· Ciudad del Vaticano ·

Cónyuges

Entre fe y razón

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04 septiembre 2021

Raïssa y Jacques Maritain


Raïssa Oumançoff y Jacques Maritain son sin duda una de las parejas más famosas del siglo XX en Europa, y no solo aquí. Es difícil enmarcarlos en un contexto reducido porque sus intereses y su influencia son enormemente amplios.

Raïssa (1883-1960), judía rusa, y Jacques (1882-1973), francés de familia protestante, se conocieron en 1900 durante sus estudios universitarios en París, en la Facultad de Ciencias. Ni a Raïssa ni a Jacques, ya licenciado en filosofía, les habían convencido los estudios en ese centro ni tampoco la filosofía de su tiempo, caracterizada por el escepticismo y el relativismo.

Así comenzó un largo camino que finalizaría en 1960 con la muerte de Raïsa y que se desarrolló a lo largo de varias etapas significativas.

En 1904 Raïssa y Jaques se casaron por lo civil, pero el verdadero punto de inflexión fue en 1905, con su conversión a la Iglesia católica, seguida del bautismo en 1906, gracias sobre todo a la influencia de Charles Péguy y a la filosofía de Henri Bergson, tras un decisivo encuentro con el novelista Léon Bloy. A partir de ese momento, Raïssa y Jacques compartieron todo en una vida llena de acontecimientos que los llevó a Estados Unidos, Canadá y de regreso a Francia hasta que, de 1945 a 1948, Jacques fue nombrado embajador de Francia ante la Santa Sede.

Tras la muerte de su esposa, Jacques se retiró a la Comunidad de los Pequeños Hermanos de Jesús. En 1971 se convirtió en uno de ellos.

Se pueden identificar tres líneas, (tan estrechamente conectadas que solo es posible separar para facilitar la explicación), a lo largo de las que se desarrolla el camino de los Maritain: la del amor mutuo, la de la fe, - tanto buscada como encontrada -, y la de la investigación común en busca de la verdad.

El amor de Raïssa, poeta y mística, y de Jacques, filósofo y ensayista, tocó todas las dimensiones de su existencia y, de acuerdo con los testimonios de las personas que los conocieron, fue generalizado, es decir, capaz de irradiar e involucrar a otros en una red de profunda amistad y confianza espiritual e intelectual.

Se ha dicho que la experiencia existencial de los Maritain está intrínsecamente conectada y, de hecho, es imposible hablar de su mutuo amor sin tener en cuenta el camino que juntos los condujo a la fe católica que constituiría el faro luminoso de sus vidas.

La fe los había arrancado del nihilismo y pesimismo entonces imperantes en la cultura y la filosofía francesa y la fidelidad a la Iglesia católica, a pesar de sus entonces evidentes defectos, los acompañó siempre a través de un fuerte sentimiento de convencida pertenencia.

La tercera línea es la de la búsqueda constante y compartida de la verdad, ya satisfecha por la fe, pero continuamente profundizada con una aspiración constante a hallar aclaraciones cada vez mayores.

Aquí es donde se inserta el encuentro con la filosofía y teología de santo Tomás que abrió nuevos horizontes al indicar que entre fe y razón no hay contradicción y que todo el pensamiento contemporáneo, incluso con toda su problemática, puede ser visto bajo una luz superior que revela su potencial a veces oculto y escondido.

La de Santo Tomás, incluso para los Maritain, es la “filosofía perenne” que no anula todas las demás conquistas del pensamiento porque estas, de distintas formas, tienden hacia una verdad que en sí misma es siempre inagotable.

Hablando de Raïssa y Jacques Maritain, nos puede venir a la mente la otra gran pareja francesa del siglo XX: Simone de Beauvoir (1908-1986) y Jean Paul Sartre (1905-1980), quienes recorrieron un itinerario existencial a años luz de distancia de los Maritain.

Una pareja libre y abierta a otros lazos, sin ningún vínculo de fidelidad mutua a excepción del de la absoluta sinceridad, Beauvoir y Sartre compartieron una experiencia de vida en la que el pegamento principal era el intelectual y su aspiración a la libertad absoluta y sin condicionamientos.

Sería fácil acercarse a estas dos parejas utilizando la contraposición entre trascendencia (los Maritain) e inmanencia (de Beauvoir y Sartre), pero, en realidad, la cuestión es más sutil: trascendencia en ambas parejas, pero vertical para la de los Maritain y horizontal para la de Beauvoir y Sartre.

Para la primera pareja la trascendencia vertical se cifra en mirar a un Dios que los trasciende a ambos y los arrastra a su espiral de amor. A la segunda es atribuible la trascendencia horizontal de la imposibilidad de apropiarse del otro que permanece siempre en sí mismo, a pesar del amor.

Hasta aquí el posible acercamiento, pero, yendo más allá, solo hay que señalar la imposibilidad de una verdadera comparación entre dos parejas que, cada una en su singularidad, han ejercido una enorme influencia en las generaciones posteriores, tanta que aún hoy se nota.

de Giorgia Salatiello