· Ciudad del Vaticano ·

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Las que rompen el techo
de cristal

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29 mayo 2021

Las samaritanas de ayer y de hoy


Las samaritanas, en plural femenino. Según el Evangelio de Juan, Jesús habla a una mujer samaritana. Según el Evangelio de Lucas, para Jesús cualquier samaritano era un ejemplo de obediencia a la ley mosaica. Pero los judíos los consideraban cismáticos debido a su contaminación étnica y religiosa y les impedían participar en el culto oficial de Jerusalén. Por ello, los samaritanos construyeron su propio templo en el monte Garizín. De forma que, Jesús, con estas afirmaciones, rompió todos los esquemas.

La mujer de Samaria


Siempre me he preguntado por qué uno de los templos parisinos más famosos de la era consumista recibió el nombre de “La Samaritaine”. La motivación está lejos de ser banal porque en la fachada de la primera bomba hidráulica colocada por el rey Enrique IV (1553-1610) en el puente más antiguo de París, el Pont Neuf, había un grupo escultórico que representaba el encuentro de Jesús con la Samaritana y, justo en ese mismo puente, Ernest Cognacq tenía una tienda que fundó con su esposa Marie-Louise Jaÿ hacia 1870; eran los famosos almacenes de la Ville lumière. Cuando la memoria bíblica todavía era la urdimbre de la vida en Europa, era natural asociar el recuerdo de la mujer evangélica de Samaria con el agua.

Desconocida para los tres evangelios sinópticos, la mujer samaritana [Jn 4: 4-42] es para Juan toda una protagonista en su Evangelio. Su encuentro con Jesús tiene lugar en la ciudad de Sicar, que es importante desde el punto de vista religioso porque está conectada al patriarca Jacob y a su hijo José por un pozo de agua aún hoy venerado. No debe sorprender entonces que el pozo, el agua y un ánfora sean para el Evangelista claves narrativas claras de toda la historia, centrada en el primer discurso largo con el que Jesús comienza su revelación pública.

Cierto es que antes hubo un encuentro con Nicodemo [Jn 3: 1-21], pero, si consideramos la narrativa en su conjunto, casi parece que el diálogo con el importante rabino de Jerusalén, un hombre del sistema, prepara para el siguiente, el de alguien que está doblemente fuera del sistema, porque es mujer y porque es samaritana. Nicodemo va con Jesús porque quiere, pero el encuentro se produce de noche y su diálogo se desarrolla con dificultad. Nicodemo también hace preguntas, trata de saber quién es ese hombre, pero las respuestas de Jesús pronto se convierten en un largo monólogo porque Nicodemo abandona la escena.

En cambio, el encuentro entre la mujer de Samaria y Jesús es casual, se desarrolla a plena luz del día y culmina en la confesión de la condición mesiánica de Jesús a la mujer quien incluso emprende una intensa acción misionera hacia sus convecinos.

La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho, ¿no será el Cristo?”

En el centro del diálogo solo puede haber agua. La estrategia retórica de los malentendidos que nos presenta el Evangelista nos permite centrarnos en el hecho de que el verdadero eje del diálogo reside en el reconocimiento de que el agua, símbolo de la sabiduría que da vida, es también símbolo de la enseñanza de Jesús y del don del Espíritu. La jarra dejada junto al pozo es señal de que la mujer de Samaria lo ha entendido: como le dijo Jesús, si acepta su enseñanza ya no tendrá “sed nunca más”. El protagonismo de la mujer samaritana es para el Evangelista todo menos secundario. Ella es la interlocutora con la que Jesús elabora el primero de sus discursos de revelación, son sus preguntas las que obligan a Jesús a mostrarse cada vez más y a declararse abiertamente como el Mesías. Porque presionado por la mujer samaritana, Jesús da un discurso fuertemente arraigado en la tradición del Antiguo Testamento; un discurso que es también visionario y busca la novedad del don mesiánico del Espíritu.

Jesús le dice: “Dame de beber”, pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice la mujer samaritana: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (...) Le dice la mujer: “Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo desvelará todo”. Jesús le dice: “Yo soy, el que está hablando contigo”.

Por su parte, también la mujer adquiere cada vez más conciencia gracias a sus propias preguntas y comprende que, para acoger la novedad mesiánica, ella también debe cuestionar su sistema religioso. Por desgracia, hoy como ayer, muchos intérpretes prefieren creer que la repentina petición que hizo Jesús de ir a llamar a su marido obedece a su problema de índole sexual, ya que se ve obligada a admitir que no tiene marido y parece aceptar su culpa por haber tenido más de uno. Si más que la inestabilidad de la vida matrimonial de la mujer, la referencia a sus “cinco maridos” se entiende como una denuncia por parte de Jesús de las múltiples divinidades a las que adoraban los samaritanos junto con la de Yhwh, entonces esta referencia está en perfecta sintonía con el resto del discurso y prepara para la revelación disruptiva del nuevo culto, que ahora está teniendo lugar “en espíritu y en verdad”, y al que todos, tanto judíos como samaritanos, tendrán que convertirse.

