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Las mujeres, las más esperadas en el Sínodo

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02 octubre 2021

Entrevista con la Subsecretaria Nathalie Becquart


El Sínodo se transforma con cambios en su desarrollo. De esta forma, según las mismas palabras del cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, todo el mundo podrá hacer oír su voz. Pero, en la práctica, ¿qué cambiará para las mujeres?

Se lo hemos preguntado a sor Nathalie Becquart, religiosa javeriana francesa, Subsecretaria del Sínodo de los Obispos desde febrero de 2021.

“El hecho realmente nuevo desde la promulgación en 2018 de la nueva constitución del Papa Francisco sobre el Sínodo, Episcopalis communio, es que el Sínodo se considera menos como un evento, que implica sobre todo a los obispos, y se ve más como un proceso en el que la preparación es sumamente importante. La consulta a nivel diocesano primero y luego a nivel nacional y continental, en cierto modo, es ya Sínodo. Lo que plantea este Sínodo es, por tanto, la participación más amplia posible del Pueblo de Dios, del sensus fidei. Y así se invita a las mujeres, que representan al menos la mitad de los bautizados, a participar. En la práctica, lo que cambiará para las mujeres es que serán parte activa desde el principio, especialmente a nivel local, en parroquias, comunidades, movimientos y diócesis. En esta nueva dinámica, se esperan vivamente”.

¿Qué pueden aportar las mujeres?

El proceso sinodal es un camino abierto. Por eso creo que no debemos tener una idea preconcebida sobre la contribución que pueden hacer las mujeres. Al contrario, lo que realmente está en juego es que se atrevan a alzar la voz y a ocupar el lugar que les corresponde. Yo diría que las mujeres tienen que aportar lo que son. Básicamente, creo que lo que ofrecen de específico es el ser el motor de la sinodalidad. Porque desean fervientemente que la Iglesia deje de ser una Iglesia clerical reservada a una élite, donde unos deciden por todos. Las mujeres aspiran a participar en las decisiones de la Iglesia. Por otro lado, los últimos sínodos han insistido claramente en el desafío del liderazgo de las mujeres en la Iglesia.

¿Por qué las mujeres aspiran a asumir sus responsabilidades en la Iglesia?

Si nos fijamos en la historia de la Iglesia y de la sociedad, la mayoría de los países han heredado siglos de mentalidad patriarcal. Incluso hoy en día algunas mujeres son víctimas de ella. Las mujeres estaban dominadas en todas partes, no se les permitía aportar nada, hacer oír su voz o poner de manifiesto sus talentos. Las mujeres desean entablar relaciones más igualitarias basadas en el respeto. Y, por ello, son un potente motor de sinodalidad. A menudo digo que, en el Pueblo de Dios, las mujeres y los jóvenes están a la vanguardia de la aplicación y promoción de la sinodalidad.

El hecho es que el proceso de consulta inevitablemente se apoyará en las estructuras existentes. Y es bien conocido que en algunas Iglesias locales las mujeres todavía juegan un papel marginal.

La consulta partirá de las diócesis, los movimientos, las asociaciones internacionales de fieles y las comunidades religiosas o de vida consagrada. Están todos invitados a participar, en primer lugar, a nivel diocesano porque son parte del Pueblo de Dios y todos los bautizados deben ser sujetos de consulta. Es aquí, en las iglesias locales, donde la consulta al Pueblo de Dios debe realizarse de manera ordinaria, porque es aquí donde camina la Iglesia.

Episcopalis communio también pone negro sobre blanco que aquellos son también lugares por donde debe pasar la consulta, así como por los institutos de educación superior o las universidades católicas. Además, al igual que durante el Sínodo sobre los jóvenes, está previsto que algunas personas puedan enviar su contribución directamente a la Secretaría General del Sínodo. Así, las mujeres podrían hacer oír su voz a través, por ejemplo, de las asociaciones a las que pertenecen y, en especial, de las asociaciones femeninas.

Una Iglesia sinodal es una Iglesia de escucha. Pero muchas mujeres tienen la impresión de que no se las está escuchando.

