· Ciudad del Vaticano ·

Miradas distintas

La fuerza misteriosa
del claustro

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02 enero 2021

La empresa de Rosvita de Gandersheim, abadesa y escritora de la corte


Cuando estaba en el colegio, en Palermo, en un edificio Art Nouveau en la frontera entre la ciudad pequeñoburguesa y la ciudad marginada, tuve una compañera que quería ser monja de clausura. Era finales de los setenta y el mundo de fuera del aula nos asustaba y atraía al mismo tiempo. Había terrorismo y había heroína mientras florecía el feminismo en una tensión cultural que apuntaba a una crisis, era el preludio de un cambio. Chicos y chicas, cada uno a su manera, invadían las plazas batiéndose por su futuro. Todos menos ella. La mayoría de mis compañeros y compañeras la miraban de lejos y la mantenían al margen de las conversaciones que, por otro lado, a ella no le interesaban. A veces se olvidaban de ella por completo. Yo también lo hacía. Yo vivía deprisa, siempre estaba discutiendo o leyendo libros, periódicos, reseñas, todo lo que caía en mis manos lo leía e interpretaba. Y me preguntaba: ¿cómo podría darme cuenta entonces de su tranquila inmovilidad?

Fue entonces cuando descubrí en la biblioteca de mi padre un librito de la editorial Bur con Rosvita, Tutto il teatro escrito en él. Cuando ojeé sus páginas y descubrí que la protagonista era una monja, una joven abadesa que escribía en latín antes del año 1000, quedé profundamente impactada. Me gustaba Saffo, Vittoria Colonna, Gaspara Stampa... buscaba mi genealogía femenina, incluso antes de pensar en mí misma como mujer. Así que le di la bienvenida a Rosvita, Rosvita de Gandersheim.

Me entusiasmaba la leyenda, que circulaba desde hace siglos, de que su teatro estaba escrito para ser representado en un convento. Me imaginaba a monjas jóvenes con ropas ligeras que en una habitación de piedra se disfrazaban de poderosas deidades clásicas intentando doblegar a jóvenes frágiles, que, sin embargo, como en una caricatura de Warner&Bros, siempre vencían a estos seres fuertes. Me imaginaba a las religiosas como jovencitas, -incluida Rosvita-, en un lugar alejado de la brutalidad, lleno de fuentes heladas en invierno, un lugar de paz, de voces y de amplias carcajadas. Las imaginaba inclinadas sobre el mundo desde las arcadas de su claustro como querubines del cielo, cómplices y curiosas. Quizás eso mismo me fascinaba en mi compañera, Elisabetta, que era como se llamaba.

Muchas veces me llevaba libros al colegio que leía debajo de mi pupitre. Uno de ellos solía ser el del teatro de Rosvita, que era tan pequeño que me cabía en el bolsillo. Leía algunas líneas del texto y fijaba la mirada en Elisabetta. A veces, producía en mí el efecto de un imán, de una provocación. Tenía el pelo rizado, entre rubio y pelirrojo, su rostro era ancho y plano, el color de su piel era lechoso y cuando la miraba, sus ojos pequeños y oscuros me devolvían la mirada con cierta ironía. Que se imaginara a sí misma como una monja de clausura era algo que me llenaba de inquietud. Me hacía la encontradiza con ella en el recreo para preguntarle qué pensaba cuando, de cara a un mundo desesperado, lleno de dolor y necesidad, ella miraba hacia otra parte. Reconozco que la provocaba: quieres cultivar tu huerto y no te importa nada más. Ella, que vestía rosa salmón y se movía lentamente llevando una exasperante calma al pasear, siempre estaba tranquila. Permanecía indiferente a mis comentarios. Me explicó el poder de la oración, intentó mostrarme otro camino, una cura para el mundo por otros medios, mientras esbozaba una dulce sonrisa divertida que se entremezclaba con un ligero aire de superioridad. Quién sabe si era consciente de la violencia cotidiana, la violencia entre hombres y mujeres, entre quien tiene dinero y quien no, entre quién está arriba y quién está abajo... Cuando estaba con ella sentía que el deseo de vivir de todos nosotros, el deseo de los cuerpos y de los pensamientos, incluso el deseo de justicia, no lo eran todo, no agotaban la realidad. En sus palabras, sentía la fascinación de otra posibilidad de estar en el mundo lejos del frenesí, pero no por ello menos arriesgada. Quién sabe si mi lectura de la obra de la monja de Gandersheim tuvo algo que ver con esta otra posibilidad: en la única imagen que había visto de ella, Rosvita también mostraba una sutil sonrisa divertida.

