· Ciudad del Vaticano ·

Entrevista con Rosa García Gutiérrez

Un Premio Nobel
todavía desconocido

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23 diciembre 2020

Juan Ramón Jiménez, reconocido con el premio Nobel de Literatura en 1956, sigue siendo un gran desconocido. No solo fue un poeta central del siglo XX, extraordinariamente original y valiente, sino también una figura cultural de primer orden y una vigencia sorprendente. Así lo asegura Rosa García Gutiérrez, directora de la Cátedra Juan Ramón Jiménez de la Universidad de Huelva.

¿Cuál es la misión de la Cátedra Juan Ramón Jiménez?

La Cátedra, que se fundó en el año 2014, tiene como objetivo fomentar en todos los ámbitos el conocimiento de la vida y la obra de Juan Ramón Jiménez. Para ello, desarrolla ciclos de conferencias, cursos de verano, simposios internacionales y exposiciones, siempre en estrecha colaboración con la Casa Museo Zenobia-Juan Ramón Jiménez y con Carmen Hernández Pinzón, sobrina nieta del poeta; ha puesto en marcha la Biblioteca de Estudios Juanramonianos, colección de libros que se aloja en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Huelva; colabora en la financiación de investigaciones en torno a la obra del poeta; y recibe alumnado en prácticas tanto de la propia Universidad de Huelva como de la Universitá degli Studi di Torino, a través de un convenio con la profesora Isabella Mininni. Creemos que, a pesar del Nobel, Juan Ramón Jiménez sigue siendo un gran desconocido.

Juan Ramón Jiménez, principalmente conocido por su obra Platero y yo, pero su obra va mucho más allá. ¿Por qué cree que esta ha sido su obra más destacada?

Juan Ramón fue autor de una obra inmensa, difícil de abarcar y no siempre accesible para todo el público. La escritura de Platero y yo coincidió con años de enorme productividad, poemarios y libros en prosa que quedaron a veces inéditos, y ese libro sirvió para aquilatar su lugar en el panorama intelectual de la segunda década del siglo XX. Su éxito fue inmediato: la edición de 1914 en la colección ‘Biblioteca Juventud’ lo consagró como posible lectura infantil, y la de 1917 en la editorial Calleja como un libro que concentraba los ideales poéticos y humanistas de la Institución Libre de Enseñanza y el posmodernismo. Platero y yo condensó las preocupaciones sobre España y la modernidad de las élites intelectuales y ofreció nuevas posibilidades para la prosa poética. La complejidad y hasta el hermetismo de los libros poéticos posteriores realzó el éxito popular de Platero y yo, del que fue consolidándose una lectura costumbrista y naive que no hace justicia a su componente crítico. Mucho después, el sistema educativo franquista contribuyó a reducir la heterodoxa e incómoda figura de Juan Ramón a Platero y yo, un libro excelente y complejo, pero con el cual era fácil trasladar una imagen convenientemente inocua del poeta y borrar su obra en el exilio. La inserción en el sistema educativo –no solo español- de Platero y yo hizo a Juan Ramón inolvidable pero también sepultó gran parte de su obra.

¿Cómo influyó su matrimonio con Zenobia Camprubí en su obra?

Enormemente. Cuando conoció a Zenobia, Juan Ramón llevaba tiempo buscando un nuevo camino poético e intentando librarse del solipsismo quejumbroso de sus primeros poemarios, que le resultaba estéticamente agotado y, además, le generaba dudas éticas. Las cartas que se intercambiaron durante el noviazgo muestran cómo el temperamento y las opiniones poéticas de Zenobia lo ayudaron a despedirse de esos amarres decadentes y a forjar el nuevo yo poético que irrumpió de manera decisiva en Diario de un poeta recién casado. El propio título de ese libro de 1917, que funde la experiencia poética con la matrimonial, lo dice todo. Zenobia, que era bilingüe, ayudó a Juan Ramón con el inglés y lo acercó a poetas que le serían fundamentales tras el Diario: Emily Dickinson, Tagore, Ezra Pound o Yeats, entre otros. Es un error pensar que esta mujer moderna y decidida abandonó su vocación para ponerse al servicio de Juan Ramón. Escribió alguna vez de joven, pero su vocación no fue la literaria. Su actividad pública fue inagotable, y más aún al lado de Juan Ramón: fue figura central del Lyceum Club Femenino, institución fundamental para el desarrollo del feminismo en España, emprendió negocios relacionados con el mundo de la artesanía popular, o dio clases en la Universidad de Maryland durante el exilio. Su personalidad alegre y resolutiva, también su concepción de la ética personal, fueron siempre un contrapunto fundamental para la desmesura emocional de Juan Ramón.

