· Ciudad del Vaticano ·

Laicas

El cántico
de la teóloga eremita

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03 julio 2021

Adriana Zarri y Laudato si’


“Teóloga” o “Papisa presuntuosa”. A Adriana Zarri le dirigieron estos epítetos en tono peyorativo cuando las mujeres aún no habían adquirido una competencia teológica y una palabra reconocidas. En cambio, ella tomó por propia iniciativa la palabra y con su sabia y afilada pluma discutió, denunció y siguió trabajando.

Durante los años antes y después del Concilio Vaticano II, Adriana escribió en periódicos y en revistas que aspiraban a la reforma de la Iglesia y a un redescubrimiento de las raíces evangélicas. Eran publicaciones como “Il Gallo”, “L'Ultima”, “Il Regno”, “Settegiorni” o “Rocca”, espacios inteligentes para la reflexión cultural, espiritual y social.

Puso voz a los temas eclesiales más candentes como el autoritarismo jerárquico, el papel de los laicos y las mujeres en la Iglesia, compatibilidades e incompatibilidades con la política, el celibato y el divorcio o la sexualidad y la anticoncepción. Se convirtió en la paladina de un catolicismo adulto y reflexivo. En 1962 publicó un libro con un título evocador, La Iglesia, nuestra hija, en el que reclamaba para los laicos y clérigos un amor generativo, de padres y madres, y el deber de indicar “patologías” y errores en el seno de la comunidad de creyentes. En 1967 con la colección de ensayos Teología de lo probable retomó muchos temas espinosos y marginados del debate conciliar, abriendo un verdadero espacio para la reflexión sobre la identidad católica frente a la modernidad.

Ante todo, se sintió escritora y pensadora y, a través de ensayos y novelas, se ganó la suficiente autoridad como para desarrollar su propia teología trinitaria, entonces a la vanguardia en el pensamiento teológico y desde ese momento una perspectiva básica de su experiencia y reflexión.

Su vocación teológica surgió temprano, durante su infancia.

Nació el 26 de abril de 1919 en San Lazzaro di Savena, cerca de Bolonia. Era la menor de dos hermanos de una familia que regentaba un molino. Su infancia, aparentemente serena, se vio perturbada por un sentimiento dramático de rechazo a Dios, resuelto por una deslumbrante revelación del amor divino que experimentó como una verdadera “conversión”. Comenzó su búsqueda religiosa cuando solo tenía once años.

Las palabras con las que en diarios inéditos y en raras entrevistas Adriana se refería a esa experiencia, que se repitió en su vida, recuerdan sugerentes páginas de Simone Weil y Raïssa Maritain. Experimentó la certeza interior de un Dios cercano, Presencia que trae comunión y luz. Un amor apasionado que más tarde encontró en Teresa de Ávila y Catalina de Siena y cantó, con palabras aprendidas del Cantar de los Cantares y de la literatura mística, en su obra Tú. Casi oraciones (1971).

La escuela secundaria clásica y la Juventud Femenina de Acción Católica, a la que asistió en Bolonia donde se mudó la familia en 1933, le dieron una sólida formación cultural y moral. El instituto religioso de la Compagnia di San Paolo, donde llegó en 1942 animada por un espíritu de “misticismo apostólico y contemplativa activa”, le ofreció nuevas oportunidades de profundización y estudio. Adriana pronto maduró la necesidad de una nueva espiritualidad que reevaluara la experiencia humana en su plenitud superando la actitud pesimista y mortificante de la ética tradicional. Se necesitaba una nueva libertad, más allá de cualquier seguridad de estatus o institución religiosa, para compartir la humanidad y la historia de todos.

Dejó la Compagnia en 1949. Vivió en un apartamento en Roma, donde se mantuvo no sin dificultad gracias a colaboraciones periodísticas. Se dedicó a la escritura y a la teología. Nacieron entonces novelas y ensayos, como Giorni feriali (1955), Impazienza di Adamo (1964), È più facile che un cammello… (1975), en las que proponía su propia interpretación de Dios y del mundo.

En la flor de la vida, habiendo atesorado una sabiduría intuitiva en la que identificó rasgos específicos del pensamiento femenino, Zarri percibió un ritmo trinitario impreso en el cosmos y en el hombre: un ritmo que afectaba a la relación entre los sexos, al camino de la humanidad y a cualquier plano de la vida. Un ritmo transmitido a través del acto de la creación y el don de la Encarnación por un Dios que, en sí mismo, era la relación trina y dialéctica del Padre, el Hijo y el Espíritu.

