· Ciudad del Vaticano ·

Acciones comunes para salvar la Tierra

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Mensaje del patriarca ecuménico

29 agosto 2020

Con motivo del comienzo del nuevo año eclesiástico, el 1 de septiembre, que coincide tradicionalmente con el Día de Oración por la Protección del Medio Ambiente Natural establecido por el Fanar, el Patriarca Ecuménico, Arzobispo de Constantinopla, difundió un mensaje sobre la protección de la creación que publicamos íntegramente.

Queridos hermanos jerarcas y amados hijos en el Señor:

Es una convicción común que, en la actualidad, el medio ambiente natural está más amenazado que nunca en la historia de la humanidad. El alcance de esta amenaza se manifiesta en el hecho de que lo que está en juego ya no es la calidad, sino la preservación de la vida en nuestro planeta. Por primera vez en la historia, el hombre es capaz de destruir las condiciones de vida en la tierra. Las armas nucleares son el símbolo del titanismo prometeico del hombre, la expresión tangible del “complejo de omnipotencia” del “hombre-dios” contemporáneo.

En el uso del poder derivado de la ciencia y la tecnología, lo que se revela hoy en día es la ambivalencia de la libertad humana. La ciencia está al servicio de la vida; contribuye al progreso, a hacer frente a las enfermedades y a muchas condiciones consideradas hasta ahora “fatales”; crea nuevas perspectivas positivas para el futuro. Al mismo tiempo, sin embargo, proporciona al hombre medios extremadamente poderosos, cuyo mal uso puede transformarse en destructivo. Estamos experimentando la destrucción en curso del medio ambiente natural, la biodiversidad, la flora y la fauna, la contaminación de los recursos acuáticos y la atmósfera, el colapso progresivo del equilibrio climático, así como otros excesos de límites y medidas en muchas dimensiones de la vida. El santo y gran concilio de la Iglesia Ortodoxa (Creta, 2016) decretó con razón y espléndidamente que “el conocimiento científico no moviliza la voluntad moral del hombre, que conoce los peligros pero sigue actuando como si no los conociera” (Encíclica, 11).

Es evidente que la protección del bien común, la integridad del medio ambiente natural, es la responsabilidad común de todos los habitantes de la tierra. El imperativo categórico contemporáneo para la humanidad es vivir sin destruir el medio ambiente. Sin embargo, mientras que a nivel personal y a nivel de muchas comunidades, grupos, movimientos y organizaciones, hay una demostración de gran sensibilidad y responsabilidad ecológica, las naciones y los agentes económicos son incapaces -en nombre de las ambiciones geopolíticas y de la “autonomía de la economía”- de tomar las decisiones correctas para la protección de la creación y, en cambio, cultivan la ilusión de que la reivindicación de la “destrucción ecológica mundial” es una fabricación ideológica de los movimientos ecológicos y de que el medio ambiente natural tiene el poder de renovarse. Sin embargo, la pregunta crucial sigue siendo: ¿cuánto tiempo soportará la naturaleza discusiones y consultas infructuosas y cualquier otra demora en la adopción de medidas decisivas para protegerla?

El hecho de que durante el período de la nueva pandemia de coronavirus covid-19, con las restricciones obligatorias a la circulación, el cierre de fábricas y la disminución de la actividad y la producción industrial, observamos una reducción de la contaminación y su peso en la atmósfera, demostró el carácter antropogénico de la crisis ecológica contemporánea. Una vez más quedó claro que la industria, los medios de transporte contemporáneos, el automóvil y el avión, la prioridad no negociable de los indicadores económicos, etc., tienen un impacto negativo en el equilibrio ambiental y que un cambio de dirección hacia una economía ecológica es una necesidad imperiosa. No existe progreso real que se base en la destrucción del medio ambiente natural. Es inconcebible que se tomen decisiones económicas sin tener en cuenta también sus consecuencias ecológicas. El desarrollo económico no puede seguir siendo una pesadilla para la ecología. Estamos seguros de que existe una forma alternativa de estructura y desarrollo económico más allá del economismo y la orientación de la actividad económica hacia la maximización del beneficio.

El futuro de la humanidad no es el homo œconomicus. El Patriarcado Ecuménico, que en los últimos decenios ha sido pionero en la esfera de la protección de la creación, proseguirá sus iniciativas ecológicas, la organización de conferencias ecológicas, la movilización de sus fieles y especialmente de los jóvenes, la promoción de la protección del medio ambiente como tema fundamental para el diálogo interreligioso y las iniciativas conjuntas de las religiones, los contactos con los dirigentes políticos y las instituciones, la cooperación con las organizaciones y los movimientos ecologistas. Es evidente que la cooperación en materia de protección del medio ambiente crea nuevas vías de comunicación y posibilidades de nuevas acciones comunes.

Repetimos que las actividades medioambientales del Patriarcado Ecuménico son una extensión de su autoconciencia eclesiológica y no constituyen una simple reacción circunstancial a un nuevo fenómeno. La vida misma de la Iglesia es una ecología aplicada. Los sacramentos de la Iglesia, toda su vida de culto, su ascetismo y vida comunitaria, la vida diaria de sus fieles, expresan y generan el más profundo respeto por la creación. La sensibilidad ecológica de la Ortodoxia no fue creada sino que surgió de la crisis ambiental contemporánea. La lucha por la protección de la creación es una dimensión central de nuestra fe. El respeto por el medio ambiente es un acto de doxología del nombre de Dios, mientras que la destrucción de la creación es una ofensa contra el Creador, completamente irreconciliable con los principios fundamentales de la teología cristiana.

Honorables hermanos y amados hijos, los valores favorables de la ecología de la tradición ortodoxa, un valioso legado de los Padres, constituyen un banco contra la cultura, cuyo fundamento axiológico es el dominio del hombre sobre la naturaleza. La fe en Cristo inspira y fortalece el compromiso humano incluso ante los inmensos desafíos. Desde la perspectiva de la fe, podemos descubrir y evaluar no sólo las dimensiones problemáticas sino también las posibilidades y perspectivas positivas de la civilización contemporánea. Pedimos a los jóvenes ortodoxos que comprendan la importancia de vivir como fieles cristianos y personas contemporáneas. La fe en el destino eterno del hombre fortalece nuestro testimonio en el mundo.

Con este espíritu, desde el Fanar, os deseamos a todos un propicio y bendecido nuevo año eclesiástico, fructífero de acciones siguiendo el ejemplo de Cristo, en beneficio de toda la creación y para la gloria del omnisciente Creador de todas las cosas. Y nosotros invocamos sobre vosotros, a través de las intercesiones del Santísimo Theotokos, el Pammakaristos, la gracia y la misericordia del Dios de las maravillas.

de Bartolomé