· Ciudad del Vaticano ·

Para reflexionar

Jesús era hijo de su tiempo

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06 marzo 2021

A menudo se dice que en el contexto judío de Jesús las mujeres eran marginadas y consideradas impuras y que Jesús las liberó de un patriarcado opresivo. Esta imagen no solo es incorrecta, sino que distorsiona tanto la cultura judía como a Jesús, priva a las mujeres de la expresión de su personalidad y, al tergiversar las funciones rituales de purificación, convierte a las mujeres en sujetos a los que temer. Lejos de ser marginadas y silenciadas, las mujeres judías que conocen a Jesús lo hacen partiendo de posiciones de independencia, fuerza y ​​fe. No le temen, como Él no las teme a ellas. Aquí hay tres ejemplos.

En primer lugar, la hemorroísa de Marcos 5, 29-34 (Mateo 9, 20-22; Lucas 8, 43-48). La interpretación común es que ella era una especie de apestada a quien la ley judía obligaba a apartar porque era ritualmente impura. Pero si hubiera estado aislada, no habría consultado a los médicos (Marcos 5, 26; Lucas 8, 43); si fuera una apestada, la multitud que la rodeaba se hubiera abierto como el Mar Rojo.

Todas las personas son ritualmente impuras por una razón u otra, algo que no equivale a ser pecadoras. La impureza suele ser temporal y la pureza se restaura fácilmente mediante la inmersión en un mikve, un baño ritual. La hemorroísa es una excepción porque su sangrado no es regular. Jesús no cancela las leyes de la pureza. Más bien, al curar a la mujer, restaura tanto su salud como su pureza.

De hecho, el “borde” que toca la mujer (Mateo 9, 22; Lucas 8, 44) muestra la fidelidad de Jesús a la ley judía. Números 15, 38-39 establece que los hombres judíos “se han de hacer [...] lazos en los bordes de sus mantos” para que recuerden “todos los mandamientos del Señor y ponerlos en práctica”. Cuando Jesús dice “tu fe te ha curado” (Mateo 9, 22), no solo confirma la fe de la mujer en Dios, sino también su confianza en sí misma, ya que fue ella quien tomó la iniciativa de acercarse a Él.

En el segundo ejemplo encontramos a Jesús en la sinagoga como de costumbre en shabbat. De repente, ve a una mujer que no puede ponerse de pie. Probablemente se abrió camino para colocarse frente a Él. Cuando Jesús la levanta, el jefe de la sinagoga se queja de que pudo haber esperado hasta que terminara el shabbat. Sin embargo, Jesús considera el caso de la mujer como una cuestión de vida o muerte. Ella dice que Satanás la ha mantenido paralizada durante dieciocho años. Este número es importante. Las letras hebreas tienen un valor numérico (por ejemplo, A = 1, B = 2). Las letras que suman 18 forman la palabra chai o “vida”. Al curar a la mujer, Jesús le devuelve la vida.

El tercer ejemplo es la suegra de Pedro, a quien Jesús cura de una fiebre (Mateo 8, 14-15; Marcos 1, 30-31; Lucas 4, 38-39). Después ella comienza a “servir” a Jesús. La palabra griega para “servir”, diakoneo, es el origen del término “diácono”. El mismo término subyace en la referencia que Pablo hace a Febe como “diaconisa de la Iglesia de Céncreas” (Romanos 16, 1). Cuando Jesús dice “el Hijo del hombre [...] no vino para ser servido, sino para servir” (Mateo 20, 28; Marcos 10, 45; Lucas 22, 27), pensamos en la suegra de Pedro, la primera persona en los Evangelios que sirvió de modelo para este ministerio.

El Nuevo Testamento nos dice mucho sobre las mujeres judías: aparecen en las sinagogas y en el Templo de Jerusalén (algunas inscripciones antiguas mencionan a las mujeres como “jefes de sinagogas”). Fueron reconocidas como profetas (Ana en Lucas 2, 36; la hija de Felipe en Hechos 21, 9), y Pablo recuerda a su pariente Junia entre las “insignes apóstoles” (Romanos 16, 7). Marta (Lucas 10, 38) y María y la madre de Juan (Hechos 12, 12) poseían casas. Las mujeres judías tenían acceso a su propio dinero (la hemorroísa; las jefas en Lucas 8) y podían viajar y moverse con libertad (María visita a Isabel; las mujeres van a la tumba). Algunas trabajaban incluso en el sector textil (Tabita en Hechos 9, 36-40; Lydia en Hechos 16, 14).

Cuando Jesús interpela a las mujeres al hablarlas, curarlas o servirlas aceptando su servicio, hace lo que los profetas Elías y Eliseo. Cuando cuenta parábolas sobre mujeres, -la mujer que ha perdido una moneda o la viuda que amenaza a un juez-, sigue la tradición judía que ha contado historias sobre Rut y Ester, Judith y Susana. Las mujeres no siguieron a Jesús porque creían que algo estaba mal en el judaísmo. Lo seguían por la misma razón que lo hacían sus amigos y parientes varones: encontraron sus enseñanzas convincentes, Él curó sus enfermedades y hallaron la paz en su presencia. No tenemos nada que temer al reconocer no solo la fidelidad de esas mujeres judías, sino también su tenacidad, valor e independencia.

de Amy-Jill Levine