Más que la elaboración teológica, las categorías que derivaron de este pensamiento fueron creativas y vitales, signos de los tiempos en el apogeo de una época, la segunda mitad del siglo XX, que favoreció rápidas transformaciones. La imagen plural, comunicativa y amorosa de Dios se contraponía a la anterior figura monolítica, lejana y temerosa. Redefinió el estilo humano y cristiano en valores como la riqueza de la diversidad, la validez del enfrentamiento o la dinámica de las relaciones. Devolvió su valor a cualidades femeninas como la hospitalidad, la apertura y la escucha. Alimentó el sentimiento místico, fortaleciendo la persuasión íntima de una “total solidaridad” entre Creador y criaturas de un Dios, que “es otro, pero es un Otro dentro de la realidad y de las cosas”; y la conciencia de que una “semilla divina” está enterrada “en la mortalidad” de los seres.

Una reflexión ni sistemática ni académica la de Zarri enriquecida por el conocimiento de muchas fuentes del pensamiento cristiano pasado y presente: desde los Padres de la Iglesia a Tomás de Aquino; desde Charles de Foucauld a Teilhard de Chardin; desde Karl Rahner a Marie Dominique Chenu.

La maduración de su propia teología y espiritualidad no atenuó la vis polémica de la palabra de Adriana, ni siquiera cuando, a finales de la década de 1960, inició su experiencia original monástica-ermitaña en diferentes lugares de la campiña piamontesa como Albiano d'Ivrea, Molinasso o Ca 'Sassino. La elección eremítica, con su componente de desapego, no la alejó de la historia común, sino que hizo más intensa y vigilante su conciencia crítica. Continuó poniéndola en práctica en sus novelas (Dodici lune, 1989; Quaestio 98, 1994; Vita e morte senza miracoli di Celestino vi, 2008) o en las páginas del periódico Il Manifesto, así como a través de programas de radio y televisión como Samarcanda.

Una vez más, la suya fue una elección de libertad y laicidad ajena a cualquier institución o voto eclesiástico, que respondía exclusivamente a una sólida promesa interior. Una elección que molestaba o fascinaba por una radicalidad, vista como algo exótica durante unos años en los que el interés por la vida eremítica estaba despertando en Italia. Adriana aceptó entrevistas y sesiones de fotos para la prensa de la época y lo llevó con absoluto rigor y coherencia, sencillamente abrazando la vida “que quería vivir”, como observó en un artículo el periodista Sergio Zavoli.

Combinando esencialidad y pobreza con el lenguaje de la belleza, restauró gracia y esplendor a objetos y ambientes abandonados, hizo florecer jardines y huertas y revivió las tierras desérticas con nueva vida. Sus ermitas se convirtieron en oasis de armonía, lugares donde fueron acogidos, sin prejuicios ni discriminaciones, cristianos decepcionados con la institución eclesiástica y aquellos que aspiraban a un Absoluto al que no atribuían ningún nombre: espacios amplios en años en los que, a la Iglesia, como se escribió, “le faltaba el aliento”. Allí encontraron refugio almas religiosas, como el monje camaldulense Benedetto Calati, o laicos orgullosos, como la periodista e intelectual Rossana Rossanda, o los amigos que acompañaron a Adriana hasta su último día, un 18 de noviembre de 2010.

Vivió en aquellas apartadas moradas como anticipo de un Edén prometido, primicias de una vida sin fin de la que ya se sentía parte, “inmersa”, como le gustaba escribir, en la “comunión cósmica”. Pudo desarrollar ese espíritu contemplativo que siempre había sentido como su verdadera vocación.

Se convirtió en maestra de oración y creadora de nuevos equilibrios entre la humanidad y la naturaleza, algo de lo que habló en Nostro Signore del deserto (1978), Erba della mia erba (1981), y Un eremo non è un guscio di lumaca (2011). Y lo hizo décadas antes de que la emergencia ambiental protagonizara un documento tan evangélico y revolucionario como la Laudato si’ del Papa Francisco. Cuando en 1996 la filósofa Luce Irigaray la invitó para reflexionar sobre la cualidad especial del alma femenina, escribió: “Abandonarnos en los brazos cósmicos de la tierra, abandonarnos en los brazos de la vida, es el modo femenino de abandonarnos en los brazos de Dios”.

de Mariangela Maraviglia
Autora de “Semplicemente una che vive. Vita e opere di Adriana Zarri”, Il Mulino.