· Ciudad del Vaticano ·

Fundadoras

La voz interior
y los Focolares

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03 julio 2021

Chiara Lubich explicada por el economista que trabajó con ella


Siempre que queremos hablar de una mujer que tuvo un papel profético en la Iglesia, el punto de referencia lo situamos en la Biblia donde encontramos mujeres que, durante crisis profundas, aportan una mirada distinta, como los profetas. De hecho, podemos asegurar que la profecía y el talento femenino se entienden bien. Ambos son concretos, activan procesos, no ocupan espacios, hablan con la palabra y con el cuerpo, y por un instinto irreductible, siempre eligen la vida, creen en ella y la celebran hasta el último suspiro.

La historia de Chiara Lubich es una de estas historias de mujeres que trajeron un manantial de agua viva a una sociedad italiana que vivía entre el fascismo y las guerras mundiales y a una Iglesia todavía anclada en un antiguo régimen eclesiológico y teológico.

La historia de Chiara es la historia de una mujer laica que siguió una voz externa que, a su vez, también era la parte más íntima y verdadera de ella misma. Estas dos voces se convirtieron en la misma voz y Silvia Lubich (su nombre secular) y Chiara fueron la misma persona. Pero antes de 1943 las voces eran distintas, y después de 2004, en los últimos momentos de su vida, volvieron a separarse cuando, bajo la sombra de una prueba espiritual en su luminosa vida, algunos la oyeron decir: “Ya no está Chiara, solo está Silvia”. Todo “carismático”, toda persona que recibe un don-carisma para una fundación espiritual, vive hasta el final en la tensión constante entre su voz y la que no es su voz, entre sus palabras y las que no son suyas, entre su nombre y el que no es suyo. Conocí a Chiara personalmente y trabajé estrechamente con ella en los últimos diez años de su vida, que fueron también los primeros diez años de mi vida profesional adulta como profesor y economista.

La vi luchar por salvar la libertad de la primera voz que la había llamado, por marcar la diferencia entre lo que ella llamaba el Ideal y el movimiento de los Focolares, por dejar una brecha entre la Ley y el espíritu para que a través de esa brecha pudiera seguir soplando libre el espíritu de los primeros días. Inevitablemente, la suya fue una batalla ganada solo parcialmente, porque las batallas de estos fundadores nunca se pueden ganar por completo. Cada fundador es un Jacob que, incluso si sale victorioso de la pelea nocturna contra el ángel, siempre llevará la herida y seguirá cojeando (Génesis 32). Pero si su movimiento sigue vivo, -y lo está-, y si sobre todo su carisma sigue siendo vivificante para jóvenes y adultos, eso significa que la herida del ángel no fue mortal. Hasta cojeando, ella y su movimiento nunca dejaron de caminar. En los últimos años de su vida, Chiara se hizo más consciente del riesgo de que el éxito de su movimiento sofocara la pureza y la fuerza de la primera voz que la llamó en Trento. Y este riesgo, que percibió como grave y amenazante, es quizás el elemento que más pesó en su última noche, el 14 de marzo de 2008, cuando murió a los 88 años.

¿Quién era Chiara?

Nació en Trento, de padre socialista y madre católica practicante. Antes y durante la Segunda Guerra Mundial, se formó en la Acción Católica y en la Tercera Orden Franciscana. Allí fundó en 1943 el Movimiento de los Focolares. A principios de los años cincuenta se trasladó a Roma y después a Rocca di Papa, donde siempre vivió y desde donde guio a los focolarinos, mientras el movimiento se desarrollaba en todo el mundo. El carisma del que se genera todo el movimiento en torno a Chiara es un carisma femenino, mariano, centrado en la unidad evangélica y en ese momento decisivo del cristianismo que es el grito de abandono de Jesús en la cruz. Este último punto, especialmente querido por Chiara, tanto como para convertirlo en el primer ideal de su vida, - “solo tengo un esposo en la tierra, Jesús abandonado”, verano de 1950 -, llevó a su movimiento a ocuparse, sobre todo, de los dolores espirituales y las divisiones y a buscar a Dios donde no parece que no está. Por ello, la dimensión social siempre ha sido de gran importancia, en concreto, el ámbito político y el económico. Y no es de extrañar, dada la profunda laicidad del movimiento, que en los años 90 naciera el Movimiento Político por la Unidad y la Economía de Comunión (www.edc-online.org).

