siguiente, en una de las primeras comunidades para drogodependientes. Cuando tenía un fin de semana libre, acudía con ellos. En 1978 conoció a Guido, dos años mayor, también de la comunidad Papa Juan XXIII. Se hicieron novios en una relación enmarcada en todo lo demás. Sandra escribía así en su diario: “Noviazgo es algo integral en la vocación. Lo que vivo de disponibilidad y amor hacia los demás es lo que también vivo por Guido, son dos cosas conectadas”. Ahora Guido es arquitecto. De Sandra nos dice que le impresionaba de ella “cómo iba tan a lo fundamental de cada cosa. Sabía ver todo lo bueno e incluso agradecía las dificultades. Sobre todo, me asombraba cómo buscaba a Jesús con todo su ser y confiaba en Él. Esta unidad y claridad de vida siempre destacaba. Buscaba constantemente un camino radical, entendido como plenitud de vida”. Escribía: “No quiero vivir una vida llena de nada”. Y también llevó consigo a su novio en esta búsqueda. Por ejemplo, se habían acostumbrado, el primer día del año a levantarse temprano para ir a la iglesia a rezar. “No éramos ningunos místicos. Fue precioso dejarme envolver en una alegría que solo la unidad con el Señor puede ofrecer”, recuerda Guido. En otra ocasión lo llevó con él a visitar una familia con niños autistas. “Una noche salimos a dar un paseo. En un momento, me dijo: “Si Dios no existiera estaría desesperada. Para ella, Dios era tan vital como el aire que respiraba”, concluye Guido.

Este era el secreto de Sandra. “Vivió la vida de una joven normalísima en una especie de mística cotidiana, de relación personal con Dios. En ella, no solo habitaba la conciencia de que Cristo está presente, sino de que está vivo, de que le podemos hablar”, explica el padre Marrazzo, Las páginas del diario de Sandra se componen de este diálogo diario con un Tú divino. Es esta relación la que lo cambia todo. Asó lo entendió Stefano Vitali, el protagonista de la inexplicable curación reconocida por la Iglesia como un milagro por intercesión de Sandra Sabattini. Concejal del Municipio de Rimini, en julio de 2007, en el apogeo de su vida y carrera, descubrió que tenía 37 ganglios linfáticos con metástasis en el intestino. Fue operado. Nada más salir del quirófano, el cirujano comunicó a su esposa que solo viviría unos pocos meses.

A principios de septiembre, Don Benzi, quien también acompañaba a Stefano, le invitó a rezar a Sandra y pidió a toda la comunidad que lo hiciera. Unos meses después, no había rastro de metástasis. Cuatro años después, estaba curado. Es un hecho médicamente inexplicable. Pero eso no es todo. “Cuando me curé, seguí con mi vida normal. Tres años después, murieron las parejas de dos de mis colaboradoras. Una de ellas me dijo: ‘No lo consiguió’. Es decir, no lo consiguió como tú sí lo hiciste. Cuando sabes que eres un superviviente, tienes un sentimiento de culpa por el tiempo que pierdes”, explica.

Te dices a ti mismo: “Si el Señor me ha salvado, será para algo grande”. En cambio, no pasó nada”. Sin embargo, leyendo el diario de Sandra, lo comprendió todo. “Ella era todo lo contrario a mí, siempre decía que sí a cualquier propuesta que se le hacía. Sin buscar algo a cambio, sin esperar nada. Entendí cómo debería haber vivido. Ahora hago lo que me piden, en mi vida cotidiana”. Se dedica a supervisar los proyectos de la comunidad del Papa Juan en el extranjero. “Confiar, decir que sí todos los días a lo que hay, Sandra me enseñó esto”. El padre Battaglia explica: “Alguien podría decir: ‘Sandra era una chica cristiana normal, pero nada del otro mundo’. En cambio, esta es exactamente la novedad. Significa que la santidad no es algo excepcional reservado a unos pocos, sino la sustancia de la experiencia cristiana”. Desde este octubre, la Iglesia nos lo recuerda a todos a través de Sandra.

de Elisa Calessi