· Ciudad del Vaticano ·

Mis dos Teresas y un encuentro perdido

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Patrona de España y Croacia

29 agosto 2020

La gran mística de Ávila, una mujer sencilla y una escritora


En Roma, en la iglesia de Santa María de la Victoria, la monumental escultura de mármol que representa la transverberación de Santa Teresa de Ávila me ha atraído más de una vez con la fuerza que tienen los fenómenos frente a los cuales debes rendirte admitiendo que ni siquiera en la centésima visión, ni siquiera después de mil exploraciones obtendrás de ellas una sensación de saciedad. Cuando vi la obra de Gian Lorenzo Bernini por primera vez, las dos palabras más adecuadas para llamar a las corrientes de lava que sentí fluir fueron desconcierto y misterio, indistinguibles entre sí. Nunca antes había entrado en esa iglesia, pero volvería. No recuerdo desde hacía cuánto tiempo vivía en Roma, estamos hablando de meses, no de años. Teresa era el nombre de una señora que en ese momento se acercaba a los setenta años y de quien yo me estaba encariñando cada día más; su religiosidad era arcaica y sencilla, y yo me avergonzaba ante su mirada cada vez que me preguntaba por la mía; no sabía qué contestar, y le explicaba: me confirmé hace poco, como si el pasaje del sacramento fuera en sí mismo una pantalla a mi vida, un refugio de nuevas preguntas. O le respondía con una invitación imposible: ¿quieres venir conmigo a ver el Éxtasis de Santa Teresa? Ella negaba con la cabeza, siempre tenía algo que hacer, cocinar para su marido, para los hijos o para el nieto, ir al médico, o simplemente hacía demasiado calor o demasiado frío.

Desde que Teresa murió hace cinco años, no he vuelto a ver la estatua de Bernini. Me gustaba que se llamara “transverberación” hasta el punto que me repetía esa palabra varias veces, por el gusto de corregirme, que hasta hace poco había usado “éxtasis” como sinónimo. Que hubiera un ángel para traspasar a la santa lo cambió todo, la inquietud de esa escena estaba en el conflicto, así que fantaseaba, imaginándome destrozando todo con un martillo, deteniendo el dolor desintegrando las pruebas. No podía. No sólo porque tendría que haber destruido una obra maestra (Bernini, complacido, la define como su “obra menos mala”, es decir, la mejor), sino también porque mi furia hubiera significado la interrupción de la experiencia del placer. Teresa de Ávila escribe: “Un día se me apareció un ángel hermoso más allá de toda medida. Vi en su mano una lanza larga en cuyo extremo parecía haber una punta de fuego. Esto pareció golpearme varias veces en el corazón, tanto que penetró dentro de mí. El dolor era tan real que gemí en voz alta varias veces, pero era tan dulce que no podía desear liberarme de él. Ninguna alegría terrena puede dar tal complacencia. Cuando el ángel sacó su lanza, me quedé con un gran amor por Dios”.

Y yo, ¿quería quizá quitar la mística a una mística?

La obra de Bernini hizo que me interesara por Teresa, a hacerme volver a leer quién era y qué pasos había dado. Recientemente hablé con una escritora, Dacia Maraini, sobre la escritura de las místicas, y después leí las palabras de una filósofa, Luisa Muraro. A propósito de la vida de Teresa, pasada luchando contra la exclusión del femenino de lo divino, Muraro escribe: “A pesar de todo, yo pienso que a las mujeres les ha ido mejor que a los hombres. Estos se han cerrado en una jaula de la que les cuesta salir, ellas sin embargo han podido cultivar una relación más personal y fluida con lo divino”.

Con esta certeza, entremos en la España del siglo XVII. Teresa, nacida rica y nieta de un marrano (judío converso), pasa su infancia leyendo novelas caballerescas, una pasión que heredó de la madre.  Cuando tenía trece años murió su madre y queda la literatura; es entonces cuando Teresa convence a su hermano para que escriba con ella uno de esos libros que a su madre le hubiera gustado (¿escribir una novela no significa quizá escribir una carta de amor a alguien que ya no está?). Para una huérfana de carácter decidido y fuerte, la vida con el padre no es nada sencilla, Teresa se escapa de casa para ir a un convento y enferma de una terrible enfermedad, nunca se recuperará del todo, siempre seguirá padeciendo acúfeno,  migrañas, dolores de corazón y estómago. Cuando está enferma, apenas mueve los dedos. Camina a cuatro patas y dentro de esa parálisis, mientras su cuerpo se convierte en una prisión, comienzan sus experiencias extáticas. Las cataloga en siete grados, siete habitaciones, como un ascenso en siete niveles, la unión con Dios es en realidad un traslado de Dios en su corazón. De esta mujer que se convierte en “Teresa de Jesús” tras su encuentro con él (quién eres tú, le pregunta ella, y ella: “Teresa de Jesús” “y yo Jesús de Teresa”), de esta mujer con el amor más profundo que comienza mantener ocultas sus visiones para no dar demasiado de sí a los demás, para no ser corrompida por el morbo de su mirada, se pueden escribir infinitas biografías. Una se parece a una novela de viajes: cuando se le pide que reforme la orden carmelita, viaja a todas partes para fundar nuevos monasterios, y entre 1567 y 1571 nacen conventos reformados en Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Salamanca, Alba de Tormes. Cuando muere el cuerpo terrenal de Teresa, cada monasterio reclama una reliquia– así, ella continúa viajando incluso después de haber dejado de respirar.

