· Ciudad del Vaticano ·

A los participantes del encuentro de los moderadores de las asociaciones de fieles, de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades

Llamados a servir y no a buscar el poder

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24 septiembre 2021

Los encargos de gobierno en las agregaciones laicales son «una llamada a servir» y no un instrumento para satisfacer «el deseo de poder». Lo dijo el Papa Francisco a los moderadores de las asociaciones de fieles, de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades que participaron en un encuentro promovido en el Vaticano por el Dicasterio para los laicos, la familia y la vida. Encontrándoles en la mañana del jueves 16 de septiembre, en el aula del Sínodo, el Pontífice pronunció el siguiente discurso.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Saludo cordialmente a Su Eminencia el cardenal Kevin Farrell y le agradezco sus palabras. Y gracias a todos por estar presentes a pesar de los inconvenientes causados por la pandemia y de las veces de “humor no bueno” que quizá este decreto ha sembrado en el corazón de algunos. Pero sigamos adelante juntos. También saludo y doy las gracias a los que participan por videoconferencia, muchos de los cuales no han podido viajar debido a las restricciones que siguen vigentes en muchos países. Yo no sé como el Secretario haya logrado volver de Brasil. Me lo tendrá que explicar luego.

1. Quería estar aquí hoy, en primer lugar, para deciros gracias. Gracias por vuestra presencia como laicos y laicas, jóvenes y mayores, comprometidos en vivir y testimoniar el Evangelio en las realidades ordinarias de la vida, en vuestro trabajo, en tantos contextos diferentes —educativos, sociales, en la calle, en el terminal de los trenes; allí estabais todos vosotros— éste es el vasto campo de vuestro apostolado, es vuestra evangelización.

Nosotros debemos entender que la evangelización es un mandato que viene del Bautismo; el Bautismo que nos hace sacerdotes juntos, en el sacerdocio de Cristo: el pueblo sacerdotal, ¿no? Y no hay que esperar a que venga el sacerdote, el cura a evangelizar, el misionero... Sí, lo hacen muy bien, pero quien ha sido bautizado tiene la tarea de evangelizar. Vosotros, con vuestros movimientos, habéis avivado esta tarea. Y está muy bien. Gracias.

En los últimos meses, habéis visto con vuestros propios ojos y tocado con vuestras manos el sufrimiento y la angustia de tantos hombres y mujeres a causa de la pandemia, sobre todo en los países más pobres, donde muchos de vosotros estáis presentes. Uno de vosotros me hablaba de esto. Tanta pobreza, miseria... Pienso en nosotros que aquí, en el Vaticano, nos quejamos cuando la comida no está en su punto, cuando hay gente que no tiene qué comer. Os doy las gracias porque no os habéis detenido: no habéis dejado de aportar vuestra solidaridad, vuestra ayuda, vuestro testimonio evangélico incluso en los meses más duros, cuando los contagios eran muy altos. A pesar de las restricciones debidas a las medidas de prevención necesarias, no os habéis rendido, al contrario, sé que muchos de vosotros multiplicasteis vuestro compromiso, adaptándoos a las situaciones concretas que se os presentaban y se os presentan, con esa creatividad que nace del amor, porque quien se siente amado por el Señor ama sin medida.

Este “sin medida” es lo que sale en estos momentos críticos. Y este “sin medida” también lo hemos visto en muchas monjas, en muchas consagradas, en muchos sacerdotes y en muchos obispos. Pienso en un obispo que acabó entubado por estar siempre con la gente. Ahora se está recuperando lentamente. Sois vosotros y todo el pueblo de Dios el que ha participado en esto y habéis estado ahí. Ninguno de vosotros ha dicho: “No, no puedo ir, porque mi fundador piensa de otra forma”. Así que, nada de fundador: aquí estaba la llamada del Evangelio y todos acudieron. Muchas gracias. Habéis sido testigos de «esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos» (Meditación en tiempo de pandemia, 27 de marzo de 2020). O somos hermanos o somos enemigos. “No, no, yo me separo: o hermanos o enemigos”. No hay término medio.

