· Ciudad del Vaticano ·

Martirologio

Reinas y campesinas

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06 noviembre 2021

Laicas, religiosas y mártires… todas en los altares


Como misionera se fue a vivir a la selva colombiana. Y como maestra, eligió enseñar a los indígenas, pobres y despreciados. Cuando inició su obra evangelizadora, solo tenía con ella a su madre y a cinco religiosas a las que quería “intrépidas, valientes e inflamadas por el amor de Dios”. No les importaba si los prelados de su época las llamaban “las religiosas cabras”. De aquellas pocas, llegaron a ser 500 religiosas y 100 novicias al servicio de 22 comunidades indígenas.

La Madre Laura de Santa Catalina de Siena, nacida Laura Montoya Upegui (Jericó 1874 - Medellín 1949), canonizada en 2013, fue la primera de las santas del Papa Francisco. Y puede que sea una coincidencia que fuera una monja, nacida y vivida en el continente sudamericano, la que inaugurara las canonizaciones de mujeres del Pontífice que venía del “fin del mundo”. Pero no es casualidad que la historia de la Madre Laura, fundadora de la Congregación de las Hermanas Misioneras de María Inmaculada y de Santa Catalina de Siena, esté marcada por el coraje, la humildad y, sobre todo, por la tenaz voluntad de construir una comunidad de mujeres unidas por el deseo de dedicarse a los últimos, a los pobres y a los olvidados.

Este es el hilo conductor que une las muchas santas y beatas de orígenes y vivencias diversas que han sido proclamadas en los ocho años del pontificado de Francisco. Entre ellas se encuentran nombres famosos como Santa Madre Teresa de Calcuta (Skopje 1910 - Calcuta 1997) que dedicó su vida a los más pobres de entre los pobres y fue galardonada en 1979 con el Premio Nobel de la Paz. Otras han estado cerca de recibir un galardón tal, como Sor Dulce, o Maria Rita Lopes Pontes de Sousa Brito (Salvador de Bahía 1914-1992), canonizada en 2019, quien se dedicó con la misma pasión a los desposeídos de las favelas y a los trabajadores explotados, fundó el primer movimiento obrero católico de Bahía y logró transformar el gallinero de un convento en un hospital que hoy cuenta con 1.500 camas y es puntero en tratamientos oncológicos.

En la lista de santas y beatas deseadas por el Papa Francisco, llama la atención la gran variedad de estas figuras. Junto a la reina María Cristina de Saboya, esposa de Fernando II, que salvó de la horca a los opositores al régimen y murió al dar a luz al último rey Dos Sicilias, beatificada en 2014, figura una campesina como María Catalina Kasper (Dernbach, Alemania 1820 - 1898) quien, a pesar de carecer de medios, logró abrir con la ayuda del obispo y el alcalde una casa donde alojar a los pobres. Canonizada en 2018, Santa Catalina Kasper también quiso unir para siempre el nombre de su congregación a la pobreza y fundó las Siervas Pobres de Jesucristo, presentes hoy desde Estados Unidos a México, de Brasil a India.

En las historias de estas santas y beatas encontramos también algunas páginas olvidadas de la Historia. Este es el caso de las cinco mártires de la masacre de Uruaçu, en el noreste de Brasil proclamadas beatas en 2017. Fueron asesinadas en 1645 por soldados holandeses y bandas indígenas bajo sus órdenes en las sangrientas guerras religiosas entre católicos y calvinistas. María Elisabeth Hesselblad (Faglavik, Suecia 1870 - Roma 1957), quien refundó la Orden de Santa Brígida, vivió otra persecución más reciente en el convento romano de Piazza Farnese. En los años de las leyes raciales, dio refugio a numerosas familias judías salvándolas de la Shoah. Canonizada en 2016, su nombre también aparece entre los Justos entre las Naciones en Yad Vashem, en Jerusalén. La vida de la beata Assunta Marchetti (Lombrici di Camaiore 1871 - San Paolo di Brasile 1948) recuerda una página olvidada en la historia de Italia. A finales del siglo XIX, Assunta siguió a su hermano Giuseppe a Brasil para cuidar de los huérfanos de miles de emigrantes italianos que partieron de Toscana al país sudamericano huyendo de la pobreza. Solo en el año 1896, cuando emprendió su viaje la madre Assunta, desde la provincia de Lucca, se embarcaron hacia Brasil 3861 hombres.