Para un Evangelista como Juan, que se inspira en una tradición espiritual que corre a la par del sistema de la “gran iglesia”, el protagonismo de la mujer de Samaria sirve para aludir al hecho de que la revelación de Dios choca, por un lado, con el misterioso rechazo de quienes pudieron haberla recibido y, por otro lado, con la inesperada acogida por parte de los considerados más ajenos a él. No es de extrañar, entonces, que sean precisamente las mujeres, en ese momento, ya relegadas a un segundo o tercer plano en las primeras comunidades cristianas, las que jueguen un papel muy importante en el desarrollo de la trama teológica de un Evangelio que quiere ser, si no realmente transgresor, al menos alternativo: María de Nazaret vela por el inicio y cumplimiento de la misión mesiánica de su hijo; Marta de Betania pronuncia la más alta confesión cristológica de todo el Evangelio; su hermana María, además de asistir a la resurrección de su hermano Lázaro, unge proféticamente los pies y la cabeza de Jesús en la cena que precede al camino de la pasión; María de Magdala es la testigo de la primera aparición del Resucitado y recibe de Él el primer mandato apostólico. Con ellas, también la mujer de Samaria, la hereje.

La buena samaritana


Debía ser finales de la década de 1960. Misa dominical de mediodía en la iglesia del Gesù en Roma. Un padre jesuita, que conocía muy bien, se aventuró durante la predicación a actualizar la parábola del Buen Samaritano con la siguiente historia. Había dos coches, el primero con matrícula SCV, Stato Città del Vaticano, y el segundo con la matrícula DC, Democrazia Cristiana, que circulaban sin apercibirse de que había un herido en la carretera. Teníamos un tercer coche con la matrícula de la URSS, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De este último descendió alguien que se hizo cargo de la víctima. Eran estas unas comparaciones quizá un poco ingenuas que hoy en día a nosotros los más jóvenes no nos provocan ningún escándalo, pero que al jesuita le costaron un mes de prohibición para predicar. Una sanción que no debería sorprender porque, si lo pensamos, a Jesús le tocó una suerte mucho peor. Por otro lado, afirmar que un hereje hereda la vida eterna porque respeta la Ley más que dos representantes de la religión oficial está claro que no debió agradar a muchos.

La parábola, una de las más conocidas del Evangelio, es pronunciada por Jesús para responder al desafío planteado por un doctor de la Ley que cuestiona su derecho a enseñar al no estar acreditado oficialmente para ello y, como siempre, revierte la perspectiva del interlocutor: a un pobre que los bandidos han dejado herido al borde del camino, lo ayuda un hereje, un samaritano que incluso paga por sus cuidados. No lo hacen las dos figuras institucionales como un sacerdote o un levita.

Por otro lado, bien se puede suponer que, en la época de Jesús, ninguna mujer podría haberse aventurado sola en el camino que desciende de Jerusalén a Jericó. Sin embargo, si tuviéramos que representarla hoy, podríamos imaginar un elenco femenino completo, o al menos en parte. Además, dado que la parábola comienza con un genérico “un hombre” y dado que siempre debemos creer que este término no significa necesariamente un hombre, entonces es totalmente legítimo imaginar que aquellos que fueron atacados por ladrones y aquellos que los cuidan pudieran ser incluso mujeres.

Si hoy releemos así una de las parábolas más famosas del Evangelio, nadie se sorprendería. No tanto por la corrección política, sino porque un hecho, tal vez nada casual, está ahora bajo la mirada de todos: el ámbito de la caridad fue el primer “techo de cristal” que lograron romper las mujeres en la Iglesia, mujeres que hoy en día ocupan posiciones destacadas en los organigramas de las organizaciones humanitarias de todas las iglesias y todos los estados. Hace años participé en un encuentro internacional de mujeres donde intervinieron líderes de grandes instituciones de distintos países que trabajan, y muchas veces viven, en estrecho contacto con situaciones de emergencia como pobreza, enfermedad, guerra, rescate en el mar o deportación. Son muchas las mujeres que, en Cáritas, en Misereor, en Cruz Roja Internacional, en Médicos sin Fronteras y en miles de iniciativas lejos de las cámaras, se hacen prójimas a los miles de desventurados de todo el mundo. Son muchas las que se desgastan en misiones o en el borde de los caminos de nuestras ciudades, como en los últimos meses en los que hemos visto a tantas de ellas enfrentarse a la emergencia pandémica en nuestros hospitales.

Esto no es ninguna novedad. A lo largo de los siglos cristianos las buenas samaritanas han sido innumerables, algunas reconocidas y propuestas como ejemplo o incluso beatificadas y canonizadas; otras, y son la mayoría, anónimas, como el samaritano de la parábola. Hay muchas “herejes”, mujeres que consideramos ajenas a nuestro sistema social y también al religioso y que se ocupan del cuidado de muchos “desventurados” de la sociedad del bienestar. Las samaritanas, capaces de convertirse en prójimos de cualquiera en dificultad, no son menos sugerentes que el samaritano del Evangelio. De hecho, al final de la parábola, Jesús no pronuncia una enseñanza, sino una advertencia:

«¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? Él respondió: «El que practicó la misericordia con él». Dijo Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

Podríamos preguntarnos cuántos estaríamos dispuestos a seguir el ejemplo de alguien que hace el bien, pero viene de un país lejano, tiene un color de piel diferente, no tiene todos los permisos necesarios para estar en el sistema, pertenece a otra iglesia u honra a un otro Dios.

Ayer como hoy, las samaritanas evangélicas son el espejo de los ministerios que muchas mujeres ejercen en la Iglesia en el campo de la caridad, de la enseñanza teológica y de la catequesis. ¿Fuera del sistema? Quizás ha llegado el momento, y este es el momento, en que deje de ser cierto.

de Marinella Perroni
Biblista, Pontificio Ateneo San. Anselmo