· Ciudad del Vaticano ·

En la literatura

Gertrude, pero no solo ella

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02 enero 2021

Las religiosas protagonistas de grandes novelas


Gertrude y Maria. En Italia, cualquier discurso sobre las religiosas en la literatura gira en torno a una polaridad, la que oscila entre la poderosa figura de la monja de Monza en I promessi sposi y la desolada protagonista de Storia di una capinera. Ambas son religiosas por la fuerza.

La dimensión trágica de una vida devastada por una elección impuesta y, por tanto, cruel, siempre ha sido dominante en la literatura. Sin embargo, son frecuentes en la vida de la Iglesia las historias de mujeres que eludieron las ambiciosas políticas de sus familias, -muchas veces alentadas por madres y hermanas conscientes de la alienación de la vida matrimonial impuesta por la fuerza-, para exigir el derecho a una alternativa conforme a sus aspiraciones. Santa Clara fue la primera.

La fama de Gertrude está indudablemente ligada a la centralidad de la novela de Alessandro Manzoni en la literatura italiana, así como en la historia de la lengua; pero también la Capinera es un personaje que casi todo el mundo conoce, más allá de la lectura de la novela de Giovanni Verga, y que se impone en la imaginación por la conmovedora desolación de su destino.

No podrían ser más diferentes entre sí. Gertrude es una criatura corrompida por el pecado, pasional y caprichosa, mientras que María es virginal, temerosa de la naturaleza. Gertrude oscura y y sin redención, y Maria es luminosa, dócil como un cordero y resignada.

Tienen distinto carácter por desventuras varias de la vida, por la época, por los lugares donde vivieron, -una en el siglo XVII milanés, otra en el siglo XIX siciliano-, y por su origen social, pero ambas comparten varias cosas. La primera es esta temática literaria como denominador común omnipresente en todas las épocas, es decir, la reclusión forzosa en el convento por voluntad de las familias. La segunda es consecuencia directa de la anterior: la imposibilidad de evadir la voluntad de los hombres que disponen de su destino de manera despiadada, como si fueran objetos de carácter funcional que utilizar exclusivamente según la lógica del lucro o la conveniencia. Son los padres, pero a veces también las madres, las madrastras, los hermanos o las hermanas quienes intervienen en un verdadero lavado de cerebro, especialmente en el caso de Gertrude. Porque a diferencia de Maria, que es humilde y vulnerable, pero pronto se da cuenta de la opresión que la inmoviliza, Gertrude más dura y orgullosa, es la que sin saberlo sufre el peso de una educación despiadada y es convencida con todos los trucos para creer que quiere lo que no le corresponde, según un modelo pedagógico que despertaría admiración por su efectividad si se pudiera ignorar la ferocidad que esconde.

El destino de Gertrude se abre y se cierra en torno a una frase, la más conocida de la historia que la concierne: y la desgraciada responde. Como suele ocurrir con los autores de la grandeza de Alessandro Manzoni, la perífrasis tiene un significado mucho más amplio que el referido al contexto en el que se pronuncia. En la novela coincide con el acto que pierde a Gertrude para siempre, escuchar la voz y las palabras melifluas de su amante Egidio, -en lugar de ignorarla como requería su estado monástico-, y responderle. Pero también son el epítome de un destino más amplio y omnipresente que los límites del episodio. La desgraciada mujer responde no solo a Egidio, sino a todo el plan familiar que pende sobre ella, y comienza a hacerlo mucho antes del encuentro con el hombre, al ser trágicamente explotada para aceptar la expropiación de su destino a favor de los intereses de aquellos que deberían haberla protegido y amado. En esto radica la tragedia y aún más la modernidad. Los contextos cambian, no la naturaleza de las relaciones. No hay dolor más insoportable que el que proviene de la traición de quienes deberían habernos cuidado.