Si bien no es de extrañar que sean sobre todo las religiosas quienes alcancen el honor de los altares, también es necesario mencionar a algunas laicas como, por ejemplo, la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri (Madrid 1916 - Pamplona 1975), perteneciente al Opus Dei, fue profesora, investigadora y química. En México abrió la primera residencia universitaria y una escuela para las campesinas. En España fue galardonada con el prestigioso premio Juan de la Cierva por su investigación sobre materiales aislantes refractarios.

En la España de la guerra civil fueron asesinadas tres enfermeras de Cruz Roja de entre 23 y 41 años que acudieron voluntariamente a Asturias para atender a los enfermos y heridos. El 27 de octubre de 1936, María Pilar Gullón Iturriaga (Madrid 1911), Octavia Iglesias Blanco (Astorga 1894) y Olga Pérez-Monteserín Núñez (París 1913) cuidaban de 14 heridos en el hospital de Pola de Somiedo cuando fueron detenidas por milicianos y llevadas a un cuartel. Allí fueron violadas y torturadas. Después, desnudas, las condujeron hasta el pelotón de ejecución encabezado por un grupo de mujeres que las asesinaron al amanecer del día siguiente. En junio de 2019 fueron por el Papa Francisco mártires in odium fidei.

Como mártires de la pureza encontramos a otras dos beatas laicas, ambas de Europa del Este. La primera es la eslovaca Anna Kolesàrova (1928), fusilada a los dieciséis años en el pueblo donde nació, Vysoka nad Uhom, por un soldado del Ejército Rojo a quien un 22 de noviembre de 1944 ella le había ofrecido un poco de comida y algo de beber. Él la disparó cuando ella se resistió a ser violada. La segunda mártir es la rumana Verónica Antal (Moldavia 1935 - 1958), asesinada con cuarenta y dos puñaladas por un joven de su país que quería violarla. Los amigos de Verónica decían que, en esos días, por una curiosa coincidencia, la joven estaba leyendo la biografía de santa María Goretti.

Las místicas merecen una mención aparte. Analfabeta como Santa María de Jesús Crucificado, (cuyo nombre de nacimiento era Mariam Baouardy; Abellin, hoy Israel 1846- Belén 1878) quien, no habiendo aprendido a leer y escribir, concibió poemas y con su pensamiento fascinó a intelectuales como Jacques Maritain y Julien Green. O humildes trabajadoras como la beata María Bolognesi (Bosaro 1924 - Rovigo 1980) que fue obrera, costurera y zapatera. La mujer sufrió dolorosas enfermedades durante cuarenta años, pasó por un período de posesión diabólica y anotó sus vivencias en dos mil páginas. U otras mujeres que también experimentaron tremendas dolencias en sus cuerpos, como la mística medieval Margarita de Città di Castello (Metola 1287 - Città di Castello 1320), nacida ciega y con una deformidad que, a pesar de ser analfabeta, conocía todos los Salmos de memoria. Hija de una familia noble, Margarita fue abandonada por sus padres, haciendo gala de lo que el Papa denomina y denuncia como “cultura del descarte”. Canonizada en 2021, a lo largo de los años se ha convertido en un punto de referencia para las personas con discapacidad, en una prueba de que incluso las criaturas que la crueldad de los hombres relega al ostracismo pueden ser elevadas al honor de los altares. (ver Ales Bello en la página 10)

La sensibilidad contemporánea, mayor tras la pandemia, puede encontrar un buen punto de referencia en aquellas santas de Francisco que se enfrentaron a enfermedades terribles, desde la viruela hasta la peste. Ejemplar es la historia de Benedetta Bianchi Porro (Dovadola, Forlì 1936 - Sirmione 1964) quien quedó lisiada por la poliomielitis en la infancia, se volvió sorda a los 13 años y desde su juventud vio marchitarse su cuerpo por la neurofibromatosis que se diagnosticó sola y que la dejó ciega. Antes de morir, a la edad de veintisiete años, escribió: “Pienso en cuán maravillosa es la vida, incluso en sus aspectos más terribles. Mi alma está llena de gratitud y amor a Dios por ello”. En 2019 el Papa Francisco la proclamó beata.

de Bianca Stancanelli