2. Como miembros de asociaciones de fieles, movimientos eclesiales internacionales y otras comunidades, tenéis una misión eclesial verdadera y propia. Buscáis con dedicación vivir y hacer fructificar aquellos carismas que el Espíritu Santo, a través de los fundadores, ha dado a todos los miembros de vuestras asociaciones, en beneficio de la Iglesia y de los muchos hombres y mujeres a los que os dedicáis en vuestro apostolado. Pienso especialmente en aquellos que, hallándose en las periferias existenciales de nuestras sociedades, experimentan en su carne el abandono y la soledad, y sufren por tantas necesidades materiales y pobreza moral y espiritual. Nos hará bien a todos recordar cada día no sólo la pobreza de los demás, sino también, y antes que nada, la nuestra.

Hay una cosa de la Madre Teresa que recuerdo a menudo. Sí, era religiosa, pero eso le pasa a todo el mundo si recorre el camino, Cuando vas a rezar y no sientes nada. Yo lo llamo así, ese “ateísmo espiritual” donde todo es oscuro, todo parece decir: “He fracasado, este no es el camino, es todo una ilusión”... La tentación del ateísmo, cuando llega en la oración. La pobre Madre Teresa sufrió tanto porque es una venganza del diablo porque vamos allí, a las periferias donde está Jesús, donde nació Jesús. Preferimos un Evangelio sofisticado, un Evangelio destilado. Y esto no es el Evangelio. El Evangelio es lo otro. Gracias. Nos vendrá bien a todos pensar en esta pobreza.

Vosotros sois también, a pesar de vuestras limitaciones y pecados cotidianos —gracias a Dios que somos pecadores y que Dios nos da la gracia de reconocer nuestros pecados y también la gracia de pedir o acudir al confesor. Esta es una gran gracia: no la perdáis—, incluso con estas limitaciones, sois un claro signo de la vitalidad de la Iglesia: representáis una fuerza misionera y una presencia profética que nos da esperanza para el futuro. También tenéis, junto con los pastores y todos los otros fieles laicos, la responsabilidad de construir el futuro del santo pueblo fiel de Dios. Pero recordad siempre que construir el futuro no significa salir del hoy en que vivimos. Por el contrario, hay que preparar el futuro aquí y ahora, “en la cocina”, aprendiendo a escuchar y a discernir el tiempo presente con honestidad y valentía, y con una disposición al encuentro constante con el Señor y a una constante conversión personal. De lo contrario, se corre el riesgo de vivir en un “mundo paralelo”, destilado, lejos de los verdaderos desafíos de la sociedad, de la cultura y de todas las personas que viven a vuestro lado y que esperan vuestro testimonio cristiano. En efecto, la pertenencia a una asociación, a un movimiento o a una comunidad, sobre todo si se refieren a un carisma, no debe encerrarnos en una “torre de marfil”, hacer que nos sintamos seguros, como si no fuera necesario dar respuesta alguna a los desafíos y a los cambios. Nosotros todos, los cristianos, estamos siempre en camino, siempre en conversión, siempre discerniendo.

Muchas veces nos encontramos con los llamados “agentes de pastoral”; sean obispos, sacerdotes, monjas, laicos comprometidos. A mi esa palabra no me gusta. El laico está comprometido o no está comprometido. Los laicos son activos en algo. Pero nos encontramos con algunos que confunden el camino con un viaje turístico o confunden el camino con dar vueltas alrededor de sí mismos sin poder avanzar. El camino del Evangelio no es un viaje turístico. Es un reto: cada paso es un reto y cada paso es una llamada de Dios, cada paso es —como decimos en nuestro país— “poner la carne en el asador”. Ir siempre hacia adelante. Estamos siempre en movimiento, siempre en conversión, siempre en discernimiento para hacer la voluntad de Dios.

