· Ciudad del Vaticano ·

Este mes - Aniversario

La elección de Sophie

cq5dam.thumbnail.cropped.500.281.jpeg
30 abril 2021

Un 9 de mayo de hace 100 años nacía la jóven católica, miembro de la Rosa Blanca, un colectivo símbolo de la resistencia al nacismo. Sophie fue asesinada junto a su hermano, Hans Scholl, y a su amigo, Christoph Probst


Con motivo del 8 de marzo de 2021, el Parlamento Europeo decidió dedicar dos de sus edificios a dos mujeres. Uno a Clara Campoamor, abogada y política española; el otro a Sophie Scholl, la joven estudiante alemana a la que su oposición al nazismo le costó la vida. Mucho se ha escrito sobre la resistencia de los jóvenes de la Rosa Blanca y también el cine ha contado fielmente su historia. Las vicisitudes de la única mujer del grupo se encuentran entre las páginas de sus diarios, en su copiosa correspondencia, en el informe de los interrogatorios de la Gestapo, en los hechos de su juicio relámpago, en los testimonios de sus familiares y en los supervivientes de la Weisse Rose.

En sus pasos se puede hallar una fuente de agua cristalina, profunda y luminosa, una conciencia recta y libre y un tesoro precioso custodiado entre dos bautismos. El primero por el que Sofia Magdalena, en su mismo nombre, recibió el secreto de su existencia: la sabiduría, “Sofía”. Y también recibió, en virtud de su segundo nombre, el modo de amar de Magdalena. Como decía Jacques Maritain, “un corazón tierno y un espíritu duro”.

El segundo es el bautismo de su último sueño la noche anterior a la ejecución. Sophie lleva un bebé para que lo bauticen. En el sueño, Sophie cae en un abismo, pero antes salva a la criatura. “El bebé simboliza nuestras ideas que triunfarán después de nuestra muerte”, escribió. Solo de acuerdo a este espíritu se puede llegar a comprender la elección de Sophie.

Nació en Alemania el 9 de mayo de 1921 en Forchtenberg y murió por guillotina en Munich el 22 de febrero de 1943, a la edad de 22 años. Fue la cuarta de seis hijos y su fuerte vínculo familiar marcó profundamente la vida de Sophie y también su destino. Su padre Robert, un cristiano liberal que era alcalde de la ciudad, siempre fue reacio al nazismo, sobre todo, a su propaganda hacia las generaciones más jóvenes, tanto que se opuso abiertamente a la adhesión inicial de sus hijos Hans y Sophie a las organizaciones juveniles nazis. La madre, Magdalena Muller, una devota cristiana luterana, transmitió a sus hijos que el Evangelio debía ser el centro de sus vidas porque es un mensaje de liberación de cualquier forma de poder y de maldad.

La familia Scholl creó un hogar de puertas abiertas para muchas personas e ideas. Fue un lugar lleno de cariño y alegría, de respeto por la diferencia, de igualdad entre hombres y mujeres, de intercambio intelectual y un gran espacio para la lectura, incluidos los libros prohibidos por el régimen. Ese fue el terreno fértil en el que florecieron los primeros pétalos de lo que luego se convertiría en la Rosa Blanca, tanto es así que los biógrafos definen este laboratorio familiar como un verdadero Scholl-Bund.

Dulce e irónica, tímida y descarada, pequeña y morena, con una apariencia más italiana más que aria, sin trenzas rubias y con flequillo impertinente y despeinado, así se describe a Sophie, que pronto da muestras de su carácter: “No soy la mejor ni la más guapa, pero sí la más inteligente”.

La adhesión de la muy joven Sophie a la Liga de chicas alemanas para hacer salidas al campo o practicar deporte se convirtió en una oportunidad para prepararse para la lucha y experimentar un modelo de ser mujer opuesto al endulzado y sentimental. Estaba fascinada por el Fuhrerin que para sus jóvenes había cambiado el saludo de Heil Hithler por en un gesto cariñoso que consistía en tocar la frente de la otra y despeinarla.

La libertad femenina y su autonomía de pensamiento pronto la empujaron a dejar todas las organizaciones juveniles de Hitler y a desafiar su pedagogía que incluía elementos como el trabajo obligatorio. “Encontré el servicio aburrido y equivocado porque penaliza la libertad personal de los jóvenes”, decía. Pasó entonces a plantear la hipótesis de un papel especial para la mujer, tal y como escribía en esta disertación de bachillerato: “La mano que mece la cuna, mece al mundo”.

