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Guerreras

El valor que sacude
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03 julio 2021

Jeanne d’Arc, quemada viva y después santa: un caso político y religioso


Jeanne o Jeannette tenía 19 años cuando el 30 de mayo de 1431 fue quemada en la hoguera de la plaza del mercado de Rouen. Paradójicamente, la razón de la sentencia fue su “reincidencia” en la haeretica pravitas por usar ropa de hombre mientras estuvo encerrada en prisión. No es un hecho completamente claro. Ella es la única hereje medieval condenada por la ropa que vestía. No es el único aspecto inusual de una historia humana, religiosa, judicial e incluso política, que duró un total de seis años, de los que los últimos tres dedicó al cumplimiento de sus profecías, - también en el campo de batalla -. Los últimos tres meses de esos años, Juana, Jeanne, los pasó defendiéndose a sí misma y a su misión ante los jueces. Ganó fama de forma inmediata y, por ello, se sucedieron los procesos en 1450-1456 que paradójicamente concluyeron, casi medio milenio después, con su canonización en 1920. Contrariamente a la creencia común de que un proceso inquisitorial es único y definitivo, en realidad, es común que una sentencia fuera anulada por nuevas investigaciones. En la Edad Media hay muchos ejemplos de santidad popular que, tras nuevas investigaciones (inquisitio significa genéricamente indagación o investigación), se convirtieron en herejías condenadas. También en este aspecto el caso judicial de Juana de Arco siguió caminos no habituales y complejos: la santidad popular se convirtió en herejía para después reconocerse la santidad y obtener finalmente el prestigioso título de patrona de Francia.

¿Cómo empezó esta extraordinaria aventura? En 1428 Jeanne, una “pobre pastora” de dieciséis años, abandonó la ciudad natal de Domrémy, en Lorena, una tierra fronteriza entre el dominio anglo-borgoñón y francés donde eran frecuentes los enfrentamientos militares. Escoltada a caballo, llegó a Chinon, donde en marzo de 1429 fue recibida por Carlos VII. En el escenario político-militar de la Guerra de los Cien Años, que enfrentaba a las monarquías inglesa y francesa con la ocupación de territorios continentales y disputas por la sucesión al trono de los Capetos, Juana jugó un papel fundamental.

Fue una mujer joven que no solo llegó hasta el aspirante al trono para encabezar después un ejército victorioso, sino que resultó tan incómoda que primero fue abandonada (del apoyo de Carlos VII) y después vendida (por el duque de Borgoña a los británicos.). El pragmatismo político podía usar, ignorar o condenar el papel profético de Jeanne. La “pobre pastora” se había convertido en una temible máquina de guerra, en un problema político y en un peligro religioso por su voluntad inquebrantable y por su rechazo hacia todas las reglas que interfirieran en el objetivo de su misión. La fe en una verdad inalienable la volvió rebelde e indomable, mientras que la profecía de la que fue portadora la condujo a un contexto político-militar y a unas dinámicas que ella no podía manejar. Como líder militar, dirigió un ejército, pero nunca mató a un hombre; como virgen (sirvienta) fue la garante del carácter sagrado de la dinastía Capeto; y como portadora de un carisma profético “en acción” fue imparable. Este encanto lleno de contrastes casi inverosímiles creó el mito del personaje claroscuro. Para salir del impasse conceptual de la contradicción entre herejía y santidad, conviene aclarar que Jeanne nunca se fue declarada hereje. Por otro lado, nadie durante la Edad Media se definió nunca como tal. Solo a partir de la Reforma esta autoidentificación adquiere el carácter reivindicativo de una elección religiosa. El contraste entre dos figuras (hereje y santa) está vinculado a la documentación que se conserva. Los juicios de 1431 la condenaron por herejía, no por brujería, a pesar de que los jueces insistieron en realizar el interrogatorio en esa dirección. Los testimonios fueron en contra de Jeanne, a quien definieron como una “niña soberbia” por la forma en que reaccionaba y respondía, no se plegó a la lógica judicial, sino que se defendió con palabras y silencios en un enfrentamiento en el que las provocaciones sacaron a relucir un temperamento poco usual. En 1450-1456 el proceso judicial transcurría a favor de Jeanne: los numerosos testimonios de quienes la conocieron no solo aportaron datos biográficos, sino que también ayudaron a corroborar una reputación de santidad que ya circulaba cuando ella estaba viva.

