· Ciudad del Vaticano ·

Tema del Mes

Las virtudes de las santas
de Francisco

cq5dam.thumbnail.cropped.500.281.jpeg
06 noviembre 2021

Paciencia, mansedumbre, alegría y sentido del humor


¿Existe una “política” común entre las santas del Papa Francisco? ¿Podemos identificar una idea, una “línea” en este Pontífice a la hora de escoger a las mujeres que merecen ser elevadas a los altares? ¿Son las mujeres elegidas también un modelo de mujer que el Pontífice propone a los fieles? Yo sostengo que sí y explico por qué.

Gaudete et Exultate. El 19 de marzo de 2018, el Papa Francisco tituló así su Exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo.

¿Por qué debemos regocijarnos y alegrarnos? Porque la santidad no está reservada solo para algunos, la santidad es la meta de todos los seguidores de Jesús que pueden alcanzarla imitándolo. Incluso se podría afirmar que debe ser la meta de todos los seres humanos. “Los santos nos acompañan y nos animan”, escribe Francisco. Aquí está la ejemplaridad. Y no solo nos acompañan “los famosos”, también lo hacen “los santos de la puerta de al lado”, personas sencillas que viven en el mundo con humildad y que dejan un rastro de bondad a su paso.

Para hacer su pensamiento aún más explícito, el Papa nos insta a mirar a los más humildes y lo hace citando las palabras de una santa de nuestro tiempo, Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, una de las más grandes filósofas del siglo XX. Ella escribió “a qué almas debemos agradecer los hechos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que se revele todo lo oculto”, es decir, cuando estemos en la otra vida y en una condición que corone el esfuerzo del ejercicio de las virtudes. Ella la define como “una vida bendecida”. Definición que también nos remite a la descripción que hace Dante del Paraíso.

La cita de Edith Stein indica la atención de Francisco hacia las mujeres, una atención reafirmada durante la audiencia general del 8 de septiembre de 2021 comentando la Carta de San Pablo a los Gálatas. En la santidad de la Iglesia militante, la mujer constituye un referente fundamental. ¿Podemos decir que las mujeres viven más intensamente la experiencia religiosa? Si miramos con qué frecuencia asisten a los lugares de culto, la respuesta es afirmativa, pero esto no es suficiente para alcanzar la santidad. Ciertamente la maternidad, que caracteriza a lo femenino, indica apertura al otro, entendida no solo a nivel humano sino también divino. Porque lo materno genera y también protege: ¿hay una mayor afinidad de lo femenino al Dios creador? Las santas lo demuestran de las más distintas formas y manifestaciones, algo que nos hace comprender la existencia de múltiples caminos hacia la santidad. Podemos hallar esta multiplicidad si analizamos la larga lista de santas y beatas proclamadas por el Papa Francisco: 22 mujeres canonizadas y 150 beatificadas aspirando a la santidad. Durante la pandemia se suspendieron muchos procesos, casi todos, pero resulta indicativo que la única mujer declarada santa en 2021 fuera Margarita de Città di Castello cuya vida definiríamos como trágica desde el punto de vista humano. La tacharíamos de “descartada” por haber sido rechazada incluso por sus propios padres. A ella quiso canonizar el Papa Francisco por iniciativa propia. Pero vayamos por orden, porque vale la pena detenerse en este caso que nos habla claramente de esa “política” que el Papa Francisco aplica sobre la santidad.

Margarita di Città di Castello fue una terciaria dominica que vivió entre los siglos XIII y XIV. El 11 de diciembre de 2019 el Papa Francisco presentó al Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos su solicitud de canonización equivalente de la beata Margarita. Este procedimiento también se usó en el caso de Hildegarda de Bingen, canonizada por Benedicto XVI, y Ángela de Foligno también canonizada por el Papa Francisco.