Pensar que somos “la novedad” en la Iglesia, es una tentación que pasa muchas veces en las nuevas congregaciones o en los nuevos movimientos y que por tanto no necesitamos cambiar, puede convertirse en una falsa seguridad. También las novedades envejecen pronto. Por eso, el carisma al que pertenecemos debe ser profundizado cada vez más, y debemos reflexionar siempre juntos para encarnarlo en las nuevas situaciones que vivimos. Para ello, se requiere de nosotros una gran docilidad, una gran humildad, para reconocer nuestros límites y aceptar el cambio de modos de hacer y de pensar anticuados, o de métodos de apostolado que ya no son eficaces, o de formas de organización de la vida interna que han resultado inadecuadas o incluso perjudiciales. Por ejemplo, este es uno de los servicios que nos prestan siempre los Capítulos Generales, cuando no son buenos [los modos y los métodos] hay que revisarlos, en la asamblea.

Pero ahora vamos al ajo, a lo que esperabais.

3. El Decreto Las asociaciones internacionales de fieles, promulgado el 11 de junio de este año, es un paso en esta dirección. ¿Pero este decreto nos lleva a la cárcel, nos priva de la libertad? No, este decreto nos insta a aceptar algunos cambios y a preparar el futuro desde el presente. En el origen de este Decreto no hay ninguna teoría de la Iglesia o las asociaciones de laicos que se quiera aplicar o imponer. No, no la hay. Es la realidad de las últimas décadas la que nos ha mostrado la necesidad de los cambios que nos pide el Decreto.

Y os diré algo sobre esta experiencia de las últimas décadas después del Concilio. En la Congregación para los Religiosos están estudiando las congregaciones religiosas, las asociaciones que nacieron en este periodo. Es curioso, es muy curioso. Muchas, muchas, con una novedad que es grande han terminado en situaciones muy difíciles: han terminado bajo visita apostólica, han terminado con pecados sucios, han sido intervenidas... Y están haciendo un estudio. No sé si se puede publicar esto, pero vosotros lo sabéis mejor que yo por el cotilleo clerical cuáles son estas situaciones. Hay tantas y no sólo son esas grandes que conocemos, que son escandalosas —las cosas que hicieron para sentirse como una Iglesia aparte, parecían los redentores—, pero también las pequeñas. En mi país, por ejemplo, ya se han disuelto tres de ellas y todas han acabado en lo más sucio. Eran la salvación, ¿no? Parecían... Siempre con ese aire de rigidez disciplinaria. Eso es importante. Y esta realidad de las últimas décadas nos ha mostrado una serie de cambios para mejorar, cambios que nos pide el Decreto.

Hoy, por tanto, a partir de ese Decreto, abordáis un tema que es importante no sólo para cada uno de vosotros, sino para toda la Iglesia: “La responsabilidad del gobierno en las asociaciones de laicos. Un servicio eclesial”. Gobernar y servir. El ejercicio de la gobernanza en el seno de las asociaciones y movimientos es un tema que me importa mucho, sobre todo teniendo en cuenta —como dije antes— los casos de abusos de diversa índole que se han producido también en estos grupos y que siempre tienen su origen en el abuso de poder. Ese es el origen: el abuso de poder. No pocas veces, la Santa Sede ha tenido que intervenir en los últimos años, poniendo en marcha procesos de saneamiento que no eran fáciles. Y pienso no sólo en estas situaciones tan feas, estruendosas, sino también en las enfermedades que provienen del debilitamiento del carisma fundacional, que se vuelve tibio y pierde su capacidad de atracción.

4. Las tareas de gobierno que se os encomiendan en los grupos de laicos a los que pertenecéis no son otra cosa que una llamada a servir. Pero, ¿qué significa para un cristiano servir? En varias ocasiones he tenido ocasión de señalar dos obstáculos que un cristiano puede encontrar en su camino y que le impiden convertirse en un verdadero servidor de Dios y de los demás (cf. Meditación de la mañana en Santa Marta, 8 de noviembre de 2016).