Chiara fue una de las mujeres más significativas de la Iglesia del siglo XX. Pero lo fue a su manera. También fue rebelde a su manera, de una forma tan diferente y propia que no lo pareciera. Por ejemplo, ella y su movimiento, -compuesto durante los primeros años solo por mujeres y jóvenes -, siempre han tenido un rasgo femenino y feminista, pero de un feminismo propio, sui generis, debido a la catolicidad radical y al carácter de Chiara, alejado de cualquier conflicto o polémica. Por un lado, las focolarinas, las mujeres del Movimiento, siempre se han caracterizado por una fuerte autonomía e independencia de los varones, incluidos los sacerdotes, por una autonomía análoga y a veces más acentuada que la del mundo religioso femenino, debido también al liderazgo indiscutible y al prestigio eclesial de Chiara (especialmente a partir de los años sesenta, con el pontificado de Pablo VI). Por otro lado, no encontramos en los escritos o gestos de Chiara posiciones prominentes sobre la cuestión femenina ni sobre los grandes temas candentes de su tiempo (sacerdocio femenino, mujer y poder en la Iglesia, ética familiar) Chiara y su movimiento siempre se expresaron en el marco de las tesis ortodoxas en línea con el magisterio oficial de la Iglesia Católica. Es decir, el genio de Chiara no se puso de manifiesto a través de propuestas novedosas para las mujeres en la Iglesia.

¿Dónde y cómo se expresó ese genio?

En lo místico. Chiara pertenece a la gran tradición mística de la Europa moderna. Su experiencia debe leerse junto con la de Clara de Asís, - a quien tanto amaba y de quien tomó su nombre -, pasando por Teresa de Ávila hasta figuras más recientes como Edith Stein o Etty Illesum. Tenía un don extraordinario de sensibilidad por la espiritualidad, una vocación contemplativa y activa a la vez, una espiritualidad que definía como “colectiva” donde el cristianismo se manifestaba y vivía como comunidad, reciprocidad y comunión. En el verano de 1949, en las Dolomitas, vivió durante dos meses una experiencia mística decisiva (conocida como Paradiso ‘49), que marcó decisivamente su vida y fue el fundamento y naturaleza de su movimiento y su espiritualidad. Chiara sintió una fuerte atracción por la teología, ya desde niña. Aunque no era teóloga de profesión ni tenía estudios especializados, tenía una gran intuición teológica por lo que podríamos definirla como un verdadero genio teológico. Trabajé con ella durante años en el centro de estudios Scuola Abbà y pude verla trabajar bajo esta inspiración, algo realmente increíble. Era impresionante su visión del misterio de la pasión de Cristo y la dimensión trinitaria del cristianismo, en sus implicaciones culturales y existenciales.

Además de un auténtico genio para diálogos difíciles e impensables con iglesias no cristianas y otras religiones, la originalidad de Chiara también se expresó a nivel de pensamiento y cultura. En 1990 sintió el impulso de crear un centro de estudios para el que convocó a los mejores teólogos y estudiosos de su movimiento. Sostenía que un carisma que no se convierte en cultura no aporta ni al mundo ni a la Iglesia. Tenía una inmensa estima por la cultura y por los hombres y mujeres del pensamiento. Ella tuvo abandonar la universidad en 1939 debido a la guerra y quizá por eso su deseo por la cultura nunca se extinguió. De 1990 a 2004, durante quince años, Chiara invirtió todos los sábados del año y algunas semanas del verano en promover y formar a este cuerpo de pensadores, de todas las disciplinas, convencida de que era un paso fundamental para la futura maduración del propio carisma.

Finalmente, la profecía de Chiara también se expresó en la gestión de su movimiento. Desde el punto de vista organizativo, lo que hicieron Clara y sus primeras compañeras, a quienes hemos de llamar discípulas, a las que se sumaron compañeros y discípulos desde 1950- , es verdaderamente fantástico. Unas jóvenes, no religiosas, en una Iglesia preconciliar y masculina lograron dar vida a un movimiento que en pocos años llegó a toda Italia y después a todo el mundo. El método fue el de la “rosa mística” de Dante: cada pétalo de la rosa madre (Focolare di Trento) se convirtió en otra rosa con otros pétalos que de nuevo alumbraban nuevas rosas y así sucesivamente. Cada pétalo de rosa tenía la misma forma y naturaleza que la primera rosa. Y así la experiencia, espiritualidad y cultura que se vivió en Trento se extendió a Sicilia, a Brasil (gracias a Ginetta, una de sus primeras compañeras), a la Argentina (Lia), a la RDA (Natalia)... lugares a los que estas jóvenes solían llegar solas y en los que lograron reproducir exactamente la misma experiencia que habían vivido en Trento, aunque el contacto con Italia era más bien escaso.

Y Chiara para esta organización demostró unas cualidades extraordinarias. Su modelo no es ni jerárquico ni subsidiario, sino, quizás, trinitario. Un ingrediente de este éxito fue la capacidad y el talento de Chiara para atraer a muchos de los mejores jóvenes de su tiempo, quienes se convirtieron en pilares y líderes del movimiento.

Chiara hizo todo esto usando sobre todo las palabras, las del Evangelio y las suyas.  

Palabras todas impregnadas de cristianismo que asombraban, animaban y unían para toda la vida. Es lògos el primer enemigo de tànatos. Como Sharazad, las mujeres rechazan la muerte y, por lo tanto, alargan la vida dándonos palabras e historias. Muchas mujeres lo han hecho y lo hacen. Chiara Lubich lo hizo y lo hace.

de Luigino Bruni
Economista, Director científico de The Economy of Francesco