El pontificado del Papa Francisco está profundamente arraigado en lo que dice el Concilio Vaticano II sobre la Iglesia vista como Pueblo de Dios. La Iglesia, por su naturaleza, por tanto, constitutivamente, es sinodal. Después de todo, en los primeros siglos de la Iglesia el gobierno era colegiado y sinodal. Posteriormente, este acento se perdió y hoy se ha redescubierto como fruto del Vaticano II. Basta recordar que, en la constitución conciliar Lumen gentium, el capítulo II sobre el Pueblo de Dios se coloca antes del capítulo sobre la jerarquía. El Papa Francisco destaca claramente que, más allá de toda nuestra diferenciación, en la Iglesia todos tenemos en común el ser bautizados. El hecho es que, para que las cosas cambien, se necesita una conversión de mentalidades y, al mismo tiempo, una reforma de las estructuras. Por supuesto, este Sínodo no cambiará todo de la noche a la mañana. Hemos pedido a todas las diócesis que creen grupos sinodales que puedan acompañar y hacer vivo el proceso sinodal. Es de esperar que en estos lugares tan concretos nos abramos más a la importancia del trabajo en grupo, hombres y mujeres, laicos, consagrados y clérigos. Además, el hecho de que un hombre y una mujer, - el español monseñor Luis Marín de San Martín y yo -, fuéramos nombrados subsecretarios de la Secretaría General del Sínodo al mismo tiempo podría servir de ejemplo en otras realidades. Una Iglesia sinodal es una Iglesia en la que se trabaja y se discierne juntos.

¿Podría esta nueva dinámica sinodal también aliviar tensiones y reivindicaciones en algunas Iglesias?

Entiendo que algunos puedan pensar que se está tardando demasiado, pero el cambio en cualquier institución no se hace en un día. El mayor desafío es poder, hombres y mujeres, escucharse y entenderse. Realmente esperamos que este Sínodo fomente un diálogo mucho más intenso entre pastores y fieles. Esto también requiere conocerse, superar los miedos y, a veces, acostumbrarse.

En Sínodos recientes, la cuestión del voto de las mujeres ha despertado un gran interés y cierta controversia. Y su nombramiento generó expectativas. ¿Cómo ve el tema del voto de las mujeres?

Retomo lo que dijo el cardenal Grech cuando fui nombrada. Gracias a la llamada que recibí y la función que realizo, se ha abierto una puerta. Pero no puedo decir de antemano qué pasará. Entiendo el interés que despierta la cuestión de la votación. Vivimos en culturas democráticas donde el voto juega un papel simbólico extremadamente importante. Pero cuando uno examina en profundidad qué es un Sínodo, queda claro que si la dinámica funciona bien da lugar a un consenso. De hecho, la votación se produce al final del proceso cuando se ha acordado un texto final. Durante el Concilio se votaron casi por unanimidad casi todas las instituciones y textos. Y lo mismo ocurre en la sala del Sínodo. Por tanto, sin restar importancia a la votación, lo que me parece particularmente importante no es tanto que las mujeres puedan votar al final, sino que puedan participar desde el inicio del proceso en la elaboración del discernimiento común que debe conducir a un consenso. El Sínodo no es un parlamento. Es una realidad humano-divina, guiada por el Espíritu.

¿El Sínodo podría convertirse en un vector de renovación y reforma de la Iglesia?

El Sínodo de los Obispos es una de las muchas formas sinodales que existen. Los Sínodos diocesanos son otra forma institucional de sinodalidad. Pero el desafío actual no es solo celebrar Sínodos, sino también que el estilo mismo de la Iglesia, a todos los niveles, se transforme en sinodal. Hoy estamos llamados a una sinodalización de la Iglesia, en todos sus estamentos y niveles, para hacer verdaderamente de la sinodalidad un modus operandi cotidiano. En nuestras sociedades individualistas, a veces, tendemos a perder la dimensión comunitaria y eclesial de nuestra fe. Hoy nos encontramos en una fase de reaprendizaje de la sinodalidad, la misma sinodalidad que estuvo presente en los albores de la Iglesia. Pero no se puede simplemente copiar y pegar porque el contexto en el que vivimos es diferente. Este reaprendizaje, por tanto, también pasa por la experiencia, por la vivencia.

de Romilda Ferrauto