· Ciudad del Vaticano ·

El bosque silencioso Albania

«Nosotras, mujeres católicas, dispuestas a correr riesgos para proteger a los hijos de los musulmanes»

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29 agosto 2020

Monica Bologna y la Casa Betania para huérfanos. Reconocimientos de Mattarella y el Papa Francisco


De todos los niños albaneses que han encontrado refugio y amor en la Casa Betania, uno de repente empezó a llamar a la directora, Monica Bologna, abiertamente “mamma” en italiano, ya que en la casa de acogida se hablan ambas lenguas. Ese niño se llama Angelo, ahora tiene veinte años, y cuando Bologna lo encontró todavía tenía que nacer y ya estaba inmerso en un contexto de violencia y abusos.

Bologna y las voluntarias de la asociación Betania acababan de llegar a Bubq Fushe Kruje, una ciudad a veinte kilómetros de Tirana, un lugar entonces muy pobre en una nación en crisis. La madre espiritual de todas ellas, Antonietta Vitale, fundadora en 1990 de la Asociación Betania en Bosco Zevio, Veronese, quiso fundar una estructura para huérfanos en ese lugar del mundo. Originaria de Basilicata, Vitale había vivido la pobreza y la marginación cuando era joven y por eso, después de haber emigrado al norte, hizo todo lo posible para construir un lugar que en su nombre recordara al pobre pueblo cerca de Jerusalén, que para Jesús era el lugar de la amistad: Betania es recordada por la resurrección de Lázaro que vivió allí con sus hermanas Marta y María. El prefijo “Beth-” en hebreo significa “hogar”. La expresión completa se traduce comúnmente como casa de los pobres.

Mientras la Asociación crecía gracias a los voluntarios, Vitale se encontró acogiendo a varios chicos albaneses que llegaban exhaustos en pateras y por eso eligió en 1998 ir a Albania para ver con sus propios ojos las condiciones de partida. Y así compró un terreno donde construyó la primera misión en el extranjero.

Monica Bologna entonces era maestra de escuela primaria. “No he vivido una vocación para esta vida. El Señor ha iluminado mi camino hacia la Madre Antonia, mi familia temía que me equivocara. En 1999 me fui a Albania pensando en quedarme un mes, todavía estoy aquí. No sabía lo que iba a encontrar, estaba indecisa. Entonces abrí la puerta de la casa de acogida y vi a decenas de niños corriendo hacia mí para abrazarme. Yo, que todavía no había hecho nada por ellos, me convertí en una figura fundamental en unos instantes”.

En esos primeros meses habían acogido a una mujer que se quedó embarazada fuera del matrimonio: “Nos arriesgamos a que vinieran y nos dispararan para echarnos: nosotros, católicos, que cuidamos de los hijos de los musulmanes y que desafiamos abiertamente leyes no escritas, como ayudar una supuesta adúltera que a sus ojos merecía ser asesinada. Los hombres de la familia de su esposo llegaron a nuestra casa armados y furiosos, no entendían el hecho de que éramos mujeres solas y no casadas y que habíamos tomado la decisión de estar del lado de esa chica”. El hijo del escándalo era Angelo: vino al mundo sano, su madre lo abandonó de inmediato y por eso Bologna tuvo que cuidarlo también materialmente. Angelo no lo olvida: ahora estudia literatura italiana en Tirana, siempre la llama.

Después de poco tiempo en Albania, Bologna también decidió hacer los votos de castidad, pobreza y obediencia. El trabajo diario de cuidado y amor comenzó en una condición extrema; muchos niños provienen de familias desfavorecidas donde la violencia es un acto cotidiano y el amor de los padres es algo desconocido. “Muchos iban a morir de hambre y de frío cuando los recogimos, eran ciento veinte y todos muy pequeños”.

Para ellos, Casa Betania organiza actividades escolares y extraescolares, pero es toda la vida desde el amanecer hasta el anochecer lo que hay que pensar, organizar y suavizar. “A veces explotan rabias y nerviosismo, rebeliones y hostilidad. En esos momentos comprendo profundamente su malestar, llevan heridas, pero finalmente logran comprender la gracia de poder vivir en un lugar donde no les falta de nada, junto a su agradecimiento a la providencia por haber hecho que nos encontráramos” dice Bologna que cuenta con alegría su experiencia, e incluso parece minimizarla, como si fuera una vida sencilla igual a las otras. Y sin embargo en 2018 Sergio Mattarella, el presidente de la República italiana, concedió a la Casa Betania en Bubq el título de “Caballero de la Orden la Estrella de Italia” por méritos humanitarios. Los niños que se convierten en chavales y luego en mayores de edad pueden elegir bautizarse y hacer los sacramentos, mientras que otros sin embargo se van y desaparecen para siempre. “He tenido la suerte de experimentar una maternidad espiritual y casi ilimitada porque cientos de niños han vivido aquí. Como un padre, nosotros sembramos aquí y no siempre vemos la cosecha. Hacemos crecer a nuestros hijos dándoles el ejemplo del Evangelio, que es muy concreto: son testigos de que el bien brota en el bien, a veces se necesita paciencia para ver el fruto”. El resultado es que los ex huérfanos suelen volver a Bubq Fushe Kruje con sus esposas o sus maridos e hijos, llaman “abuela” o “tía” a Bologna, una gran familia donde católicos y musulmanes conviven sin conflicto. Un ejemplo tan alto que en el 2014 el Papa Francisco durante su viaje apostólico se detuvo en la casa de Betania de Bubq Fushe Kruje, dando las gracias a Bologna y a la fundadora Antonietta, que a lo largo de los años también ha creado una misión en Kenia y ha abierto nuevos refugios en Basilicata y Cerdeña.

de Laura Eduati