5. El primero es el "deseo de poder", cuando este deseo de poder te lleva a cambiar la naturaleza del servicio de gobierno. ¿Cuántas veces hemos hecho sentir a los demás nuestras “ansias de poder”? Jesús nos enseñó que el que manda debe asemejarse al que sirve (cf. Lc 22,24-26) y que «si alguno quiere ser el primero, que sea el servidor de todos» (Mc 9,35). (Mc 9,35). Jesús, en otras palabras, anula los valores de la mundanidad, del mundo.

Nuestro deseo de poder se expresa de muchas maneras en la vida de la Iglesia; por ejemplo, cuando creemos, en virtud del papel que desempeñamos, que tenemos que tomar decisiones sobre todos los aspectos de la vida de nuestra asociación, de la diócesis, de la parroquia, de la congregación. Se delegan en otros las tareas y responsabilidades de ciertas áreas, ¡pero sólo en teoría! En la práctica, sin embargo, el delegar en los demás se vacía por el afán de estar en todas partes. Y este deseo de poder anula toda forma de subsidiariedad. Esta actitud es fea y termina por vaciar de fuerza al cuerpo eclesial. Es una mala manera de “disciplinar”. Y lo hemos visto. Tantos —y pienso en las congregaciones que más conozco— superiores, superiores generales que se eternizan en el poder y hacen mil, mil cosas para ser reelegidos y reelegidos, incluso cambiando las constituciones. Y hay un deseo de poder detrás. Esto no ayuda; es el principio del fin de una asociación, de una congregación.

Tal vez algunos piensen que este “deseo” no les concierne, que no se da en su asociación. Tengamos en cuenta que el Decreto Las asociaciones internacionales de fieles no se dirige sólo a algunas de las realidades aquí presentes, sino que es para todas, sin excepción. Para todas. No hay buenos o menos buenos, perfectos o no: todas las realidades eclesiales están llamadas a la conversión, a comprender y poner en práctica el espíritu que anima las disposiciones dadas en el Decreto. Me vienen a la mente dos imágenes sobre esto. Dos imágenes históricas. Aquella monja que se puso a la entrada del Capítulo y decía: “Si me votáis, haré esto...”. Compran poder. Y luego, un caso que me parece extraño, como “el espíritu del fundador ha descendido sobre mí”. Parece una profecía de Isaías. “¡Me lo ha dado! Debo ir adelante sola o solo porque el fundador me ha dado su manto, como Elías a Eliseo. Y vosotros, sí, votad, pero yo mando”. ¡Y esto sucede! No estoy hablando de fantasías. Esto sucede en la Iglesia de hoy.

La experiencia de cercanía a vuestras realidades nos ha enseñado que es beneficioso y necesario prever una rotación en los puestos de gobierno y una representación de todos los miembros en vuestras elecciones. Incluso en el contexto de la vida consagrada hay institutos religiosos que por mantener siempre a las mismas personas en los puestos de gobierno no han preparado el futuro; han permitido que se insinuasen abusos y ahora están atravesando grandes dificultades. Pienso, vosotros no lo conocéis, pero había un instituto donde su jefe se llamaba Amabilia. El instituto acabó llamándose “odiobilia” porque los miembros se dieron cuenta de que la mujer era un “Hitler” con el hábito.

6. Hay otro obstáculo para el verdadero servicio cristiano, que es muy sutil: la deslealtad. Lo encontramos cuando alguien quiere servir al Señor, pero también sirve a otras cosas que no son el Señor (y detrás de otras cosas está siempre el dinero). ¡Es un poco como jugar un doble juego! Decimos con palabras que queremos servir a Dios y a los demás, pero en los hechos servimos a nuestro ego, y nos entregamos a nuestro deseo de aparentar, de obtener reconocimiento, aprecio... No olvidemos que el verdadero servicio es gratuito e incondicional, no conoce cálculos ni pretensiones. Además, el verdadero servicio se olvida habitualmente de las cosas que ha hecho para servir a los demás. Sucede, todos tenéis la experiencia, cuando os dan las gracias [y decís]: “¿Por qué?” — “Por lo que has hecho...” — "¿Pero qué he hecho?”... Y entonces viene a la memoria. Es un servicio, y punto.

