· Ciudad del Vaticano ·

El bosque silencioso

“Mi vida por las esclavas”

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06 febrero 2021

Nagham, la ginecóloga que trata a las yazidíes
violadas por milicianos del ISIS


Para las mujeres que sobrevivieron al ISIS, sus palabras son la primera voz cálida y familiar que las acoge después de meses de esclavitud sexual. Una voz que significa el primer paso hacia la luz. Nagham Hawzat Hasam es una ginecóloga de 42 años que pertenece a la minoría yazidí, un grupo étnico de lengua kurda con orígenes ancestrales que vive principalmente en el norte de Irak, zona que fue invadida por los milicianos del Daesh en el verano de 2014.

La conquista de Mosul fue el comienzo del exterminio de los yazidíes, considerados por estos terroristas como “adoradores del diablo” por sus creencias de origen zoroástrico en un Dios que perdona a un ángel rebelde. Los militantes del ISIS amenazaron de muerte a los yazidíes que no quisieran convertirse a su concepción de la religión musulmana. Utilizaron estos argumentos para asesinar a sangre fría a unas 3.000 personas y secuestrar a 7.000 mujeres como botín de guerra. Medio millón de yazidíes huyeron en pocas horas de sus hogares. Nagham vivía en Bashaaqa, a unos quince kilómetros de Mosul: “Cuando el ISIS llegó para exterminarnos, yo estaba en el hospital trabajando. Mi familia vino a advertirme de que teníamos que escapar de inmediato”. Junto a miles de yazidíes, caminó durante días hasta llegar a Dohuk. Ese periplo cambió su vida para siempre. “En los primeros días fui a visitar a las familias en el campo de refugiados para saber si necesitaban atención médica. Muchos tenían que acudir a un hospital. Recuerdo la primera vez que el dolor me paralizó. A los veinte días supe que dos jóvenes habían logrado escapar de los milicianos y llegar hasta el campo. Estaban totalmente traumatizadas y no confiaban en nadie. Confiaron en mí porque soy mujer, soy médico y soy yazidi”, explica Nagham, que desde entonces ha escuchado a más de 1.200 supervivientes narrar atrocidades impensables. Nagham siempre usa la misma palabra para definir el estado psicológico de las mujeres que escucha: destruidas. Destruidas como una ciudad bombardeada, destruidas como una casa después del terremoto. Son mujeres que en las manos despiadadas de sus carceleros tuvieron que vivir lo que para muchas es casi imposible de contar. Así fue el horror físico y emocional que padecieron y padecen, pues vieron con sus propios ojos cómo asesinaban a sus hijos, a sus nietos o a sus maridos. Han sido usadas como esclavas sexuales pasando de mano en mano. “Una de ellas se me acercó y me preguntó: ¿sigo siendo un ser humano?”, recuerda conmovida Nagham quien desde entonces nunca ha abandonado su nueva misión. En el camino también ha sido testigo de “renacimientos” como el de Nadia Murad, la joven yazidí que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2018, la primera en tener el valor de contar públicamente la violación sufrida a manos de los milicianos del Estado Islámico. “Nadia llegó al campo de Dohuk después de escapar de su cautiverio en Mosul. Los terroristas del ISIS la torturaron, la quemaron con colillas de cigarrillos y la violaron”, recuerda Nagham. Mostrando una fuerza revolucionaria, Nadia Murad logró superar el trauma gracias también a un programa que permite a las supervivientes yazidíes tratarse en Alemania e intentar reconstruir sus vidas. “En Stuttgart se convirtió en la activista por los derechos humanos que es ahora famosa en todo el mundo. En su libro incluye una dedicatoria para mí. Es una de las mejores cosas de mi nueva vida”, señala Nagham quien fundó la ONG Hope Makers for Women y ha colaborado durante mucho tiempo con ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados.

Aunque no está especializada en psicología, la doctora Hasam parece haber identificado el camino para llegar a las almas destrozadas de las víctimas del ISIS. “No puedo decir que tenga una terapia. Me dirijo a ellas como si fueran parte de mi familia. Les digo “mi hermana”, con ternura, porque realmente siento que pertenecen a mi historia. Les intento transmitir amabilidad, la sensación de que siempre han sido parte de mi vida. Y también insisto en lo valientes que han sido: “Has estado en el peor lugar del mundo y tuviste el valor de escapar. Ahora estás viva y escuchar tu voz es fundamental”. El trauma es tan profundo que a veces necesitan meses para empezar a hablar. Nagham en su extensa experiencia ha identificado las tres fases psicológicas por las que pasan estas supervivientes. “El primer gran problema es que en manos del ISIS han perdido la fe en la humanidad. Han llegado a creer que cualquiera puede volverse brutal y sádico”. Cuando comienzan a confiar su historia a Nagham, se produce el primer paso. “El segundo obstáculo es el terror que sienten al pensar que los milicianos del Daesh cumplirán su promesa de venir a buscarlas para matarlas junto al resto de su familia. Por eso siempre trato de transmitirles que todo ha terminado y que puedan empezar de nuevo”.

