· Ciudad del Vaticano ·

El magisterio del Papa Francisco contra la trata de seres humanos

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El 30 de julio se celebra la Jornada convocada por la ONU para sensibilizar a la comunidad internacional

29 julio 2020

«Una actividad innoble, una vergüenza para nuestras sociedades que se consideran civilizadas». Desde el principio del pontificado, Francisco ha denunciado con fuerza la plaga de la trata de seres humanos, definiéndola «la esclavitud más extendida en este siglo XXI» y haciendo que sea uno de los temas recurrentes de su magisterio. Una atención constante, que vale la pena remarcar con ocasión de la Jornada mundial del 30 de julio, convocada por la ONU precisamente en el 2013  — el año de la elección de Bergoglio como sucesor de Pedro  — con el objetivo de sensibilizar a la comunidad internacional sobre la situación y sobre los derechos de las víctimas de este auténtico «delito contra la humanidad», que — palabras suyas — «atañe a cada país, incluso a los más desarrollados, y que afecta a las personas más vulnerables de la sociedad: las mujeres y las muchachas, los niños y las niñas, los discapacitados, los más pobres, a quien proviene de situaciones de disgregación familiar y social».

El Papa venido «del fin del mundo» siempre se ha preocupado por el destino de los que caen en las redes de este comercio sucio que, junto al de las armas y la droga, constituye una de las actividades más rentables para el crimen organizado. Lo testimonia de forma inequívoca su biografía argentina de sacerdote y después de obispo en la capital Buenos Aires. Lo contaron al L’Ossevatore Romano pocos días después del cónclave el cartonero Sergio Sánchez — en primera fila, junto a los poderosos de la tierra, entre los invitados de honor a la misa por el inicio de su ministerio petrino — y don Gonzalo Aemilius, el sacerdote uruguayo (hoy su secretario personal) saludado por el nuevo Obispo de Roma al finalizar su primera celebración de domingo en la parroquia de Santa Ana en el Vaticano: Sánchez remarcó que Bergoglio siempre se había alineado al lado de los trabajadores «contra la trata de los seres humanos usados como máquinas de producción», el segundo evocó la grandes batallas sostenidas por el cardenal contra la «esclavitud en todas las formas sutiles en las que se muestra».

Para sellar esta «vocación» original de servicio a los excluidos, el primer Papa latinoamericano de la historia nunca ha dejado de llamar a la Iglesia —  continuando a instar a otros líderes religiosos, gobernantes y la comunidad internacional — a inscribir el tema entre las prioridades de la propia agenda pastoral. En una nota autógrafa en español, enviada en agosto de 2013 al canciller de las Pontificia Academias de Ciencias y Ciencias Sociales, el obispo connacional suyo Marcelo Sánchez Sorondo, pedía explícitamente: «Creo que estaría bien ocuparse de la trata de personas y esclavitud moderna». Desde entonces no ha habido ocasión en la que Francisco no haya vuelto sobre lo que definió un crimen de «lesa humanidad», a través de repetidos llamamientos en discursos, homilías y documentos, y con iniciativas concretas: por ejemplo con la creación en 2014 del Grupo Santa Marta  — una alianza global de jefes de las policías, obispos y comunidades religiosas — y la institución de la Jornada mundial de oración y reflexión que se celebra cada año el 8 de febrero, en el recuerdo de santa Josefina Bakhita, la monja originaria de Sudán que de niña vivió la dramática experiencia de ser vendida como esclava.

Además, no debe olvidarse que aunque este fenómeno generalmente se identifique de manera reductiva con los intereses que giran en torno al mercado de la prostitución, también incluye adopciones ilegales, la venta de órganos y todos esos trabajos humillantes o ilegales en las fábricas, en las empresas agrícolas, en las estructuras turísticas, a bordo de barcos o en casas particulares, que terminan involucrando al menos a 40 millones de nuevos «vulnerables». Y la emergencia sanitaria provocada por el covid-19 está exacerbando aún más los aspectos más dolorosos en tiempos de pandemia, tal y como ha denunciado Caritas internationalis.

Al inmenso “ejército” de invisibles, absorbido en la malla de una red de explotación que encuentra complicidad en el cinismo y la indiferencia, se dirige la preocupación del Papa Francisco, sobre todo a través del lenguaje de los gestos que en su magisterio tiene un valor del todo peculiar. Y así mucho no han olvidado el 12 de agosto de 2016, cuando Bergoglio se dirigió a una estructura romana de la «Comunidad Papa Juan XXIII» fundada por don Oreste Benzi, para visitar a 20 mujeres liberadas de la criminalidad de la prostitución; o por dar un ejemplo más cercano en el tiempo, su elección de visitar Tailandia (a día de hoy su último viaje internacional, que en noviembre de 2019 hizo etapa también en Japón) para hacerse cercano — como dijo durante la misa celebrada en Bangkok — a todos los niños, las niñas y las mujeres  «expuestos a la prostitución y a la trata, desfigurados en su dignidad más auténtica». Consciente de que es necesario un gran trabajo para aumentar el nivel de atención de la opinión pública de esta realidad, para rasgar el velo de los silencios cómplices, dando voz a cada una de las víctimas, para que ninguno se deje robar la esperanza de liberación y de rescate.

de Gianluca Biccini

 

Más de 40 millones de «esclavos»: Asia y África las más golpeadas


Son cada vez más dramáticos los datos sobre la trata en el mundo. Las organizaciones humanitarias han evidenciado, con ocasión de la Jornada mundial contra el tráfico de seres humanos, más de 108.000 casos en 164 países en 2019. Según la Organización internacional del trabajo (Oil), las víctimas de la trata y de la explotación serían más de 40 millones, también si en muchos casos el sucio fenómeno queda sumergido. En los casos señalados, el 23 por ciento es de menores de edad y, en 1 de cada 20 casos, incluso niños de menos de 8 años. Asia y África son todavía las regiones más golpeadas.

La crisis desencadenada por el covid-19 sin duda ha empeorado la ya grave situación, empujando la explotación sexual de los menores de la calle dentro de las casas y online, con un drástico aumento de la pedopornografía en Europa. La falta de libertad de movimiento causada por el confinamiento y las restricciones de viaje adoptadas en muchos países se ha traducido en una menor posibilidad de huir y de encontrar ayuda para las víctimas de la trata de seres humanos.

Durante la pandemia han aumentado los casos de violencia contra los menores y el número de niños víctimas de la explotación online, al cual han sido expuestos, y son expuestos, cuando siguen clases a distancia sin el control de los padres.

En Italia, en particular, entre las 2.033 personas a cargo del sistema anti-trata en el 2019, la forma más difundida de explotación es la sexual (84,5 por ciento) que ve como víctimas principalmente mujeres y chicas (86 por ciento). Aunque la emersión es mucho más difícil en el caso de menores, 1 de cada 12 víctimas son menores de 18 años, el 5 por ciento menos de 14. La nacionalidad de origen de las pequeñas víctimas es principalmente nigeriana (87 por ciento), marfileña (2,5 por ciento) y tunecina (1,9 por ciento). Una realidad preocupante para personas cada vez más vulnerables.

En general, por trata se entiende una actividad criminal destinada a la captura, secuestro o reclutamiento, así como el transporte, traslado, alojamiento o acogida de una o más personas, utilizando medios ilícitos y con el fin de explotarlos.