Apertura

Eva, la primera mujer:
una historia de historias

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03 julio 2021

Nunca es banal ni predecible un escrito de Cristina Simonelli que siempre tiene algo de “aventurero”. Por el lenguaje refinado, nunca artificial; por el desarrollo riguroso, nunca lineal; y por el acceso a fuentes literarias antiguas y recientes, sabiamente combinadas para que el conjunto nunca sea monocorde, sino sinfónico. Fuentes que, a partir del estudio de esa literatura tradicionalmente calificada como “patrística”, Simonelli ha aprendido a tratar no solo como textos escritos, sino como evocaciones de personajes y figuras que interactúan entre sí y con el lector en el gran trasfondo del imaginario religioso y de la reflexión teológica.

Esta vez, Simonelli llama a escena a Eva, la primera mujer cuya historia es una historia de historias. Porque Eva, “poderosa” como figura arquetípica, lleva mucho tiempo pidiendo ser liberada del cautiverio al que la han relegado siglos de pensamiento “doctrinario”.  Pide ser devuelta a esas míticas historias de los orígenes que son las palabras iniciales del Libro, el gran código bíblico: “Eva es una, Eva no es ninguna, Eva es cien mil, un personaje que se despliega en muchos rostros y en muchas realidades, hasta el punto de perderse, pero también encontrarse a sí misma, en su propia imagen multiplicada” (p. 8).

Un cautiverio a la que obligó la rígida contraposición a María, tan atrayente para el plan maestro del orden simbólico masculino, pero tan ambivalente y catastrófico para ella como para todas las mujeres de todos los tiempos. En el último capítulo de su libro, y un poco como en los grandes libros de aventuras fantásticas (Entre Eva y María, Dios: pp. 129-156), Simonelli llega a liberar a estas mujeres de ese orden simbólico masculino con una valiente propuesta teológica que, para “mantener a Eva en María y narrar a María con Eva”, elige “el registro simbólico adecuado para los caminos y hogares de este mundo mixto, imbuido de espiritualidad mucho más allá de los patios de lo sagrado” (p. 148s).

En las cuatro “habitaciones” que recuerdan el itinerario del “castillo interior” de la mística, -pero que en realidad quieren ser, como en la poesía, partes de una gran composición -, Simonelli se precipita en un desorden que, como dijo Paul Claudel, es “el deleite de la imaginación”, sobre las muchas historias acerca de “la madre de todos los vivientes”. Todas comunicadas entre sí, las habitaciones no tienen que transitarse una después de la otra, sino que permiten cruzar sus umbrales como se desee, entrar y salir sin siquiera encontrarse en el punto de partida.

Es muy difícil hablar de este pequeño y precioso libro: solo hay que leerlo y releerlo.

de Marinella Perroni

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Cristina Simonelli, Eva, la prima donna. Storia e storie, Il Mulino