Margarita nació en 1287 en un pueblo llamado Metola. Los padres eran nobles y el padre era el señor del castillo. La pequeña Margarita, ciega de nacimiento y con una deformidad, representaba para ellos una vergüenza que había que ocultar. De hecho, la encerraron en una celda cercana a la casa donde pasó toda su infancia. A Margarita la sacaron de su celda cuando estalló una guerra por la posesión de Metola entre los señores de los territorios vecinos. Sus padres intentaron ayudarla llevándola a Città di Castello con un fraile laico, Fra Giacomo, de quien se dice que realizó muchos milagros. En este caso el milagro no sucedió y la niña fue abandonada por sus padres en Città di Castello según una práctica bastante extendida en ese momento por la que los niños con discapacidad o deformidad tenían que ser abandonados porque eran un castigo divino. La pequeña sobrevivió gracias a la caridad de los habitantes de la aldea y fue acogida en un pequeño monasterio. Margarita comenzó a ser un ejemplo de vida espiritual a través del ayuno y la oración, algo que no gustó a las demás monjas que la echaron a la calle. Una pareja se apiadó entonces de ella y la acogió en su casa. Los nuevos padres la cuidaron y le permitieron mostrar sus extraordinarios dones, incluso la capacidad de realizar milagros. Se dice que, a lo largo de su vida, que continuó en silencio y oración, experimentó éxtasis y levitaciones que impresionaron a los habitantes de Città di Castello. Ella, que asistía a la iglesia de los frailes Predicadores, quería ser terciaria para dedicarse a una vida de total consagración a Dios. Su fuerza espiritual era extraordinaria, pero su constitución física era débil y a los treinta y tres años murió en paz como había vivido. Durante la exposición de su cuerpo una niña fue sanada milagrosamente. Así comenzó el largo camino de gracias y milagros atribuidos a su intercesión.

Lo que llama la atención en este asunto es la actitud de los padres, que siguieron las costumbres de la época pese a que se decían cristianos. Margarita es un ejemplo de “descartada” que ha conmovido profundamente al Papa Francisco. Algunas causas de santas y beatas comenzaron antes de su pontificado y el Papa Francisco se limitó a llevarlas a término, pero esta causa y la de la beata Ángela Foligno son una reivindicación de los marginados y abandonados que no se ajustan a los cánones del mundo.

La santidad de Angela de Foligno (1248 - 1309) fue reconocida después de siete siglos. El contenido de un libro titulado Memoriale es especialmente revelador. La presencia de otros testimonios de la época ha permitido superar la duda sobre su existencia y también sobre la veracidad de su extraño comportamiento como el famoso episodio de los gritos en la catedral de Asís en 1291 desnuda frente al Crucifijo. Este hecho llamó la atención de un fraile, que permaneció en el anonimato, quien, intrigado por su personalidad, la interrogó y escribió lo que estaba contando. Ahora se sabe que esta es una historia real, que Angela fue sometida al juicio del cardenal Colonna y ocho frailes franciscanos que lo aprobaron. La santa describe una experiencia mística caracterizada por las luces y las sombras y por la oscuridad de la que también habló la Madre Teresa de Calcuta, -otra santa proclamada por el Papa Francisco-, y de la que hablan muchas místicas y muchos místicos.

Los Papas más recientes han reconocido el valor de la experiencia mística y el Papa Francisco ha demostrado que la considera un camino a la santidad.

Ha indicado algunas características fundamentales para lograrlo. Son actitudes interiores que pueden caracterizar cualquier estilo de vida porque es recomendable que todos practiquemos la paciencia y la mansedumbre y cultivemos la alegría y el sentido del humor. ¿Dónde mostrar todo esto? En la comunidad, junto con los hermanos y hermanas. Pero no es fácil tener la fuerza para el camino de la perfección interior que requiere soportar, tener paciencia y practicar la mansedumbre.

En este camino de superación, reconocido por el Papa Francisco, encontramos las más diversas existencias. Como la de Jacinta Marto, una de las videntes de Fátima, que murió con tan solo diez años; la de una laica, la madre de santa Teresa de Lisieux (1831-1877); o la de una religiosa, la beata Clelia Merloni, fundadora del Instituto de las Apóstoles del Sagrado Corazón (1861). He elegido como ejemplos tres vidas radicalmente diferentes pero unidas por un proceso de perfección interior que se manifiesta en la caridad hacia los demás, requisito indispensable para alcanzar la santidad. Esto se explicita en otra propuesta “política” del Papa Francisco, la contenida en la encíclica Fretelli Tutti en la que la “fraternidad” se aplica tanto a hermanos como a hermanas.

de Angela Ales Bello
Profesora emérita de Historia de la Filosofía contemporánea de la Universidad Lateranense. Presidenta del Centro italiano de Investigación Fenomenológica.