· Ciudad del Vaticano ·

La historia

Y las religiosas eligieron
la vida activa

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03 julio 2021

Una rebelión silenciosa en el origen de las Congregaciones religiosas


Año del Señor 1566. Con una bula pontificia el Papa Pío V ordenaba la extinción de los muchos grupos religiosos femeninos que rechazaban los votos solemnes y retirarse a una estricta clausura. Se trataba del último paso de un largo camino de hechos, decisiones y opiniones que habían contribuido a una agria polémica entre canonistas y teólogos.

En el centro de todo ello había una cuestión fundamental: la de la libertad de las religiosas para actuar en el campo del apostolado social, de la actividad evangelizadora y de la predicación.

Durante la Edad Media y la temprana Edad Moderna, la experiencia religiosa femenina se expresó en una pluralidad de diferentes formas y votos, que no se limitaban solo a la elección de la vida monástica-contemplativa. El resultado fue un mundo vibrantemente activo y compuesto por mujeres que se movían de forma independiente en la sociedad que las rodeaba, a veces logrando alcanzar puestos de liderazgo real como teólogas, predicadoras o escritoras de gran profundidad.

En el siglo XVI, ante la explosión de la reforma protestante, la Iglesia católica reaccionó multiplicando los controles sobre la vida religiosa y reduciendo el papel y el poder de las mujeres, cada vez más sometidas a la autoridad eclesiástica masculina. Todo esto se produjo en un clima de renovada sospecha hacia la figura femenina, débil, necesitada de una protección constante y, por tanto, destinada únicamente a elegir entre el matrimonio o el monasterio. No había ninguna posibilidad de optar por un “tercer estado”. En consecuencia, primero el Concilio de Trento y luego los Papas posteriores decretaron que todas las “religiosas” tuvieran que hacer votos solemnes y establecieron un vínculo indisoluble entre estos y la observancia del instituto de clausura. Las comunidades de votos simples eran libres de no adherirse a la obligación, pero ya no podían aceptar novicias y, por tanto, fueron condenadas a la extinción.

.De este modo se terminó con la posibilidad de ser al mismo tiempo mulieres religiosae y mujeres libres para vivir activamente la propia vocación de forma secular. Al menos en la teoría, se puso fin a la cuestión cerrando las puertas de las comunidades y lanzando las llaves a un pozo sin fondo. De esta manera, - pensaron probablemente las altas jerarquías eclesiásticas -, la enérgica y (a sus ojos) peligrosa laboriosidad femenina fue finalmente domada, apaciguada y canalizada dentro de un modelo religioso y espiritual exclusivamente contemplativo, bien definido y controlable: el de la monja de clausura.

¿Aplacadas y domadas? De ninguna manera. Los caminos del Señor son infinitos, así como la iniciativa de la que son capaces las mujeres cuando creen firmemente en un ideal, en una misión que cumplir y en una tarea que realizar en beneficio y servicio de unos pocos o de muchos. Al darse cuenta de que una rebelión abierta contra las decisiones conciliares y pontificias sería inútil, las religiosas idearon otros caminos. Encontraron formas alternativas de permanecer en primera línea para luchar contra la ignorancia y la maldad, para aliviar las heridas materiales y espirituales del prójimo, para cuidar, para evangelizar y para educar.

E intentando no parecer manifiestamente rebeldes, se rebelaron. Y lo hicieron sometiéndose a un compromiso: aceptaron no ser reconocidas como religiosas a todos los efectos, sino como “semirreligiosas”, monjas que renunciaron a hacer los votos solemnes, una decisión que para algunas fue profundamente dolorosa. Hicieron votos simples o privados, o en algunos casos ni siquiera votos, limitándose a una promesa de perseverancia en la elección de vida asumida. Sin embargo, se dotaron de reglas, después de una organización jerárquica generalmente encabezada por una superiora general, y obtuvieron el reconocimiento de las autoridades diocesanas locales quienes entendieron la importancia de su acción en el territorio, no solo para el pueblo sino también entre el pueblo.

Al principio fueron unas pocas las valientes, pero a partir de la segunda mitad del siglo XVI se sumaron más hasta multiplicarse exponencialmente en el siglo XIX. Los ejemplos son numerosos y variados. Para empezar, encontramos el intento pionero de Mary Ward, destinado al fracaso por el contexto histórico en el que surgió y la tenaz voluntad de mantener los votos solemnes. Están además las ursulinas de vida activa (inicialmente protegidas por prelados como Carlo Borromeo y Agostino Valier) las maestras pías, las hermanas de San Juan Bautista y de Santa Catalina de Siena o las misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. Tenaces y decididas, se mantuvieron firmes en la creencia de que, tarde o temprano, incluso la Curia romana comprendería la importante misión que Dios les había confiado para construir una sociedad mejor.

Fueron rebeldes y, por tanto, al mismo tiempo proféticas. Y después de una tímida apertura en el siglo XVIII, todavía le costó mucho a la Iglesia darles oficialmente su lugar. No fue hasta finales del siglo XIX cuando por fin las comprendió y reconoció formalmente. Habían tardado solamente unos tres siglos. Siglos en los que miles de mujeres se dedicaron al cuidado de los enfermos y marginados, a la recuperación de mujeres explotadas, a la actividad misionera y a la educación de niñas y jóvenes. Con su compromiso didáctico orientado a jóvenes de todas las clases sociales (y ya no solo a las aristócratas, educadas en casa o en costosos internados monásticos) se adelantaron a su tiempo mostrando una sensibilidad y conciencia únicas ante el problema de la educación femenina. Una vez más, se demuestra que las rebeldes no solo fueron proféticas sino también profundamente vanguardistas.

Estas mujeres, que se convirtieron en protagonistas de su destino, enseñaron y aún enseñan a otras a tomar (o recuperar) las riendas de sus vidas, a ser perseverantes, a creer en la Providencia y a construir un futuro digno de ese nombre acorde con los talentos recibidos al nacer. Las congregaciones religiosas de mujeres continúan representando hoy una realidad fundamental y uno de los pilares del catolicismo en todo el mundo.

Un ejército de mujeres trabajadoras, que hunde sus raíces en la iniciativa y determinación de unas primeras rebeldes tan indomables como silenciosas y astutas.

de Alessia Lirosi
Profesora asociada de Historia Moderna, Universidad Niccolò Cusano