· Ciudad del Vaticano ·

El sacerdote y la bandera

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02 septiembre 2020

Con la bandera de su Líbano y un pequeño crucifijo entre las manos, el padre  Georges Breidi, religioso maronita originario de Faytroun, un pueblo cerca de Beirut, entró “muy seguro” en el patio San Dámaso del Palacio, ya a las 7.30 del miércoles 2 de septiembre, dos horas antes de la audiencia general: finalmente, desde el 26 de febrero, «cara a cara» y «no pantalla a pantalla» como dijo Francisco.

«Sé que al Papa le importa el pueblo libanés, así como todos aquellos que sufren, por eso esta mañana he venido aquí para rezar junto a él, con la bandera que nos representa y algunos hermanos de mi país» cuenta. Pero «ciertamente — añade — no habría imaginado que el Papa, nada más entrar en el patio, primero bendijera y besara “mi” bandera, y después al final me llamara incluso junto a él, a su cátedra, para rezar y lanzar juntos un llamamiento por la paz y por la justicia a favor de mi gente».

El padre Breire se ha quedado «turbado» — «como seguramente todos los libaneses» — por el anuncio de la Jornada universal de oración y ayuno por el Líbano convocada por el Pontífice para el viernes 4 de septiembre, a un mes de la explosión que provocó numerosas víctimas en Beirut.

«Le doy las gracias, Santidad» ha dicho el sacerdote al Papa, añadiendo: «Necesitamos mucho de su apoyo y del apoyo de la Iglesia universal para decir: “No podemos continuar viviendo así en Líbano”. Hasta ahora más de trescientos mil cristianos han presentado sus documentos para la emigración. Necesitamos de su oración, de su apoyo y de su amor fraterno. Y le esperamos para bendecir nuestra amada tierra. Gracias Santidad. Muchas gracias».

Un “detalle” ha conmovido profundamente al padre Breidi: «Mientras estaba a su lado, el Papa sostenía en una mano una esquina de la bandera...». La pandemia prevé distanciamiento entre personas, pero con este gesto humilde y fuerte el Pontífice realmente ha sostenido mujeres y hombres, jóvenes y ancianos de diferentes confesiones religiosas que están juntos colaborando por el renacimiento del Líbano.

Está en Roma para perfeccionar sus estudios en teología espiritual en la Universidad Pontificia Gregoriana. Y el padre Breidi volverá al Líbano  definitivamente dentro de dos años. «Estoy preparado para ponerme al servicio de mi pueblo - dice - y la atención del Papa, que hoy ha puesto, una vez más con un gesto bendecido, el Líbano en el corazón de la Iglesia universal, es un extraordinario aliento de esperanza para no resignarnos a la violencia y para comprometernos a construir un futuro de paz y de reconciliación».

Los gestos del Papa — el beso a la bandera y el llamamiento por el Líbano lanzado junto con el joven sacerdote maronita - marcaron la audiencia general con el sugerente escenario del patio San Dámaso, ciertamente no nuevo en eventos de esta profundidad.

Francisco llegó en coche, en torno a las 9.20. Le esperaban unas 750 personas - 500 sentadas y 250 de pie - que llegaron a San Dámaso a través de la Puerta de Bronce. Mascarillas y precauciones no impidieron que se creara un clima de encuentro y de oración.

El Papa ha atravesado a pie el “pasillo” central para tomar lugar en la cátedra - junto al Crucifijo - preparada bajo la marquesina de la Escala noble. Y a lo largo del breve recorrido Francisco intercambió, durante unos diez minutos, palabras de saludo con los peregrinos. Lo mismo ha hecho también al finalizar la audiencia antes de dejar el patio, saludando con particular afecto algunas parejas de recién casados y personas con discapacidad: entre ellas, en particular una niña que le ha regalado con ternura dos caramelos.

Al dirigirse a las personas detrás de las barreras, el Pontífice ha respondió con atención a las palabras de saludo de cada uno. Y si un animado grupo de españoles le hacía sentir todo el cariño posible y algunos vietnamitas le regalaban un abanico, con un joven intercambió un saludo sonriente con un toque entre los codos.

Después animó a sor Geneviève Jeanningros, religiosa de las pequeñas hermanas de padre Foucauld, en su servicio entre los feriantes y los marginados en el litoral de Ostia. Particularmente bromista, además, el diálogo con algunos peregrinos venidos desde Altamura sobre la belleza de la tierra pullesa y sobre todo sobre el mar.

Al finalizar la audiencia, el Pontífice bendijo la “primera piedra” para la nueva iglesia parroquial del Sagrado Corazón en Andria, que estará lista en un año y medio. «La parroquia va a cumplir 70 años pero el barrio periférico de la que es referencia está creciendo y hoy el edificio resulta demasiado pequeño para los ocho mil fieles» explica el obispo monseñor Luigi Mansi.

Para llevar al Papa la “primera piedra” - que se pondrá el próximo 13 de septiembre y sobre la cual está esculpida también la imagen de la Virgen de la Confianza -acudieron a la audiencia también el párroco, don Adriano Caricati, con algunos sacerdotes y laicos comprometidos en la vida parroquial: en particular la Acción católica, quiere señalar el sacerdote, «está representada por un chico y un anciano para relanzar un pacto entre las generaciones».

Con aprensión pero también «con confianza», el obispo auxiliar de Lisboa, monseñor Américo Manuel Alves Aguiar, presentó al Papa la situación sobre la próxima Jornada Mundial de la Juventud, prevista para 2022. La pandemia, explica hace todo el camino de preparación espiritual y también logística complicada e incierta. Para la solemnidad de Cristo Rey, el 22 de noviembre debería tener lugar el intercambio de paso de la cruz y el icono mariano entre los jóvenes de Panamá y los de Lisboa. Pero, señala el obispo portugués, "este es el momento de confrontarnos con la esperanza - junto con el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida - para ayudar a los jóvenes a vivir esta experiencia eclesial de comunión en una circunstancia tan particular».

de Giampaolo Mattei