· Ciudad del Vaticano ·

Para reflexionar

Nadie es santo por sí mismo

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06 noviembre 2021

Pasé unos días de vacaciones en un pueblo a orillas del lago de Garda donde se conserva viva la memoria de dos cristianos, Giuseppe Nascimbeni y Maria Domenica Mantovani, cofundadores del Instituto de las Hermanitas de la Sagrada Familia. Ambos son beatos, aunque sean desconocidos para la mayoría. Él fue proclamado beato en 1983 y ella en 2000.

Me contaron su historia verdaderamente ejemplar, no solo por sus respectivas virtudes, como debe ser para la canonización, sino también porque la vida de este sacerdote y su primera discípula cuenta la historia de la Italia a caballo entre el siglo XIX y el XX, de hombres y mujeres fuertemente arraigados en la tradición católica, pero también pobres y condenados a la emigración forzada.

Más allá de las virtudes heroicas de los dos fundadores, lo que me llamó la atención fue saber que, poco más de veinte años después del inicio de la vida del Instituto, 120 monjas habían participado como enfermeras en la Primera Guerra Mundial. Nadie sabe qué debieron haber visto, vivido y sufrido y cuáles fueron las virtudes heroicas que supieron vivir en ese drama sin límites al que los libros de historia se refieren como la Primera Guerra Mundial y que el Papa Benedicto XV calificó como “masacre inútil”.

Este es otro de esos ejemplos que plantean una importante y pregunta básica para los católicos: ¿quiénes son los santos? La Iglesia Católica nunca ha querido renunciar, ni siquiera bajo el fuerte empuje crítico de la Reforma Luterana, a su reserva de oro de hombres y mujeres que a lo largo de la Historia han sido considerados dignos del honor de los altares. Ni siquiera la pequeña reforma que intentó Pablo VI, -que pretendía distinguir entre personajes que realmente existieron y figuras legendarias-, logró trastocar la arraigada tradición del culto a muchos santos y místicos ligados a un territorio o a la identidad de un pueblo.

El Magisterio siempre ha preferido dedicarse a corregir las desviaciones y abusos antes que renunciar a un elemento considerado fundamental en la pedagogía de la fe porque, con su ejemplaridad, los santos son hitos que marcan el camino a todos aquellos que quieren seguir el Evangelio.

Sin embargo, incluso con respecto a esta práctica de la fe católica que es el culto a los santos, algo ha cambiado y las 120 hermanitas de la Sagrada Familia, -que sin una formación específica en enfermería se propusieron curar heridas-, llaman a las puertas de la historia de la santidad para que se reconozca el lugar que les pertenece. No por ambición, sino por justicia. Gracias al Concilio, ahora hemos adquirido la conciencia de que, cuando la santidad respecta a unos pocos, se dilapida su inmenso valor y se olvida que la fidelidad al don del bautismo es más importante que cualquier jerarquía de perfección.

¿No llamó el apóstol Pablo “santos” a todos los cristianos?, ¿y no nos recuerda ese número simbólico de los 144.000 del Apocalipsis que la santidad forjada por el martirio es una gracia concedida a muchos?

No es casual, entonces, que el Papa Francisco, en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo (19 de marzo de 2018), insistiera en la santidad de los santos de la puerta al lado al recordar “las virtudes heroicas” de médicos y enfermeras durante los meses más oscuros de la pandemia. El Pontífice también invita a ver “los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los miembros más humildes” del pueblo de Dios (n. 7). Personas que, además, son santas no porque sean virtuosas, sino porque su Dios es santo (cf. Levítico 19,2).

Parafraseando las palabras de Francisco podríamos decir que nadie es santo por sí solo.

de Marinella Perroni
Biblista, Pontificio Ateneo S. Anselmo