Y caemos en la trampa de la deslealtad cuando nos presentamos ante los demás como los únicos intérpretes del carisma, los únicos herederos de nuestra asociación o movimiento —lo que decía antes— o cuando, creyéndonos imprescindibles, hacemos todo lo posible por ocupar puestos de por vida; o también cuando pretendemos decidir a priori quién debe ser nuestro sucesor. ¿Pasa? Sí, pasa. Y más a menudo de lo que creemos. Nadie es dueño de los dones recibidos para el bien de la Iglesia —somos administradores—, nadie debe sofocarlos sino dejarlos que crezcan conmigo o con quien viene después de mí. Cada uno, allí donde el Señor lo ha puesto, está llamado a hacerlos crecer y fructificar, confiado en que es Dios quien obra todo en todos (cf. 1 Co 12,6) y que nuestro verdadero bien fructifica en la comunión eclesial.

7. Queridos amigos, en el desempeño de la función de gobierno que se nos ha confiado, aprendamos a ser verdaderos servidores del Señor y de nuestros hermanos, aprendamos a decir «somos siervos inútiles» (Lc 17,10). Tengamos presente esta expresión de humildad, de docilidad a la voluntad de Dios, que tanto bien hace a la Iglesia y recuerda la actitud adecuada para trabajar en ella: el servicio humilde, del que Jesús nos dio ejemplo, lavando los pies a los discípulos (cf. Jn 13,3-17; Ángelus, 6 de octubre de 2019).

8. En el documento del Dicasterio se hace referencia a los fundadores. Me parece muy acertado. El fundador no hay que cambiarlo, sigue, adelante. Simplificando un poco, diría que hay que distinguir, en los movimientos eclesiales (y también en las congregaciones religiosas), entre los que están en proceso de formación y los que ya han adquirido una cierta estabilidad orgánica y jurídica. Son dos realidades diferentes. Los primeros, los institutos, tienen al fundador o a la fundadora vivos.

Aunque todos los institutos —ya sean movimientos religiosos o laicos— tienen el deber de verificar, en asambleas o capítulos, el estado del carisma fundacional y de realizar los cambios necesarios en su propia legislación (que luego serán aprobados por el respectivo Dicasterio), en los institutos en formación —y digo en formación en el sentido más amplio: los institutos que tienen al fundador vivo por eso el Decreto habla del fundador vitalicio—, que están en la fase fundacional, esta verificación del carisma es más continua, por así decirlo. Por lo tanto, el documento habla de una cierta estabilidad de los superiores durante esta fase. Es importante hacer esta distinción para poder moverse más libremente en el discernimiento.

Somos miembros vivos de la Iglesia y por ello necesitamos confiar en el Espíritu Santo, que actúa en la vida de cada asociación, de cada miembro, actúa en cada uno de nosotros. De ahí la confianza en el discernimiento de los carismas confiados a la autoridad de la Iglesia. Sed conscientes de la fuerza apostólica y del don profético que se os entregan hoy de forma renovada.

Gracias por vuestra escucha. Y algo más: cuando leí el borrador del Decreto, que luego firmé —el primer borrador—, pensé. “¡Pero esto es demasiado rígido! Le falta vida, le falta...”. Pero queridos, ¡ese es el lenguaje del Derecho Canónico! Y esto es algo del derecho, es algo del lenguaje. Pero debemos, como he tratado de hacer yo, ver qué significa este lenguaje, el derecho. Por eso quería explicarlo bien. Y también quería explicar las tentaciones que hay detrás, que hemos visto y que tanto daño hacen a los movimientos y también a los institutos religiosos y laicos.

Gracias por vuestra escucha y gracias al Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida por organizar este encuentro. Os deseo a todos un buen trabajo y un buen camino, y una buena reunión. Decid todo lo que os salga del corazón. Preguntad lo que queráis preguntar, aclarad las situaciones. Este es un encuentro para hacerlo, para hacer Iglesia, para nosotros. Y no os olvidéis de rezar por mí, porque lo necesito. No es fácil ser Papa, pero Dios ayuda.

Dios ayuda siempre.