¿Qué papel tuvo Juan Ramón con la generación del 27?

Por edad, Juan Ramón fue primero maestro de los jóvenes que formarían la Generación del 27, y después, su contrafigura: ese padre simbólico que era preceptivo cuestionar y desacralizar para conquistar el presente poético y legitimarse en él. Juan Ramón no supo entender bien este mecanismo inherente a la tradición moderna y le dolieron y ofendieron, tal vez en exceso, algunas de las reacciones que los antiguos discípulos escenificaron contra él. Sin embargo, es imposible entender la poesía de la Generación del 27 sin el magisterio de Juan Ramón e, incluso, se podría decir más: el viejo Juan Ramón acabó superando en modernidad y osadía a muchos de sus discípulos. Si la Generación del 27 quiso hacer de Juan Ramón la arquetípica figura de autoridad, el padre simbólico contra el que definirse, lo cierto es que Juan Ramón fue un padre díscolo, con frecuencia menos sumiso a la ortodoxia y a la oficialidad de lo que algunos miembros de la Generación del 27 acabaron siendo. Es conocido el enfrentamiento que mantuvo con Neruda a comienzos de los 30, ejemplo paradigmático del parricidio literario que caracterizó a las vanguardias. Menos conocida es la rectificación que en los años cuarenta publicó Juan Ramón corrigiendo algunos de sus juicios negativos sobre el chileno.

¿Cómo explicaría a un público internacional la contribución de Juan Ramón Jiménez a la poesía y al pensamiento hispánicos?

Con Juan Ramón Jiménez puede explicarse toda la poesía española moderna, desde el Modernismo hasta los años cincuenta. En todas y cada una de las fases de la tradición poética moderna, Juan Ramón fue central: lo fue en el Modernismo español, en el Novecentismo, en los años veinte, en la poesía española del exilio y, sobre todo, en la superación de las aporías de las vanguardias históricas con su poesía final, sobre todo a partir de Animal de fondo (1949), una poesía escrita en estado de gracia que sigue siendo un acto de fe en el arte, la belleza y el espíritu en años de dolor, guerras, totalitarismos y un clima nihilista marcado por el escepticismo al que nunca se plegó, a pesar de sus profundas crisis depresivas y sus periodos de letargo emocional.

Menos conocido pero fascinante es el Juan Ramón pensador: es falsa la caricatura que lo retrata como un poeta encerrado en su torre de marfil. Las conferencias que pronunció durante el exilio en Estados Unidos e Hispanoamérica nos lo muestran como un intelectual singular, muy consciente de su tiempo, honesto e insobornable, poseedor de lo que él mismo denominó una “política poética”: una visión del hombre en la polis en la que la Poesía, entendida como una forma de cultivo de la sensibilidad, ocupa un lugar central y se convierte en argumento para redefinir y restituir provocadoramente conceptos como “comunismo” o “aristocracia”. En el diseño de esta política poética su mirada permanente a España, su rechazo radical a la dictadura franquista y la actualización de los ideales democráticos de la Institución Libre de Enseñanza fueron fundamentales.

¿Cuál es la relación entre Juan Ramón Jiménez e Hispanoamérica? ¿Qué aportó esta relación a su obra o cómo influyó en ella?

Juan Ramón siempre contó que su fascinación por América empezó siendo niño: nacido muy cerca del Monasterio de la Rábida, lugar emblemático del encuentro entre los continentes, recuerda cómo se encendía su imaginación al observar los cofres con tierra de cada país de América Latina que todavía hoy se conservan allí. Luego llegaría la figura de Rubén Darío, el gran maestro al que siempre adoró, al que dedicó un libro –Mi Rubén Darío- y que lo puso en contacto con el Modernismo hispanoamericano. Es cierto que hacia 1910 Juan Ramón se distanció de la poesía hispanoamericana, pero poco después entablaría relaciones muy estrechas con Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña, que fueron fundamentales a la hora de determinar el reencuentro de Juan Ramón con la literatura hispanoamericana.

¿Cómo contribuyó en las relaciones literarias entre España e Hispanoamérica? ¿Qué huella dejó en los países hispanoamericanos en los que estuvo?

Sobre todo, a través de los concursos y certámenes de poesía para jóvenes que organizó o con los que se involucró tanto en Cuba como en Argentina. Juan Ramón era un poeta conocido y muy respetado, y su llegada a Cuba o Argentina fue un acontecimiento entre las jóvenes generaciones poéticas. No fue fácil para Juan Ramón, que arrastraba el dolor de la guerra y el exilio, pero aceptó participar en tareas que ayudaran a fomentar la poesía en la juventud y se entregó a ello con entusiasmo y compromiso, casi como un deber.

de Rocío Lancho García