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Una doble misión en la Iglesia

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04 septiembre 2021

Adrienne von Speyr y Hans Urs von Balthasar


Basilea, otoño de 1940. En una terraza con vistas al Rin, Hans Urs von Balthasar se encuentra con Adrienne von Speyr por primera vez. Hablan de literatura francesa y, en concreto, de Paul Claudel y Charles Péguy, los poetas que Balthasar está traduciendo.

Por esas fechas, él ya era un teólogo de renombre que pertenecía a la Compañía de Jesús desde 1929. Hans Urs, que lleva el nombre de su famoso antepasado, descubrió su vocación cuando su madre muere prematuramente. Ella era quien lo llevaba a la misa en la iglesia de los jesuitas, cerca de su casa. Estudiante brillante, apasionado de la poesía alemana, amante de la música, especialmente de Mahler de quien interpretó sinfonías enteras al piano, traducía por entonces El zapato de raso de Claudel. Precisamente a través de este libro, - centrado en un amor entre un hombre y una mujer sustraídos al eros y transformado en amistad espiritual -, transfiguraría, su relación con Adrienne, protagonista de una teología renovada.

Adrienne, en ese balcón, se encuentra frente a él como esperando a alguien que ya conoce. Médico, fue la primera mujer suiza admitida en esta profesión. Está casada y su vida espiritual es vibrante. Fue una niña despierta e inteligente que durante su juventud sufrió profundamente la conflictiva relación con su madre quien la había obligado a abandonar el bachillerato por ser mujer. La intervención de su padre le salvó de la monotonía del colegio femenino y le permitió regresar al bachillerato, un regreso celebrado con el atronador aplauso de sus compañeras que admiraban su inteligencia y valor. Ese mismo valor le hacía reaccionar ante las injusticias, como cuando en clase se puso de pie y espetó a un maestro que había abofeteado a un alumno: “¿Queréis ver a un cobarde?, ¡aquí tenéis a uno!” Había recibido el don de las visiones desde una edad temprana, cuando su ángel de la guarda la consolaba por los problemas con su madre y le enseñaba a rezar. A la edad de seis años, Adrienne conoció a San Ignacio. La dulce visión que tuvo en 1917 de María rodeada de ángeles y santos fue la respuesta a lo que le faltaba, una respuesta a ese Dios austero y riguroso del ambiente protestante en el que nació y que no la representaba. En 1918, a la edad de dieciséis años, tras la repentina muerte de su padre, su físico colapsó a tal punto que los médicos determinaron que moriría al cabo de un año por la tuberculosis que recorría sus pulmones.  

Pero las cosas estaban destinadas a ser diferentes y unos veinte años después, en esa terraza de Basilea, se forjó una asociación duradera y fructífera que renovó profundamente la teología de la época. El entendimiento espiritual con Adrienne es instantáneo, como escribe Balthasar: “Inmediatamente, hablamos sobre la oración y tan pronto como le mostré que con “hágase tu voluntad” no proponemos nuestra obra a Dios, sino nuestra disponibilidad para ser integrados a su obra y comprometidos en ella, fue como si hubiera pulsado sin querer un interruptor que de pronto enciende todas las luces de la habitación”. Después de este encuentro, en el mismo año por la fiesta de Todos los Santos, Adrienne, bajo la dirección espiritual de Balthasar, recibe el bautismo católico. A partir de entonces revivirá la Semana Santa todos los años de un modo particular. La sensación de soledad y sufrimiento del Hijo separado de su Padre resuena hasta tal punto en sus visiones del infierno que queda impresa en su cuerpo en forma de estigmas. Para Balthasar, esa extrema impotencia encarnada en el cuerpo de Adrienne, se convierte en el fundamento de su teología porque la entiende como la única capaz de poder liberador. Cuatro años después, a partir de mayo de 1944, el jesuita comienza a recopilar en los Cuadernos los dictados de Adrienne centrados en el Evangelio de Juan y en la experiencia del Sábado Santo. Para ello, aprende a escribir taquigráficamente, traduciendo fielmente del francés iluminaciones y revelaciones dictadas por una mujer que no explica, pero ve. Balthasar señala: “Sus dictados se vuelven fluidos, sus proposiciones son tan precisas que ella misma renuncia a revisarlas. Transcribo lo que narra sin dificultad. A veces gira en torno a una idea que quiere expresar, con múltiples expresiones hasta encontrar la exacta, entonces basta con que esta sola quede por escrito”. Estos dictados durarán veintisiete años y producirá más de sesenta libros sobre espiritualidad y teología firmados por Adrienne. En 1945 fundan la Comunidad de San Juan.

Para la redacción de sus propios textos, Balthasar se basa en las visiones de Adrienne, las sistematiza y las inserta en su pensamiento teológico. Este pensamiento tiene como eje la kénosis, entendida como la definición misma de Dios en la relación trinitaria, lugar de mutua abnegación de las personas divinas, relación dinámica de amor entendida como don de sí.

Sin embargo, en el estrecho entorno del catolicismo suizo, esta asociación espiritual se ve con sospecha, a pesar de que el carisma de Adrienne siempre ha sido acogido con respeto por la ortodoxia. En 1950 Baltasar se vio obligado a dejar la orden, aquella Compañía de Jesús a la que definió como su “patria” debido a la incomprensión de sus superiores preocupados, sobre todo, por las habladurías que circulan por la ciudad. Adrienne está impactada por esta decisión y se siente personalmente responsable de ella. En su Diario anota que escuchó una voz que le decía: “Tu destino es demasiado pesado, porque incluye el destino de Hans Urs”. Cuatro años después, gravemente enferma, abandona la práctica de la medicina. Está tan enferma que los médicos vuelven a sorprenderse de que sobreviva. Hans Urs siempre está cerca de ella, todavía dispuesto a transcribir sus visiones y a descifrar las figuras de los santos con los que Adrienne trata. Muere a los 65 años, el 17 de septiembre de 1967, fiesta de santa Hildegarda, mística y médica a la que veneraba.

Mientras tanto Balthasar, que realiza conferencias por Europa para sobrevivir, viene rehabilitado por la Iglesia, aunque no es invitado al Concilio Vaticano II, lo que lo convierte en uno de los “grandes ausentes”. Muere el 26 de junio de 1988, dos días antes del consistorio en el que Juan Pablo II lo hubiera creado cardenal.

de Elena Buia Rutt