El destino del encarcelamiento y la infelicidad que afecta a las monjas por la fuerza es un tema que tiene una centralidad muy fuerte en toda la literatura dedicada a la mujer consagrada. Tenemos potentes ejemplos y en no pocas ocasiones de carácter autobiográfico como I misteri del chiostro napoletano, publicado en 1864 por la escritora Enrichetta Caracciolo, joven religiosa en Nápoles, en la iglesia de San Gregorio Armeno, que, tras ser liberada de sus votos, se convierte en devota seguidora de Giuseppe Garibaldi y defensora de los derechos de la mujer. Dos siglos antes vieron la luz Le lettere di una monaca portoghese, de autor anónimo, publicadas por primera vez en París en 1669, que exploran las implicaciones eróticas y sensuales de las prisioneras seducidas en un convento. O la historia de Suzanne, contada en La Religieuse por Denis Diderot (novela publicada póstumamente en 1796), que en los primeros capítulos recuerda a la cándida dulzura de la Capinera di Verga, pero luego se revela como una mujer de temperamento completamente diferente, convencida en decidir por sí misma a cualquier precio.

Para encontrar un punto de vista diferente, tenemos que mirar mucho antes y mucho después de este tiempo. Por un lado, el siglo XX y el siglo XXI, y por otro, la Edad Media. Una religiosa está presente en las historias de dos escritoras italianas: Elsa Morante y Rosella Postorino. La primera con Le ambiziose, publicado en la revista Oggi en 1941; y la segunda con In una capsula, que forma parte de la colección Ragazze che dovresti conoscere, que vio la luz en 2004. Ambas publicaciones tienen mucho en común porque hablan de dos mujeres de fuerza cristalina que abrazan la elección de una fe radical con una determinación desprovista de sombras, porque ambas la desean con el cuerpo y con el alma. La monja de Postorino se tumba en oración en el suelo hasta hacer que el mármol y la carne sean una sola cosa. Concetta, en cambio, la protagonista de la historia de Morante, vive deslumbrada por la estética de lo sagrado, la solemnidad de las catedrales, los lirios, los cirios y las vidrieras.

En cambio, dos hombres prefieren una representación diferente del alma de la religiosa. Guido Piovene y Giovanni Arpino son los autores, respectivamente, de Lettere di una novizia, de 1941, y de La suora giovane de 1959. Solo el primero retoma con rigor la cuestión de la religiosa forzada. Pero independientemente del deseo de hacer votos, -al parecer la protagonista de Arpino, Serena, entra voluntariamente al convento, no por fe sino más bien por necesidad-, lo que tienen en común es la maldad. Un rasgo negativo y perturbador que no se puede comparar con la dimensión trágica de Gertrude, sino que corresponde más bien a un personaje artificial, de una astucia barata, -más oportunista en el caso de la novela de Arpino en la que Serena se limita a engañar a un hombre para procurarse tranquilidad-; más crudo en el de Piovene, que dibuja a una mujer, Rita, que escapa a toda responsabilidad hasta el punto de llegar al crimen.

Pero junto a muchas mujeres obligadas a entrar en clausura hubo quienes hicieron el recorrido al revés. La literatura medieval está llena de estos ejemplos.

La Legenda Sanctae Clarae Virginis, atribuido a Tommaso da Celano, es un texto oficial, encargado por un Papa con fines educativos y devocionales, y por eso mismo es aún más sorprendente. La prosa curial y canónica vibra por la determinación impetuosa de Clara, que en varios momentos supera la retórica del género hagiográfico para revelar, con la furia de las llamas, la naturaleza ígnea de la protagonista. Hay un gesto, un acto entre muchos en la biografía de Clara de Asís, que no sería nada inapropiado definir como “político”. Cuando los hombres de la familia, enfurecidos, fueron a buscarla al monasterio donde se había refugiado después de huir, sus amenazas no llegaron a amedrentarla. Y tampoco los gritos, ni la violencia, ni la sorda negativa a comprender. Tuvieron que desistir ante una potente declaración: Clara se aferró al altar con todas sus fuerzas y descubrió la cabeza mostrando su ausencia de pelo, del cabello que Francisco de Asís le había cortado en la Porciúncula para marcar su nueva condición de consagrada penitente. Fue lo que los silenció. La coincidencia entre fe y elección, entre cuerpo y voluntad, entre alma y ambición. Ese gesto les decía a todos: yo soy esto. Y sin esto, no soy. Respetad mi voluntad.

de Emanuela Canepa *

* El último libro escrito es «Insegnami la tempesta» (Einaudi, 2020).  Una de las tres protagonistas es una religiosa, Irene, un personaje que encarna tanto la idea de fuerza como la idea de maternidad espiritual. Mientras lo escribía, pensaba en Teresa Forcades, monja española benedictina, mística, activista y médico, criatura de claustro y, al mismo tiempo, abierta al mundo hasta sus últimas consecuencias.