Las respuestas de Jeanne rompieron con una tradición por la que las mujeres, o más bien las llamadas herejes, eran representadas con una imagen coral (en los escritos de los polemistas) o bien hablaban entre poco o nada (en los juicios inquisitoriales). Ejemplos no faltan como el de Margherita llamada “la bella”, seguidora del fraile Dolcino y sus profecías, fue una predicadora itinerante de la que no sabemos ni una palabra, ya que las pruebas se han perdido. Margherita conocida como “Porete”, autora del Espejo de las almas simples, se negó a hablar ante los jueces y, desconociendo su autoridad, se convirtió en la autora de su propio silencio con el que firmó su sentencia a la hoguera en París en 1310. Jeanne no sabía escribir porque era analfabeta, pero dictó con firmeza la llamada Carta a los ingleses dirigida también al rey de Inglaterra. Sin embargo, en el juicio Jeanne sí habló. Lo hizo alto y claro, de forma combativa y lúcida, reactiva y provocadora como rara vez se había hecho. Aunque a los jueces que la interrogaban les interesaba otra voz: la que sostenía, guiaba y conducía a Jeanne durante su camino profético. Lo que para ella era fuerza y ​​fe, para los jueces eran indicios de brujería.

Ella misma contó que a los 13 años escuchó una “voz de Dios”. Era verano, estaba en el jardín de su padre y era casi mediodía. La voz y una luz venían de un lado de la iglesia. En ese momento tomó la decisión de permanecer virgen. La voz, -o las voces -, y la virginidad fueron el escudo de protección que los jueces durante mucho tiempo pretendieron traspasar con sus insistentes preguntas. La virginidad la protegió de la acusación de origen demoníaco de las voces porque una doncella, una joven virgen, no podía ser una criatura malvada. Sin embargo, de los testimonios del juicio se desprenden continuos intentos por encontrar elementos que reforzasen esta acusación.

La tradición local y el folclore del pueblo articulaban los ritos rurales en torno al “árbol del señor” o al “árbol de las hadas”, una majestuosa haya cerca de Domrémy en la que los jóvenes colgaban coronas de flores para lo oculto y oscuro, porque las hadas serían espíritus malignos. Los inquisidores aseguraban que Jeanne escuchó la voz en ese lugar, donde bailaba y cantaba alrededor del árbol por la noche tras colgar los adornos y proferir invocaciones y hechizos. La referencia al aquelarre es evidente. Incluso en la corte del Delfín alguien le preguntó si venía de un lugar llamado Bois Chenu del que una profecía decía que vendría de una niña que haría maravillas. Posteriormente, fue acusada de poseer la mandrágora y llevarla siempre consigo por suerte. Ella siempre lo negó.

Los jueces siguieron insistiendo en la cuestión de las voces. Jeanne se mostró reacia a identificarlas, pero a medida que avanzaban los interrogatorios se vio obligada a darles una autoría: eran de Santa Catalina y Margarita, así como del arcángel Miguel. De camino a Chinon, donde quería encontrarse con el Delfín, “por revelación” de la voz pudo encontrar una espada enterrada detrás del altar de la iglesia de Santa Catalina di Fierbois. Explicó a los jueces que Dios podía hacer revelaciones a quien él prefiriera. Una vez con el Delfín, hará gala de un claro sentido de la realidad en contacto con lo sobrenatural. Comenzaron entonces las campañas militares. El 8 de mayo de 1429, los británicos se retiraron de Orleans. Es por su victoria más famosa por la que recibe el epíteto con el que todavía se la conoce hoy, la Pucelle d’Orléans, es decir, una joven virgen y líder militar triunfante. El 17 de julio, Carlos VII fue coronado en Reims. El carácter sagrado de los Capetos quedará unido a las profecías de una mujer a la que los ingleses pretendían tildar de bruja para demostrar el origen demoníaco del poder real. Pero Jeanne se rebeló contra este plan manteniéndose fiel a sí misma y a sus voces.

En el apogeo del éxito de Jeanne, el 31 de julio de 1429, otra mujer, a su manera una profetisa con una lúcida perspicacia política, concluye el Ditié a Jehanne d'Arc. Es la última obra de Christine de Pizan y el primer poema sobre Jeanne, una especie de instantánea en 500 versos del entusiasmo suscitado tras el cumplimiento de algunas profecías. El apoyo de Dios a la corona de Francia a través de Jeanne se entrelaza con profecías pasadas y presentes: “¡Qué honor para el sexo femenino! (...)Jeanne devolverá la armonía al cristianismo y a la Iglesia. Ella destruirá a los paganos (los ingleses) y a los herejes de vida innoble, así decía la profecía”. Al mes siguiente, con la derrota de París, comenzó la decadencia que conduciría, un año después, a la captura y a la acusación de herejía. El 24 de mayo de 1431 en el cementerio de Saint-Ouen, a punto de ir a la hoguera, Jeanne abjuró. Fue el único fracaso de una rebelde, de una mujer sola. Fue conducida a la prisión donde la esperaban con ropa de hombre: símbolo y epílogo de su cabalgada profética.

de Marina Benedetti
Profesora de Historia del Cristianismo en la Universidad degli Studi di Milano. Autora de “Condannate al silenzio. Le eretiche medievali”, Mimesis. Ha editado, “Storia del cristianesimo: il Medioevo”, Carocci.