· Ciudad del Vaticano ·

Reportaje

Las mujeres de la Samaria
del cuarto milenio

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29 mayo 2021

La Pascua de los samaritanos, un pueblo de 800 personas


Jocabed nos recibe en el salón. Todavía tiene rulos en la cabeza y no tiene prisa, porque por fin puede descansar y dedicar la mañana a ponerse guapa. En la habitación contigua hay un continuo ir y venir de gente. Todos los hombres están en fila esperando su turno para felicitar al Sumo Sacerdote por la Pascua. Abed-El, que viste un vestido largo gris y un tocado rojo, es el guía espiritual de los samaritanos desde 2013. Es el suegro de Jocabed.

“Llevo el nombre de la madre de Moisés y significa que ‘Dios es glorioso’”, dice con cierto orgullo. Sabe hebreo, pero habla principalmente en árabe, como todos los demás habitantes de Kyriat Luza, un pueblo en el corazón de Cisjordania, en las laderas del Garizín, la montaña sagrada de los samaritanos. Un pueblo con un pasado bíblico glorioso, en el que hoy viven poco más de 800 almas; 450 residen aquí y la otra mitad en Holon, un pueblo al sur de Tel Aviv. Se reúnen para las fiestas más importantes, que solo se pueden celebrar en el monte Garizín, el centro religioso de una comunidad que conjuga la vida moderna con una fe arcaica. Usan la televisión e Internet y estudian en universidades israelíes a la vez que conservan sus ritos y tradiciones milenarias.

“Me comprometí con mi esposo cuando tenía 14 años. Pasaron 10 años en los que ni siquiera hablamos una sola vez hasta que un día apareció con una canasta llena de patatas preguntándome si quería probarlas. Al año siguiente nos casamos y nunca tuvimos una pelea seria en 27 años de matrimonio. La vida de una mujer samaritana no es fácil. En nuestra cultura, somos nosotras las que llevamos el 80 por ciento de toda la carga sobre nuestros hombros. Crie a 3 hijos y he trabajado en la empresa de mi esposo durante 15 años. Producimos tahini y la nuestra es una de las mejores salsas de sésamo de Oriente Medio”, cuenta Jocabed. La empresa pertenece a la familia Cohen, un linaje sacerdotal de la tribu de Leví, según confirmó un análisis de ADN. Los Cohen son una de las cuatro familias que componen la comunidad hoy. La sinagoga del pueblo es un edificio modesto, al que se entra sin zapatos y donde se reza encima de la alfombra, hombres y mujeres juntos si estas quieren, porque las mujeres samaritanas están exentas de la obligación de rezar en el Templo.

El tesoro de los samaritanos se guarda en una caja rectangular. Ahí está la auténtica Torá escrita en la piel de un carnero trece años después de la muerte de Moisés. El Pentateuco es el único texto sagrado y es uno de los cuatro pilares de la religión samaritana.

Un solo Dios, un solo profeta (Moisés), un libro solo sagrado (la Torá) y un solo lugar santo, el monte Garizín. El área arqueológica de la montaña sagrada es ahora un parque nacional israelí. El día de la Pascua samaritana, el director no pierde de vista a las jóvenes del pueblo que, con ropa ajustada al estilo occidental, están entretenidas en hacerse selfies. “Los samaritanos tienen libre acceso al parque, vienen en peregrinación en Semana Santa y con motivo de otras dos festividades acordonamos sus lugares santos en señal de respeto”, asegura el director Ilan Cohen, un judío de Jerusalén.

En esta montaña se habrían encontrado Adán y Eva, Noé habría arribado después del diluvio universal y también sería el lugar del sacrificio de Isaac. Lo que han confirmado las excavaciones del siglo pasado son los restos del templo construido aquí por los samaritanos en la época de Alejandro Magno, como alternativa al de Jerusalén. Supuso una fractura con el mundo judío que nunca sanaría. Desde lo alto de la montaña se pueden ver las dos cúpulas rojas de la iglesia ortodoxa de Nablus, que alberga el pozo de Jacob. Con 40 metros de profundidad, 8 de los cuales todavía están llenos de agua, según la tradición, es el lugar del encuentro de Jesús con la mujer samaritana bajo el debido respeto a lo políticamente correcto, - los samaritanos eran enemigos de los judíos -, y en completa violación de las normas religiosas. Un judío no podía hablar ni beber de una copa contaminada por las manos de una mujer samaritana.

