· Ciudad del Vaticano ·

La firma invitada de este mes

Las molestas teologías
de las mujeres

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02 enero 2021

No es necesario recordar que estamos en un tiempo de incertidumbre. Aunque, en medio de lo obvio, no se puede dar todo por descontado. Entre las cosas que no se pueden dar por sentadas está nuestra postura en el devenir de los acontecimientos. Siempre puede ser cambiante, es cierto, pero siempre responde a la voz a la experiencia. Aunque invisible, continúa dando forma a la historia. Aunque ignorada, insiste en generar conocimiento. Sucede, por tanto, que las palabras y las prácticas se están transformando de una manera que no siempre es transparente y pública, porque no sabemos realmente de dónde vienen ni qué efecto están teniendo en nosotros.

Uno de los puntos de observación de estas transformaciones gira en torno a la vida de los cuerpos y sus narraciones. Siempre da lugar a teorías, imaginarios, discursos y hábitos la manera en la que se regulan las distancias entre cuerpos. El covid-19 ha trastocado estas distancias, que en ocasiones se acortan demasiado en los hogares y se amplían al máximo en lugares de trabajo, escuelas, tiendas y plazas.

En las iglesias se han adoptado los protocolos de seguridad oportunos, pero se respira una atmósfera extraña que bascula entre el miedo al contagio y el miedo a que el pueblo de Dios pueda vivir bien la fe incluso sin celebraciones presenciales. En todo caso, precisamente porque hay un cambio importante en cuanto a la distancia entre nuestros cuerpos, sucede algo profundo e indescifrable en nuestra experiencia, tocada en el corazón de su vocación relacional. Podríamos decir que es nuestro imaginario de la proximidad el que se recompone y transforma. No es fácil reorganizar pensamientos, palabras y acciones. Se ha abierto un conflicto interpretativo sobre lo que realmente significa vivir unas buenas relaciones en un momento en el que las tensiones económicas, sociales y políticas son cada vez más exacerbadas. También es difícil tomarse en serio y honrar la vulnerabilidad que nos distingue, desenmascarando las múltiples jerarquías con las que siempre hemos vivido. En las comunidades cristianas, la misma cuestión se resume eficazmente en el término fraternidad, una categoría que no puede sustraerse a las tensiones del mundo en el que vivimos, como también apunta la última encíclica del Papa Francisco.

Escuchar a las mujeres


Para que no se desperdicie esta oportunidad de reelaborar la historia, también debemos escuchar a las mujeres. No en general, porque las mujeres no son poseedoras de lo verdadero (o falso) por naturaleza. Se trata más bien de escuchar a las muchas mujeres que, en medio de infinitas dificultades, enriquecen el discurso sobre el significado de la diferencia sexual apuntando a las diferencias en las que históricamente este discurso decae y a los imaginarios que las acompañan.

Son las mujeres las que han aprendido por experiencia a desconfiar de los discursos universales, neutrales, no históricos y desprovistos de carne mortal. Estas mujeres saben muy bien que la injusticia no tiene pudor y que muchas veces se disfraza con las vestiduras de la paridad. Continuamente nos recuerdan que no será suficiente trabajar en la justicia social o la fraternidad para transformar el mundo en un lugar verdaderamente acogedor para todos. Nos enfrentan al hecho de que la buena voluntad resbala sobre la superficie de la historia sin insertarse en su tejido si no se vuelve la mirada hacia la singularidad concreta y a aquello que toca en el silencio de la vida.  

Al escuchar a estas mujeres se aprende la urgencia de interrogar los imaginarios de la diferencia sexual, porque muchas veces se esconde en ellos algo injusto. Aquí radica la razón de algunas contradicciones en el mundo que plantean interrogantes sin resolver. Por ejemplo, ¿por qué en un orden civil que no permite la discriminación relacionada con la diferencia sexual, las mujeres son las primeras en perder sus trabajos, generalmente se les paga menos, a menudo se encuentran en la agotadora gestión de la casa, se sienten inadecuadas para tareas científicas, apenas alcanzan puestos de relevancia y, si sufren violencia, tienden a culparse y a ser culpadas? ¿Y por qué, en una versión eclesiológica centrada en la dignidad bautismal, los vínculos entre los sexos están desequilibrados en las muchas formas que conocemos, oscilando entre la demonización y la idealización de lo femenino sin solución de continuidad? No se puede dar una respuesta sin sumergirse en el sombrío reino de los imaginarios culturales en los que se expresa la diferencia sexual.