Rosvita está considerada la primera escritora alemana, aunque siempre escribió en latín. Vivió en una época difícil de imaginar. Nació alrededor del año 935 y era noble. Su obra fue dada a conocer en 1501 por el humanista alemán Conrad Celtis. Hay quienes creen que entró en la abadía de Gandersheim, en Baja Sajonia, cuando era niña y que estudió allí. Otros piensan que ingresó en el convento de adulta después de una vida en la corte; también lo creen porque por sus obras pareciera que haya observado directamente los impulsos mundanos de los que habla. Parece que también fue una escritora de la corte que estaba familiarizada con los muros centenarios dentro de los que vivió, al menos en un período de su vida, no siendo ajena al mundo del poder, la violencia y los matrimonios concertados de nobles y reyes. Escribió Gesta Oddonis Caesaris Augusti y Siete leyendas. Sobre la formación en el convento tenemos su testimonio directo. Rosvita narra que escribió ​​sus Leyendas “primero a través de la enseñanza instructiva de la muy culta y amable maestra Rikkardis (...) y luego bajo la benevolente consideración de la real Gerberga”. Antes del año 1000, había una red de cultísimos estudiosos de los clásicos y de maestros que se sucedían en la Abadía de Gandersheim y que se reconocían entre sí con respeto y autoridad. Probablemente Rosvita en sus lecciones había leído a Terencio, a Virgilio, a autores cristianos latinos o a Boecio. Conocía la escolástica. Escribió en latín las seis comedias que contenía mi pequeño libro de la Bur: Ahbraham, Pfnutius, Calimachus, Dulcitius, Gallicanus, Sapientia. Su modelo era Terencio, su teatro era la comedia, en todos los sentidos. Hacía reír a la gente y tenían un final feliz, aunque a menudo en sus tramas el final feliz era la muerte. Las seis comedias de Rosvita hablan de personas poderosas que quieren obligar a jóvenes hermosas a hacer cosas que no quieren, -como tener sexo, casarse o renunciar a su fe-, o cuentan historias de prostitutas que, con la ayuda de sabios y santos, logran dejar el camino del vicio y convertirse en ermitañas. De los dos tipos, yo prefería el primero. Me gustó mucho la historia de Dulcizio que trataba de forzar a tres chicas que se escondían en un armario. Cuando el hombre entraba por la fuerza, ellas desaparecían y en su lugar aparecían sartenes y ollas. Después un tipo peor que Dulcizio las asesina, pero no consigue hacer que hagan nada en contra de su voluntad. Me entusiasmaban las jóvenes de Rosvita que entregaban la vida sin sufrir, y sin siquiera dar demasiada importancia al asunto, con tal de escapar de la violencia, la opresión o los matrimonios impuestos. Me gustaba perderme en ese gran guiñol medieval fantasioso de torturas que eran trivializadas porque los cuerpos despedazados no sufrían y hasta la muerte se recibía con agradecimiento. Esta vuelta de tuerca me conmovía y siempre me conmoverá porque suponía que el pequeño vence al grande, que el débil gana al fuerte y el desamparado enseña al poderoso que hay otra fuerza mucho más grande que la fuerza. Yo no sabía qué nombre darle a esa fuerza, pero siempre la encontraba aquí y allá, en la realidad o en los libros: en la Leyenda de Numa Pompilio que se libera de la guardia de Rómulo para presentarse al pueblo romano; en el Adelchi de Manzoni; en Ermengarda; en las historias que alguien me contaba sobre la no violencia de Gandhi; y también en su versión más estrambótica, en Rosvita y sus diálogos escénicos.

Intuía que también mi compañera Elisabetta sabía mantenerse al margen de todo, de no resbalar por la pendiente de la sed, la curiosidad y el conformismo natural de los trece años, porque la sostenía una fuerza misteriosa. No sé qué vida está viviendo ahora y si en realidad se hizo monja, pero lo que sé es que ella ya conocía la paz. Yo, en cambio, vivía abrumada por el anhelo que me llamaba y el rechazo que me hacía retroceder: espiaba el mundo lo mejor que podía sin ninguna protección real.

de Carola Susani


La abadía


La abadía de Gandersheim era una casa de canonesas seculares. Fue fundada en 852 por el duque Liudolfo de Sajonia y su esposa Oda, quien, durante una peregrinación a Roma en 846, obtuvo el permiso del Papa Sergio II junto con las reliquias de los santos Anastasio e Inocente, patronos todavía de la iglesia abacial. La “Fundación secular libre imperial de Gandersheim”, como se conoció hasta su disolución en 1810, era una comunidad de hijas solteras de la alta nobleza que llevaban una vida piadosa, pero sin haber hecho votos, lo que explica el término “secular”.


Canonesas


Las canonesas, conocidas como Stiftsdamen, podían tener propiedades privadas y, como no habían hecho votos, podían abandonar la abadía en cualquier momento. No estaban lejos del mundo: frecuentaban la corte imperial de los reyes otonianos y de la dinastía sálica que con su corte residían en Gandersheim. Una de las principales tareas de las hermanas era la de educar a las hijas de la alta nobleza, que en cualquier caso no estaban obligadas a convertirse en miembros de la abadía.


La autora

Escribe para jóvenes y mayores. Es redactora de Nuovi Argomenti, organiza talleres de lectura y escritura y forma parte de la asociación Piccoli Maestri.
En 1995 se publicó su primera novela, Il libro di Teresa (Giunti). Otros de sus libros son Il licantropo (Feltrinelli 2002), Eravamo bambini abbastanza (minimum fax 2012), Terrapiena (minimum fax 2020). Forma parte del Comité de dirección de “Mujeres, Iglesia, Mundo”.