Dos mil años después, las cosas no han cambiado mucho en cuanto a la impureza. “Simplemente seguimos siendo fieles a lo que indica la Torá”, explica Nashla, de 48 años con 5 hijos, mientras conversa con sus amigas frente al único bar del pueblo. “Durante siete días, desde que comienzo a menstruar, nadie puede tocarme, ni siquiera mi esposo. Tengo que usar ropa especial y comer en platos separados. Si cargo en brazos a mi hijo, lo hago impuro y tengo que bañarlo antes de que toque a su padre”. Para las recién paridas, el aislamiento es mayor: de cuarenta días cuando nace un hijo y de ochenta cuando llega una niña. “Somos una comunidad y nos ayudamos unos a otros, aunque está claro que no es fácil. Lo vemos en el hecho de que los más jóvenes no quieren tener más de dos hijos”, concluye Nashla, profesora de inglés en Nablus, una de las principales ciudades palestinas con mayoría musulmana. Cuando en la época romana se llamaba Siquem, los samaritanos eran allí más de un millón. A lo largo de la historia, el número fue disminuyendo drásticamente debido a sangrientas rebeliones y conversiones forzadas al islam. A principios del siglo XX quedaban solo 150.

Por eso, para asegurar su supervivencia, comenzaron a engendrar familias numerosas, pero, al ser una sociedad que no aceptaba a los conversos, la consanguinidad comenzó a crear problemas. Los frecuentes matrimonios entre primos hermanos aumentaron el riesgo de enfermedades genéticas. Cuando en la década de 1990 los samaritanos obtuvieron el pasaporte israelí y tuvieron acceso al sistema sanitario del estado judío, comenzaron a verificar la compatibilidad genética antes de casarse. Más reciente es la luz verde a los matrimonios mixtos. El Sumo Sacerdote, supremo guía espiritual y árbitro también en materia matrimonial, ha concedido a los hombres el derecho a contraer matrimonio con mujeres no samaritanas bajo la condición de que estas se conviertan.

“Nosotras podemos elegir con quién casarnos, pero debe ser un samaritano, ¿nos parece bien? No te puedo decir ni que “sí” ni que “no”. Lo que sí está claro es que las mujeres samaritanas somos pocas”, comenta Lubna, sentada en el jardín con su vestido de seda rojo brillante junto a su esposo que está por fumar su pipa de agua. Las primeras que acogieron fueron judías israelíes, ya familiarizadas con los dictados de la Torá. La adaptación es más difícil para las que llegan del extranjero con una tradición cristiana. Hoy son unas quince. Alla fue una de las pioneras. Procede de Ucrania y cruzó el Mar Negro para asentarse en el monte Garizín. Superó un período de prueba tras el que fue aceptada por la comunidad. “Fue una situación impactante, pero la gente me ayudó porque es abierta y acogedora”, explica. Además del árabe y del hebreo también ha aprendido a cocinar siguiendo estrictamente las reglas religiosas.

La semana antes de Pascua resulta agotadora, porque, salvo pan y carne, no se puede comer nada que no sea casero. El banquete pascual remite al siglo I después de Cristo, antes de la destrucción del Templo de Jerusalén. Se encienden los hornos alrededor del lugar del sacrificio, donde cada familia lleva su cordero. Al atardecer, la plaza se llena y todos van vestidos de blanco. El Sumo Sacerdote dirige la oración y cuando dice “el pueblo de Israel será liberado de la esclavitud”, se comienza a matar a los animales y se ponen a cocinar sobre las brasas de los hornos cubiertas de arena. Hombres, mujeres, niños se abrazan y se marcan la frente con sangre de animales sacrificados. “Celebramos la liberación de Egipto de la esclavitud, como dice la Biblia”, explica una joven. Sus ojos azules y cabello rubio revelan que pertenece a una familia mixta. Estas nuevas generaciones ya han comenzado a presionar a los sacerdotes y ancianos para que los liberen de los aspectos más pesados que dicta la Torá, como el largo aislamiento después del parto. Piden que, si realmente no se puede acortar, al menos lo puedan vivir juntas todas las mujeres impuras.

de Alessandra Buzzetti
Periodista, corresponsal en Oriente Medio de Tv2000 e InBlu2000