· Ciudad del Vaticano ·

La historia: Elisa Salerno

Una mujer
nacida demasiado pronto

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02 enero 2021

“Nos vemos en la esquina de la 36 con la 24”. Cada vez que escucho esta expresión en una película americana me pregunto por qué las calles de Manhattan no están dedicadas a personajes famosos de la historia o si simplemente es más cómodo numerarlas o si es que tienen otra idea de la memoria histórica. Para nosotros, la toponimia de las ciudades es una especie de archivo de nuestra geografía o de nuestros conocimientos botánicos, pero, sobre todo, de nuestra Historia. No de toda, eso sí, como muestra una rápida búsqueda en Google gracias a la que podemos comprobar que la toponimia femenina de nuestras ciudades refleja una enorme desproporción entre los nombres de los hombres y los de las mujeres y confirma que nuestra memoria histórica está mutilada, porque las muchas mujeres que han colaborado para construir el tejido cultural, político y religioso de nuestro país son casi invisibles. Algunas de ellas comienzan a formar parte de la memoria local, pero de manera residual.

En las periferias de la Historia


Por ejemplo, a Elisa Salerno, Vicenza, su localidad natal, le dedicó una calle hace poco menos de 20 años y es una calle perdida en las afueras de la ciudad. Además, es una especie de calle cerrada que no conduce a ninguna parte. Hace solo dos años, gracias a la presión de Presenza donna, la asociación que protege su memoria, se colocó una placa en la casa donde vivía. Pero, ¿quién es Elisa Salerno y por qué debería merecer una calle o una placa?

Este es el quid de la cuestión. Su calle no lleva a ninguna parte y está en las afueras porque ella también, como tantas mujeres, se mantuvo en la periferia de la Historia. Nadie en el colegio nos habló de ella.

En el exergo de un bonito ensayo sobre ella, Anna Maria Zanetti cita las palabras con las que la propia Salerno se define: “Nací pronto, demasiado pronto”. Elisa Salerno es una de esas mujeres que nacieron demasiado pronto porque iniciaron alguno de esos procesos históricos tan revolucionarios que requieren de mucho tiempo para desarrollarse y convertirse en un patrimonio común.

Católica y feminista. Si todavía es difícil explicar que esto no es un oxímoron, podemos imaginar el escándalo que debía haber causado esta combinación a principios del siglo XX cuando Elisa Salerno (1873-1957) hizo lo que las mujeres saben hacer con sabiduría: entrelazar vivencias personales con circunstancias políticas, convicciones intelectuales y elecciones religiosas. Sin miedo a pagar el precio de cualquier injusta prohibición. Salerno había entendido que nadie estaba dispuesto a dar a las mujeres el derecho de hablar así que había que tomar la palabra. Por eso fundó y dirigió un periódico capaz de dar voz a las mujeres, especialmente a las trabajadoras.

Educación y trabajo


Elisa Salerno era muy consciente de que, en un momento en el que el mundo del trabajo vivía horas convulsas debido al choque entre industrialización y justicia social, el socialismo naciente supo hacer suyas las tragedias y aspiraciones de trabajadores y trabajadoras, mientras que en la Iglesia Católica la apertura de algunos en este sentido era vista con irritación y duramente sancionada. Ya entonces, Salerno pedía “igual salario por igual trabajo”. Entendió la injusticia y el peligro social de la brecha salarial, algo de lo que hoy hablan todos, economistas, políticos, sindicalistas e incluso el Papa Francisco. Entendió, sobre todo, que había dos etapas fundamentales en el camino hacia la emancipación de la mujer, la educación y el trabajo. Pero era demasiado pronto.

