· Ciudad del Vaticano ·

Historia de portada

Y el seminario se abrió
a una joven laica

cq5dam.thumbnail.cropped.500.281.jpeg
06 febrero 2021

Mujeres e Iglesia: la necesidad de una alianza educativa
El análisis y la experiencia personal de una escritora teóloga


La mujer y la Iglesia, una y otra vez. Quizás algún día no sea un tema ni un problema, pero por ahora no es así. El “Pacto Educativo Global”, -impulsado por el Papa Francisco en septiembre de 2019 y relanzado un año después en medio de la crisis causada por la pandemia-, exige una nueva alianza educativa que también comprometa a la Iglesia a preguntarse sobre el modelo educativo que propone, explícita o implícitamente, a los niños y niñas en las parroquias y en sus propias estructuras de gobierno.

En 1960 Furio Monicelli publicó El jesuita perfecto. Es la historia de una vocación. Conocemos a Andrea cuando deja su casa familiar una mañana de lluvia “constante y triste como un remordimiento” para ir a Galloro, en la zona de Castelli Romani, al noviciado jesuita; y lo dejamos cuando va a convertirse en jesuita. En medio se nos describe la diligente formación personal y espiritual, la relación con los otros novicios, los espléndidos e intensos diálogos con el padre maestro, el confuso probable enamoramiento de un hermano que luego muere y el igualmente espléndido intercambio intelectual con otro hermano que entonces se marcha en nombre de la libertad de fe. No llegamos a saber de una mujer. No hay mujeres en la formación del perfecto jesuita, ni siquiera en la memoria. Antes de que termine la historia, Andrea se encuentra en una iglesia con una monja de “nuca corta y gorda, inclinada hacia adelante como una dalia marchita”. Por supuesto, es literatura, aunque el mismo Furio Monicelli vivió realmente la experiencia del noviciado con los jesuitas.

Casi veinte años después y un Concilio (Vaticano II) más tarde, el obispo de Vicenza Arnoldo Onisto abrió el seminario diocesano a laicos y religiosos, hombres y mujeres que deseaban hacer el curso institucional de Teología para obtener el título de Bachiller. En aquel momento en la formación de los sacerdotes no intervenía ninguna mujer. Ausentes como compañeras de clase y de estudios y ausentes como profesoras y formadoras. La presencia femenina era la de las religiosas en la cocina y en otros servicios. Por lo demás, estaban ausentes. Como si fuera de los seminarios y noviciados las mujeres no representasen más de la mitad de la humanidad y mucho más de la mitad de la Iglesia creyente. Como si sus talentos y su preparación de ninguna manera pudieran ser útiles, oportunos (¿necesarios?) en la formación de los sacerdotes.

Conozco la experiencia de Vicenza porque estuve entre las personas que pudieron vivirla. Entre los diecinueve y los veinticinco años hasta el Bachillerato. Luego hice la Licenciatura en la Lateranense, en Roma.

Quien diga que las facultades de Teología llevan años abiertas a todos sabe que está diciendo una verdad a medias. Porque había (hay) pocas en Italia en conjunto y la mayoría de las pontificias están en Roma. Necesitabas tener los suficientes recursos como para poder permitirte no trabajar durante 5 o 7 años y no tener familia, porque era necesario trasladarse a la Ciudad Eterna. Unos requisitos casi imposibles de cumplir para una mujer. En cambio, en todas las grandes ciudades había Seminarios y todos ellos contaban con un Instituto Teológico. Abrirlos a laicos y laicas fue una elección que podríamos definir teológica y política porque significó hacer la teología más accesible al pueblo de Dios.

¿Qué hay detrás de la decisión del obispo Onisto? Monseñor Luciano Bordignon, que era decano de estudios y entonces rector del Seminario, habla del obispo como alguien ni ingenuo ni mucho menos revolucionario. Habla de un hombre de fe que había aceptado íntimamente el Concilio y tenía fe en la modernidad, una creencia que acompañaba con sus elecciones. Simplemente deseaba normalidad al abrir estos estudios a los laicos. Y nunca reivindicó tal decisión. Dijo que sí al primer laico que se lo pidió y sí al primer religioso y después a la primera laica. En 1979 había 4 en todos los cursos. Toda una experiencia.

