· Ciudad del Vaticano ·

La opinión

Estudios de género, una extraña experiencia en los ateneos pontificios

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06 febrero 2021

Mujer y formación son dos palabras que describen mi vida y trayectoria profesional desde 2009, cuando comencé mi compromiso en el Instituto de Estudios Superiores de la Mujer de la Universidad Pontificia Regina Apostolorum. La relación entre formación y mujer nos hace reflexionar en al menos tres direcciones: acceso, objeto y perspectiva de la formación.

En cuanto al acceso a la formación por parte de las mujeres, recordemos que se trata de una conquista reciente y aún no completa. El primer college femenino data de 1837 en Massachusetts, Estados Unidos, mientras que en Europa las primeras puertas universitarias se abrieron en Inglaterra en 1848, en Francia en 1880 y en Alemania en 1894. Pero no fue hasta el Concilio Vaticano II cuando las mujeres comenzaron a estudiar Teología en universidades pontificias. Aún queda un largo camino por recorrer (especialmente fuera de Occidente) y sigue siendo un objetivo a alcanzar en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Que las niñas y mujeres tengan acceso a la formación es una cuestión no solo de derechos individuales, sino una exigencia para el bien común y el desarrollo integral. En el contexto actual en el que todos pensamos en el renacimiento tras la pandemia, creo que la formación de la mujer es un requisito fundamental, y que la Iglesia hace bien cuando aboga por este derecho.

Si reflexionamos sobre la relación entre la mujer y la formación desde la perspectiva del objeto, podemos considerar la oportunidad o conveniencia de los “Women studies”, bien conocidos en las universidades seculares y poco frecuentes en las católicas y menos aún en las pontificias (creo que mi Instituto es una experiencia única en este sentido). Estos caminos son muy variados, pero parten de dos supuestos comunes que vale la pena al menos considerar. El primero es que, ante el silencio de la Historia del pensamiento sobre la diferencia sexual, es necesario centrar la atención ahí mismo para llenarlo de contenido. El segundo prerrequisito es la necesidad de analizar cómo las diferentes sociedades expresan las diferencias de género y comprender la discriminación, las mejores prácticas y las oportunidades. Para superar cualquier machismo y promover activamente la aportación de la mujer en la cultura y en la sociedad (necesidad ampliamente reconocida por el Magisterio posconciliar), creo que se necesitan estudios más serios que tengan como objeto la historia de la mujer en diferentes contextos culturales. La investigación científica nos permite salir de los lugares comunes y captar los matices, y por tanto puede aportar indicaciones más concretas para entender cómo seguir avanzando.

Por último, podemos considerar la perspectiva particular que las mujeres dan a la formación. Aunque la educación ha estado tradicionalmente en manos de las mujeres (excluida la educación universitaria), parece que su contribución específica es un descubrimiento bastante reciente. Cuando se sale de la ilusión de lo universal neutro, se empiezan a percibir las riquezas particulares que ofrecen hombres y mujeres en los más variados caminos formativos: en el campo teológico y filosófico, en la formación de consagrados y sacerdotes, en la formación y desarrollo empresarial de competencias (soft skills), etc.

Creo que dar más espacio a la perspectiva de la mujer en formación es un camino en el que todo el mundo sale ganando, no porque sea una mejor perspectiva en un sentido absoluto, sino porque es la perspectiva que más ha faltado hasta ahora.

de Marta Rodríguez