(La Teresa que yo conocí descansa en el pequeño cementerio de su ciudad natal. Durante mucho tiempo su tumba fue provisional, un montón de tierra; hoy una planta con flores rosas cubre el mármol).

La otra Teresa al principio estaba asustada de dialogar con Jesús, de sus apariciones, hasta el punto de consultar a exorcistas y sacerdotes para confirmar que es él y no el diablo. ¿Puede una mujer confiar en sí misma y tener más certezas por sí misma que las confirmaciones de un mundo masculino? Y de nuevo: ¿se puede leer mi pregunta como una distorsión, un forzamiento de una vida contemplativa que mi pequeña y racional mente es incapaz de captar? ¿Dónde empiezo yo y acaba Teresa? La distancia del narrador del objeto narrado debe medirse continuamente, nunca de una vez por todas. Luisa Muraro escribe: “Se trata de esto y no un mero reclamo de igualdad e inclusión en el mundo de los hombres: deshacer las jaulas del clericalismo y el moralismo, superar el nihilismo con la confianza y el amor, hacer que circule por todas partes el espíritu (santo) de la libertad (femenina)”. Teresa informal y diplomática lidera la apertura de los monasterios y luego los administra; Teresa extrema y cautivadora, loca de amor y lúcida en sus elecciones; Teresa intenta convencer a sus hermanas de que coman más, de que no caigan en la consunción si por casualidad viven experiencias místicas, Teresa minimiza, parece sufrirlas a pesar de sí misma, no se enorgullece de su singularidad – Teresa se convierte en la primera mujer doctora de la Iglesia, en 1970. Teresa es ante todo escritora, con la palabra literaria que da testimonio de su vida y ofrece a los lectores su misterio y desconcierto: la utiliza en su autobiografía y en su epistolario.

Entre otras cosas, hay un manifiesto de inclusión: “Cuanto más santas, más afables tenéis que mostraros con vuestras hermanas; nunca huir de ellas, por aburridas o impertinentes que sean con sus conversaciones... Si quieres atraer su amor y hacerles el bien, tenéis que tener cuidado con cualquier rusticidad”. Para Teresa, hay que vivir induciendo en los demás el deseo de emulación. Para ser una buena hermana, los demás necesitan ver en ti lo que les gustaría ser, dice. Solo así se puede tolerar vivir, y equivocarse cuando el demasiado amor, la demasiada perfección alejan del perdón. “…Di por buenas sus excusas. Desde el momento en el me quiere mucho como de mi parte, le perdono el pasado y el futuro, porque el mayor reproche que le tengo es que no disfrutó mucho estar conmigo, y veo bien que ella no tiene la culpa... Créeme que la quiero mucho, y como veo esta voluntad, la mayor parte son tonterías que no vale la pena mencionar”.

Una vez Teresa, la que conocí, me dijo que respondía a todas los desaires “dejando hacer”. Era demasiado joven para sentir la fuerza de esa frase, sentí la debilidad y me enfadé. Pensé que no quería convertirme en una adulta como ella, que siempre haría mis batallas a mi manera y nunca dejaría pasar nada que considerara no íntegro. Quince años después, sé que tenía razón, y a mis pies veo una gran alfombra de “tonterías sin importancia”. He cambiado de opinión sobre casi todo desde entonces, excepto una cosa: no tengo casi nada que ofrecer a nadie, mas que lo que escribo. Este artículo es mi carta de amor para esa Teresa: no es una novela caballeresca, y nace para reemplazar una visita que nunca se hizo a Santa María de la Victoria.

de Nadia Terranova


Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada


Nacimiento
Ávila, 28 de marzo de 1515
Muerte Alba de Tormes, noche entre el 4 y el 15 de octubre de 1582
Venerada por Iglesia católica e Iglesia anglicana
Beatificación 24 de abril de 1614 por el Papa Pablo V
Canonización 2 de marzo de 1622 por el Papa Gregorio XV
Solemnidad 15 de octubre
Doctora de la Iglesia 27 de septiembre de 1970
Patrona de España y Croacia

La autora

Nacida en Messina, ha escrito las novelas “Los años al contrario” (Einaudi Stile Libero, 2015, Premio Bagutta Opera prima) y “Adiós fantasmas” (Einaudi Stile Libero, 2018, finalista Premio Strega 2019). En el ámbito de la literatura para niños y jóvenes, ha publicado “Bruno el niño que aprendió a volar” (Orecchio Acerbo, 2012), “Las nubes por tierra” (Einaudi Ragazzi, 2015), “Cae el mundo” (Mondadori, 2016) y “Homero ha estado aquí” (Bompiani, 2019). En el 2020 “Como una historia de amor” (Giulio Perrone Editore), cuentos dedicados a Roma.