Nunca están muy claras las razones por las que se toman ciertas decesiones siendo muy joven, y ni siquiera importa que estén claras. No existían ejemplos de mujeres en el campo de la teología. Había algunas teólogas en Italia, pero en Vicenza ni siquiera sabían lo que era una mujer teóloga así que más de una vez me tocó explicar qué demonios estaba estudiando. Pero más adelante comprobé que hacerlo resultó inspirador para otras personas.

El nacimiento de los ICR (Institutos de Ciencias Religiosas, estudios de 3 años que capacitan para enseñar religión en las escuelas) a partir de 1986, y después la aparición de los ISSR (Institutos Superiores de Ciencias Religiosas) en 2008, posibilitó que las mujeres y los hombres que no querían ser sacerdotes estudiasen Teología fuera de los Seminarios. En cualquier caso, el acceso pasa por contar con una carta de presentación para los laicos y una declaración de su párroco (o en algunos casos de otro sacerdote) que acredite su idoneidad para asistir al Instituto. Los religiosos y religiosas necesitan la declaración del Superior Mayor para matricularse en estos estudios.

Pero si no hay mujeres como una presencia normal y paritaria en las clases de Teología de los Seminarios, es imposible que un modelo femenino pueda inspirar su formación.

Lo buscamos en la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis de 2016 (!) que sustituye a la de 1970, modificada en 1985. Estas son las pautas generales para la formación de los sacerdotes, que debe ser “única, integral, comunitaria y misionera” en los Seminarios.

El número 95 indica: “El primer ámbito en que cada persona aprende a conocer y apreciar el mundo femenino es naturalmente la familia. En ella, la presencia de la mujer acompaña todo el proceso formativo y, desde la infancia, constituye un aporte positivo a su desarrollo integral. También contribuyen mucho para este fin las diversas mujeres que, con su testimonio de vida, ofrecen un ejemplo de oración y de servicio en la pastoral, de espíritu de sacrificio y abnegación, de atención y tierna cercanía al prójimo. Una reflexión análoga se puede hacer respecto a la presencia testimonial de la vida consagrada femenina”.  

Oración y servicio en la pastoral, espíritu de sacrificio y abnegación, cuidado y tierna cercanía al prójimo. Adjetivos que se corresponden con el modelo de mujer creyente que todavía hoy se propone a una joven o a una niña en una parroquia: catequista, colaboradora en distintas tareas, empleada doméstica de los sacerdotes o mujeres de la limpieza de la iglesia. Incluso cuando animan la oración o son ministras extraordinarias de la Eucaristía, representan un modelo femenino de apoyo a la acción pastoral del sacerdote. La “mujer en la sombra” es el estereotipo de la mujer en la Iglesia y el estereotipo orienta el posible deseo en las personas que la integran. Así, tiende a reproducir opciones limitadas. A veces, denota la violencia oculta de las relaciones de género en la Iglesia. Significa que es muy improbable que una joven, gracias encuentros casuales o la riqueza del Espíritu, pueda desear ser teóloga o participar en la Iglesia de un modo diferente. También aquí, evidentemente, se puede objetar que hoy hay mujeres que enseñan en las facultades de Teología o mujeres que escriben libros de Teología. Pero, para que un ejemplo sea un ejemplo, debe estar presente y ser generalizado y visible. Ejemplos a los que poner cara y nombre. Como el de Mary Melone, elegida rectora de la Pontificia Universidad Antoniana en 2014. O de Myriam Cortés Diéguez, nombrada rectora de la Universidad Pontificia de Salamanca en 2015.