Es en los afectos y en sus amistades donde ese espíritu indomable aparece desprovisto de formalidades y condicionamientos. No tenía miedo de decirle a sus amigas: “No quiero apostar por aquello que es banal”. Y a su novio le repetía: “Puedo pensar en ti fácilmente. Y estoy feliz de poder hacer lo que quiero, sin ningún compromiso”.

Su amor por la naturaleza, la belleza y la música, que refleja profusamente en sus diarios, no solo manifiesta su impulso vital hasta el último suspiro, sino que se convierte en una verdadera forma de contemplación espiritual, revelando una fe sincera y fuerte, incluso dentro de las tinieblas de la opresión, la guerra y la prisión. Una fe viva que nutre su coherencia. El tierno corazón de Sophie se expresa con la alegría propia de la juventud: “No puedo ver un arroyo claro sin mojar los pies, ni pasear por el campo en mayo sin admirar la hierba”. La música “ablanda el corazón, ordena su confusión, derrite su rigidez. Sí, en silencio y sin violencia, la música abre las puertas del alma”.

“¿No es esto también un misterio, que todo sea tan hermoso? A pesar del horror, sigue siendo así. (...) Por esto solo el hombre es capaz de ser verdaderamente cruel, de cubrir este canto con el ruido de cañones, maldiciones y blasfemias. Pero el canto de alabanza es más fuerte y quiero hacer todo lo posible por asociarme a su victoria”.

Incluso en la celda esperando la ejecución susurró: “Qué hermoso día soleado y yo me tengo que ir”, para, a continuación, añadir con fuerza: “No importa si morimos si nuestras acciones han servido para agitar y despertar conciencias”.

La conciencia de Sophie es la de los jóvenes de la Rosa Blanca, es la misma a la que apelan en sus folletos destinados a despertar al pueblo alemán subyugado por el Mal.

Ese espíritu duro los conduce al martirio y Sophie lo demuestra frente a sus acusadores, asombrados por la determinación de la joven: “No niego nada. Estoy convencida de que he actuado en interés de mi pueblo. No me arrepiento y aceptaré todas las consecuencias (...) yo no, sois vosotros los que tenéis una imagen falsa de este mundo”.

En las últimas páginas de su diario escribió: “La vida está siempre al borde de la muerte, una pequeña vela arde exactamente como una antorcha encendida. Yo elijo la forma de quemarme”. El mismo fuego de amor que la llevó a la guillotina por proclamar su Libertad hasta el final, Freiheit, la última palabra gritada por su hermano Hans a sus verdugos y que nos entregaron para siempre.

de Grazia Villa
Abogada pro Derechos Humanos


La Anunciación de la rosa blanca


Hay un cuadro en los Museos Vaticanos titulado, Anunciación, en el que María y el ángel sostienen rosas blancas en sus manos. Fue pintado alrededor de 1905 por la pintora expresionista Paula Modersohn-Becker y fue muy querido para Sophie Scholl, quien escribió sobre ella en una carta a su hermana Inge en 1939.

“Paula Modersohn me emocionó mucho, realmente la admiro. Siempre ha trabajado sola y nunca se ha dejado guiar por nadie a la hora de concebir sus pinturas. Tienes que verlas. Después de haber visto sus cuadros, ninguno más me llama la atención”.

Artista considerada una “degenerada” por el régimen nazi, Paula Modersohn-Becker (Dresde 1876 - Worpswede 1907) se formó entre Londres y Alemania, pero su arte quedó irremediablemente influenciado por su encuentro en París en 1900 con la obra de Cézanne, de Gauguin y de Van Gogh.

En su imaginario también cabe el arte africano y, en concreto, la iconografía de la Diosa de la fertilidad que refleja en muchos de sus retratos femeninos. “Esta Anunciación es un ejemplo de ello. La pintora ofrece en ella una versión íntima del momento en que el ángel se encuentra con la Virgen, en cierta forma inquietante por la ausencia total de rasgos” (museivaticani.va). Murió a la edad de 31 años por complicaciones tras el nacimiento de su primera hija, Mathilde.