Era demasiado pronto incluso para comprender la conjunción entre el antifeminismo y una visión geopolítica dominada por la guerra. Trató de hacérselo saber a Pío XII en 1941, -cuando el mundo entero estaba en conflicto-, con el valor visionario de haber entendido el meollo de la cuestión. De él, como de los otros Papas a los que se había dirigido, no recibió respuesta y solo ahora que la guerra ha tomado el nombre de una pandemia, surge con fuerza la conciencia del estrecho vínculo entre la barbarie bélica y la marginación femenina. Salerno escribía que la guerra no devastaría nunca más la tierra gracias a “la acción moral, intelectual y cristiana de la mujer”, que debe situarse de modo “que ocupe su lugar de responsabilidad en todo lo referido al ámbito doméstico, social, político, diplomático, ciudadano, nacional e internacional”. Esto debe hacer pensar a las mujeres de hoy, -obligadas a invocar la cuota rosa o ver reconocidas las habilidades de las mujeres solo por decreto-, en su petición de no ser consideradas “como meras figurantes”, -cuando se elige a una mujer aquí o allá, siempre en un número moderado-, sino “con facultades para sopesar, válidamente, las decisiones y las leyes que rigen a los pueblos”.

El anhelo de ser teóloga


Lamentablemente, Elisa Salerno nació demasiado pronto también porque vivió en la época lúgubre del Modernismo y de la resistencia de la opinión pública católica, pero, sobre todo, de las jerarquías y reticencias con respecto a cualquier impulso de reforma de la Iglesia. Quizás hoy, a la luz de las múltiples controversias que acompañan a nuestros tiempos, podamos comprender mejor lo difícil que es pedir a la Iglesia que se abra a las urgencias de la renovación. Para no confundir la tradición con el statu quo, debemos estar dispuestos a creer que la verdad plena no está detrás de nosotros, sino frente a nosotros, y solo el valor para dejarnos guiar por el Espíritu a lo largo de la Historia es la garantía de que avanzaremos hacia la verdad completa.

Elisa Salerno entendió que uno de los aspectos de la Historia en los que tenía que ahondar era la injusticia milenaria perpetrada contra las mujeres, y que tenía que hacerlo como creyente, porque “todos los prejuicios [...] extendidos por el mundo contra las mujeres son sustancialmente [...]] afirmados en los libros de los hombres de Iglesia”. La Historia le ha dado la razón, pero la Iglesia todavía no. ¿Porqué?

Las razones de esta resistencia son muchas. Una en especial me parece digna de atención. Salerno pretendía ir a la raíz del problema de la discriminación milenaria contra la mujer y por ello estudió en profundidad los textos sagrados, la filosofía escolástica y la doctrina católica. Teóloga ante litteram, quería hablar con pleno conocimiento de los hechos. No temía oponerse a hombres de Iglesia considerados inexpugnables, como monseñor Martini, cuya traducción de la Biblia convertida en canónica era una clara demostración de antifeminismo; o como su obispo, cuyos catecismos, según ella, deformaban la Sagrada Escritura. Elisa Salerno lidera una operación vibrante, marcada por su vis polémica, pero también por un estudio minucioso de la Escritura y por una conciencia eclesial igualmente robusta en una época en la que para los católicos la lejanía a la Biblia se había vuelto cada vez más una realidad profunda y dolorosa.

Fue desmentida y ridiculizada, considerada “una pobre testaruda, presa del deseo de ser teóloga [...]”. Denunció la censura eclesiástica y se le negó la comunión. Una herida lacerante, que, sin embargo, nunca le hizo renegar de sus creencias. Quizá uno pueda entender por qué las feministas creyentes esperan que la nostalgia por “las santas mujeres de antaño” finalmente las lleve al reconocimiento de su fuerza profética y su valor innovador. Pero es probable que incluso ellas hayan nacido demasiado pronto.

de Marinella Perroni
Biblista, Pontificio Ateneo S. Anselmo


Un libro


Anna Maria Zanetti, Elisa Salerno, Femminista e cattolica, in Ead. y Luccia Danesin, Indomite. Giornaliste, scrittrici, teologhe, patriote nel Veneto dal Seicento al Novecento, Marsilio, Venecia 2012, 95-107.