Sin embargo, para muchas es imposible olvidar y siguen reviviendo el trauma que les conduce a una fuerte inestabilidad psicológica. En los casos más graves, la acogida materna de Nagham no es suficiente y es necesario un tratamiento psiquiátrico. Aunque la mejor solución para casi todas es cambiar por completo de vida y esto es posible gracias a acuerdos humanitarios con países como Alemania, Francia, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, (con programas también apoyados por agencias como la Organización Internacional para las Migraciones) donde las víctimas más traumatizadas pueden acudir a un centro específico y recibir terapias acordes a sus necesidades. “Si volver a casa después del cautiverio significa no saber a dónde ir porque la familia ha sido exterminada y el único horizonte es un campo de refugiados donde no es posible trabajar y encontrar la propia identidad, se dan cuenta enseguida de que hay pocas opciones para las supervivientes” explica Nagham. La doctora asegura que “en cambio, en el extranjero estas mujeres pueden recuperar la salud física y mental y encontrar un trabajo y un lugar en el mundo. En Alemania, conocí a una paciente mía que había perdido a su esposo y cinco hijos. En Dohuk no paraba de llorar. En cambio, en Europa había podido volver a sonreír”.

Hay un cuaderno donde Nagham anota las historias que más le impactan. Tiene más de doscientas y probablemente las publique. Para esta ginecóloga escribir también es una terapia: “A veces yo también me siento destrozada, como ellas. Así que me voy a casa, voy a mi habitación y me acuesto en la cama y paso allí incluso días enteros. Muchas veces lloro. Lloro por ellas y por mí. Cuando he terminado de repasar mentalmente sus historias, como si fuera una película de terror, me siento lista para escribir”. Su madre la ayuda a aliviar su dolor repitiendo a Nagham las mismas palabras que ella usa con estas mujeres: “Me dice que soy valiente. Que estoy haciendo un trabajo útil y que estas supervivientes me dan la fuerza para seguir adelante”. Ella no se tiene por una mujer excepcional, aunque sin duda lo sea.

No oculta su fragilidad. A lo largo de la entrevista repite lo mucho que extraña la vida en Bashaaqa antes de la invasión del ISIS, cuando vivía en una bonita casa y podía salir de compras con sus amigas sin preocupaciones, o pasar su tiempo libre leyendo una novela o viendo una película. “Nuestra vida ha sido aniquilada. Tengo la suerte de tener una casa de ladrillos, pero muchos viven en tiendas de campaña. La Comunidad Internacional no debe olvidarnos. No puedo ocultar mi rabia por lo que pasó, especialmente cuando caigo en la cuenta de que el ISIS ha dejado a dos mil niños huérfanos. Todavía no entiendo la maldad que hemos sufrido nosotros, que siempre hemos respetado a quienes tienen una fe diferente a la nuestra. Por la noche le rezo a nuestro dios, un dios bondadoso que ayuda a las personas en momentos difíciles como yo, como a las mujeres que me hablan de una violencia inhumana. Y rezo para que la bondad pueda volver a reinar en nuestras vidas”.

de Laura Eduati


La otra mitad

El obispo de Monterrey crea el Consejo pastoral de mujeres


“No es suficiente que la voz de las mujeres se escuche. Ha de tener un peso real y una autoridad reconocida en la sociedad y en la Iglesia”. Son palabras del Papa Francisco en la catequesis del miércoles 15 de abril de 2015. Esta frase encajaba perfectamente con el pensamiento de Monseñor Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey, en el Norte de México. Y así, dio respuesta a esta idea mientras preparaba el 25 aniversario de su ordenación episcopal que será el próximo 30 de mayo. El pasado 27 de octubre la archidiócesis de Monterrey estableció el Consejo pastoral de mujeres. El organismo consultivo quiere ser “un espacio de diálogo y de debate para delinear la pastoral de la mujer” tal y como monseñor Cabrera López explicó durante la presentación.

“La presencia de mujeres es abundante y significativa dentro de la Iglesia de Monterrey. Debemos desarrollar nuestra pastoral de la mujer a partir de su naturaleza de mujer”, destacó en aquella ocasión el arzobispo. El Consejo Pastoral está integrado por 15 mujeres, laicas y religiosas, de distintas edades y procedencias sociales. Juntas analizan la realidad a la luz de la Palabra. Reflexionan y proponen acciones concretas para la promoción integral de la mujer, dentro y fuera de la Iglesia. No falta trabajo en un país donde se cometen una media de diez feminicidios al día y 6 de cada 10 mujeres trabajan en negro.