No se trata de una sugerencia para desviar la atención del plano del discurso explícito y político. Es más bien una invitación a afinar la mirada, porque las “explicaciones” también se aplican a lo tácito y a las pasiones que lo agitan. Después de todo, como bien ha demostrado el psicólogo y neurocientífico Micheal Gazzaniga, tendemos a producir muchas razones para justificar nuestro sí y nuestro no a la vida, pero a menudo son confabulaciones porque las razones para hacerlo están en otra parte, ocultas por discursos colocados en el terreno de juego para controlar el desequilibrio de la diferencia.

En esta complejidad puede orientarnos una sabiduría femenina, reconocible en el pensamiento filosófico de la diferencia (Diotima) y en las teologías de género de la Coordinadora de Teólogas Italianas (Cti).

Una supresión antigua y siempre nueva


La trama patriarcal que interrumpe los justos lazos entre mujeres y hombres, -desde el punto de vista emocional, interpretativo, legal, simbólico y práctico-, está llena de esas contradicciones que el inconsciente puede permitirse. Sin poder hacer un examen en profundidad, subrayamos cómo muchas veces se establece un imaginario patriarcal que exalta y desprecia lo femenino al mismo tiempo. La mujer así dibujada es paradójicamente demasiado angelical y demasiado demoníaca para ser escuchada en lo que tiene que decir o para que se le permita actuar.

La impresión de una incompatibilidad natural con lo sagrado y con el espacio público pesa sobre lo femenino, incompatibilidad que situaría a las mujeres fuera de lugar en ambos contextos. Esta incompatibilidad se compone de “demasiado” y de “poco”: demasiado maternal, demasiado afectiva, demasiado relacional y demasiado corpórea, por un lado; pero por otro, poco racional, poco sistemática, poco política y poco espiritual. La mujer es irrelevante a nivel de intercambio concreto de perspectivas sobre el mundo, también de persepectivas teológicas. Toda la operación para suprimir o soterrar estos puntos de vista responde a esta trama contradictoria, aunque muchas veces los argumentos esgrimidos tengan un tinte luminoso o idealizante. Estas demonizaciones están acalladas, bien porque no se reconocen, o bien por estrategia.

El punto medio es, sin embargo, deletéreo porque neutraliza todo lo que cuestiona el sentido unitario de la realidad. Porque, de todos es sabido, esto es lo que hacen las mujeres: expresan malestar y deseos que desenmascaran la parcialidad de las tradiciones que no las incluyen y que aún no las quieren incluir y, de esta manera, abren la discusión a muchas otras diferencias.

Desde ese punto de vista, las teologías de las mujeres son inquietantes por el desafío que comportan, es decir, salvar lo particular. Hablan de cuerpos, sentimientos, opresiones, vida e historias, quizás porque están menos preocupadas por lo que está por terminar y mucho más atraídas por lo que está naciendo.

Así emprendieron los caminos de los procesos pascuales que pasan por la existencia. En este sentido, no se trata de teologías progresistas: no es lo nuevo lo que atrae, sino el florecimiento del ser.

El sueño femenino no es solo para mujeres


Recuerdo lo que la filósofa María Zambrano escribía sobre las ruinas en un artículo de 1949 probablemente escrito en Roma durante una de las etapas de su larguísimo exilio del régimen franquista.

Frente al Foro Romano, Zambrano advierte el pathos que emana de las ruinas. Para ella, las ruinas son siempre una metáfora de la esperanza que se empeña a mostrarse incluso en las crisis y fracasos. Algo sagrado permanece en el aire, es la huella del pasado que se ha perdido, pero también es el canto de lo que se ha ganado y no ha dejado de lanzar un llamamiento. Así la hiedra, el musgo o la hierba que se abre paso por las grietas de las piedras que quedan, que tanto encantaron a Zambrano, son también la imagen de esa obstinada esperanza de las mujeres dentro de nuestras comunidades, que en el fondo no es otra cosa que el delirio de la vida misma que pide expresamente ser compartida.

de Lucia Vantini
Docente de Filosofía y Teología del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Estudio Teológico de San Zeno de Verona.
Miembro de la Comunidad filosófica Diotima.
Vicepresidente de la Coordinadora de Teólogas Italianas