Es imposible no darse cuenta de que el número 96 de la Ratio, y lo que sigue inmediatamente, habla de las “debilidades” y “momentos de crisis del seminarista” que “bien comprendidos y tratados (...), pueden y deben convertirse en ocasiones de conversión”. La asociación de fondo es mujer-superación-debilidad-conversión. Por otro lado, la “comunidad de formadores” (n. 132) “está compuesta por sacerdotes seleccionados y bien formados”. Y “es preferible que la mayoría del cuerpo decente esté formado por presbíteros” (n. 146).

En la Ratio, sin embargo, el capítulo decisivo dedicado al valor formativo de la mujer es el número 151: “La presencia de la mujer en el proceso formativo del Seminario, entre los especialistas en el ámbito de la enseñanza, del apostolado, de las familias o del servicio a la comunidad, tiene por sí misma un valor formativo, también en orden al reconocimiento de la complementariedad entre varón y mujer. Las mujeres representan con frecuencia una presencia numéricamente mayoritaria entre los destinatarios y los colaboradores de la acción pastoral del sacerdote, ofreciendo un edificante testimonio de humilde, generoso y desinteresado servicio”.

El reconocimiento del papel de la mujer en la Iglesia es algo tan obvio y evangélicamente serio que no tiene sentido volver a sus fundamentos. Lo han hecho teólogos y teólogas durante años de forma pública, sistemática y competente. ¿Cómo sería la Iglesia si las mujeres estuvieran presentes en las estructuras de toma de decisiones de manera orgánica, según procedimientos precisos, no ocasionalmente por cooptación paterna de parte de algún obispo iluminado? Debemos preguntarnos si efectivamente el escándalo de la pedofilia entre sacerdotes estaría tan extendido y duradero si las mujeres fueran corresponsables en el gobierno de la Iglesia. Monseñor Luciano Bordignon define la cuestión de la mujer en la Iglesia como “un pensamiento en el aire”. Incluso en Vicenza, esa apertura inesperada y defendida por el obispo Onisto no allanó el camino para otras iniciativas. Las mujeres que han obtenido la licenciatura y el doctorado no han sido convocadas o autorizadas para ser corresponsables en la formación o en la instrucción teológica. A lo sumo, se les ha implicado como colaboradoras en algunas ocasiones, como señalaba monseñor Bordignon.

Como escribe Elizabeth Green, la Iglesia cruzó las fronteras físicas muy pronto, pero aún no ha logrado ir más allá del género, pese a que esto signifique privar a la comunidad de creyentes de talentos y de servicios. Pese a que sea un escándalo y se enmarque dentro de una traición al Evangelio. La Iglesia se convierte así es una suerte de paciente autodestructivo, atrapado en la negación. Las estructuras jerárquicas son siempre autorreferenciales y no pueden reformarse desde dentro. Paradójicamente, son precisamente las mujeres creyentes, que nunca han estado real y significativamente dentro de la estructura jerárquica de la Iglesia, las que pueden ayudarla a salir de la crisis que está vaciando templos y seminarios. Exactamente desde su posición externa no hostil, como amigas y aliadas. Seguiremos intentándolo.

de Mariapia Veladiano
Escritora, Licenciada en Filosofía y Teología


El título negado a Elena


Se la recuerda como la primera mujer en el mundo en graduarse, pero no estudió teología como le hubiera gustado.

Elena Lucrezia Corner Piscopia (Venecia, 5 de junio de 1646 - Padua, 26 de julio de 1684), oblata benedictina, sabía filosofía, teología, griego, latín, hebreo y español y fue aceptada en las principales academias. Cuando su padre, Giovanni Battista, un hombre ilustrado, pidió que su hija pudiera graduarse en teología en Padua, el cardenal Gregorio Barbarigo se opuso por considerar “un disparate” que una mujer pudiera convertirse en “doctora” ya que habría significado “hacer el ridículo en todo el mundo”. En 1678, a la edad de 32 años, Elena obtuvo una licenciatura, pero en filosofía. Y como era mujer, no podía enseñanza.