· Ciudad del Vaticano ·

Jesús, el medico del amor divino integral

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En tiempos de pandemia

07 octubre 2020

El COVID-19 no hizo ni hace acepción de personas. De alguna manera su ADN virulento no discriminó razas, nacionalidades ni estatus social o económico en sus víctimas. Sin embargo, esa horizontalidad igualitaria del coronavirus se encontró a su paso por el planeta con desigualdades y discriminaciones prexistentes. Es curioso y triste a la vez que muchos hayan necesitado del ataque de un enemigo invisble para que se visibilicen pandemias subyacentes en el seno de una humanidad enferma. Enferma con los virus de las injusticias sociales, la desigualdad de oportunidades, la marginalidad selectiva de clases, la desprotección de los descartados y el egoísmo de quien acumula egoístamente para sí recursos sanitarios limitados.

En el relato del evangelio juanino, y en ocasión del tercer signo milagroso de Jesús, se presenta una escena que nos puede ayudar a comprender situaciones como las que estamos viviendo. Pero lo que es más importante, nos inspirará para reflexionar en el modelo del Maestro para sanar con su Amor. El Papa Francisco, en su tercera catequesis sobre “Sanar el mundo” de 19 de agosto pasado, citó este texto bíblico con estas palabras: “Con el ejemplo de Jesús, el médico del amor divino integral, es decir de la sanación física, social y espiritual (cfr. Jn 5, 6-9) —como era la sanación que hacía Jesús—, tenemos que actuar ahora, para sanar las epidemias provocadas por pequeños virus invisibles, y para sanar esas provocadas por las grandes y visibles injusticias sociales”. [1]

El texo relata el espacio y la situación con la que se encuentra Jesús de esta manera: “ Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamda en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos. Bajo esos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua” (Jn 5, 2-3).

Jesús  se encuentra allí con un “mundo” integralmente enfermo. Una enfermedad evidente en el universo de personas con todo tipo de dolencias que anhelaban ser sanadas. Una segunda enfermedad provocada por el sistema sanitario que en la práctica era una “oferta milagregra meritocrática”. Esto era así, porque la creencia popular de que quien llegara primero al estanque luego de la infrecuente agitación del agua quedaría sano, generaba una evidente injusticia. Los más débiles y los que estaban en las periferias de ese hospital místico no tenían chance de llegar. Una tercera enfermedad marcada por diferencias de clase económica. Quienes tenían “un plan preferencial de clase” de los recursos de acceso estaban mejor posicionados para salvarse. Aquel que tenía una “ambulancia propia” con criados que lo llevasen a la zona de la terapia intensiva del agua removida tendría más “oxigeno” de chances de supervivencia. Una cuarta enfermedad, la del egoísmo. Si tuviéramos que darle nombre a ese hospital, lo podríamos llamar “Sálvese quien pueda”. Como solo había lugar para uno solo en el momento de la  agitación de aguas, la competencia era brutal. Solo los más fuertes, los mejor ubicados y paradójicamente los menos graves podían sanarse, y al hacerlo les ganaban a los débiles, los alejados y los graves.

En esta pandemia, como dijimos al comienzo los más vulnerables y los pobres tuvieron que sufrir las asimetrías de un derecho humano esencial como es la salud. En este universo mundial o local de enfermedad viral, fueron los que perdieron la carrera de la meritocracia social, del querer y no poder, de la injusticia sanitaria, de la escasez de recursos, del egoísmo de los derechos sanitarios de clase y de sus agravantes prexistentes. En este sector que genéricamente podemos llamar “los pobres frente a la pandemia” encontramos a los ancianos, que por su edad, enfermedades prexistentes, hacinamiento en asilos invivibles o descartados de hecho frente a otra persona en el uso de un solo respirador disponible llevaron todas las de perder. Luego, los pobres en términos económicos. Desde luego que debemos considerar a los habitantes de la villas, las favelas o los barrios de las periferias humanas y existenciales. Su vulnerabilidad dada por sus pocas defensas originadas por su mala alimentación desde niños o su escasa o nula detección de enfermedades agravantes como la diabetes, los hizo quedar a mitad de camino o a las puertas del corredor sanitario. Finalmente, los pueblos originarios, especialmente en los hermanos y hermanas de la Amazonía. Sin anticuerpos ancestrales ante enfermedades virales y con escaso acceso a recursos de protección sanitarias fueron los que tuvieron que ver enfermar y morir a sus hermanos con la tristeza de no poder levantar los brazos y los pies para cambiar un ápice su situación.

Pero Jesús, nuevamente nos marca el camino con su amor. En el texto seleccionado, él elige a una persona gravemente enferma, imposibilitada de caminar, tirada en los márgenes del estanque-hospital, habiendo esperado 38 años (más de una generación) su sanidad, pero con la esperanza sencilla y noble de los pobres y vulnerables. El diálogo entre Jesús y esta persona es aleccionador. “Jesús le preguntó ¿Quieres curarte?. El respondió: Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras que yo voy, otro desciende antes. Jesús le dijo: ¡Levántate, toma tu camilla y camina! Enseguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar!” (Jn 5,6-9). Jesús rompe con su amor activo el sistema sanitario basado en la meritocracia existencial, en la opción preferencial por lo ricos, la exclusión a favor de los poderosos y en la injusticia del egoísmo y el individualismo como recursos salvíficos.

Si el COVID-19 no discrimina pero se recrudece en un mundo prexistente en proporciones tan injustas como negativas en los pobres y vulnerables, debemos cambiar ese mundo. Con el ejemplo de Jesús, el médico del amor divino integral debemos actuar ahora para construir un mundo post pandemia más justo, inclusivo y misericordioso. Y para ello debemos revertir en forma decisiva las desigualdades a la manera del Hijo de Dios. Esta vez, la reconstrucción se hace desde el amor de Dios. El amor de poner las periferias en el centro. El amor de que ahora los últimos serán los primeros. El amor de que los pobres serán por fin bienaventurados. El amor de que el signo de nuestra nueva humanidad sea formada por el Dios Trino y su Reino de justicia. La reconstrucción es urgente, imprescindible y cristiana. El amor, anclado en la esperanza y fundado en la fe, harán que un nuevo mundo sea posible.

 De Marcelo Figueroa

[1] http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20200819_udienza-generale.html