· Ciudad del Vaticano ·

Cuando el silencio enseña a escuchar

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En la misa en Santa Marta el Pontífice alerta sobre las divisiones causadas en las comunidades cristianas por el dinero, la vanidad y las habladurías

21 abril 2020

En este tiempo hay tanto silencio. Incluso se puede escuchar el silencio. Que este silencio, que es algo nuevo en nuestros hábitos, nos enseñe a escuchar, nos haga crecer en nuestra capacidad de escucha. Recemos por esto.

“Nacer de lo alto” (Juan 3, 7) es nacer con la fuerza del Espíritu Santo. Nosotros no podemos tomar el Espíritu Santo para nosotros, sólo podemos dejar que nos transforme. Y nuestra docilidad abre la puerta al Espíritu Santo: es Él quien hace el cambio, la transformación, este renacer de lo alto. Es la promesa de Jesús de enviar el Espíritu Santo (cf. Hechos 1, 8). El Espíritu Santo es capaz de hacer maravillas, cosas que nosotros ni siquiera podemos pensar.

Un ejemplo es esta primera comunidad cristiana, que no es una fantasía, esto que nos dicen aquí: es un modelo, donde se puede llegar cuando hay docilidad y se deja que el Espíritu Santo entre y nos transforme. Una comunidad, digamos, “ideal”. Es cierto que inmediatamente después de esto comenzarán los problemas, pero el Señor nos muestra hasta dónde podemos llegar si estamos abiertos al Espíritu Santo, si somos dóciles. En esta comunidad hay armonía (cf. Hechos 4, 32-37). El Espíritu Santo es el maestro de la armonía, es capaz de crearla y lo ha hecho aquí. Debe hacerlo en nuestros corazones, debe cambiar muchas cosas de nosotros, pero debe crear armonía: porque Él mismo es la armonía. También la armonía entre el Padre y el Hijo: es el amor de la armonía, Él. Y Él, con armonía, crea estas cosas como esta comunidad armoniosa. Pero luego, la historia nos habla —el mismo Libro de los Hechos de los Apóstoles— de tantos problemas en la comunidad. Este es un modelo: el Señor ha permitido este modelo de una comunidad casi “celestial” para hacernos ver a dónde debemos llegar.

Pero luego comenzaron las divisiones en la comunidad. El Apóstol Santiago dice en el segundo capítulo de su Carta: “No entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado” (Santiago 2, 1): ¡porque las hubo! “No hagáis discriminaciones”: los apóstoles deben salir y amonestar. Y Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, en el capítulo 11, se queja: “Oigo que, al reuniros en la asamblea, hay entre vosotros divisiones” (cf. 1 Corintios 11, 18): empiezan las divisiones internas en las comunidades. A este “ideal” se debe llegar, pero no es fácil: hay muchas cosas que dividen a una comunidad, ya sea una comunidad cristiana parroquial cristiana o diocesana o presbiteral o de religiosos o religiosas... muchas cosas intervienen para dividir a la comunidad.

Observando qué fue lo que causó divisiones en las primeras comunidades cristianas, yo ve tres: primero, el dinero. Cuando el apóstol Santiago dice los de evitar favoritismos personales, pone un ejemplo porque “supongamos que entra en vuestra asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: ‘Tú, siéntate aquí, en un buen lugar’; y en cambio al pobre le decís: ‘Tú, quédate ahí de pie’, o ‘Siéntate a mis pies’” (cf. Santiago 2, 2). El dinero. El mismo Pablo dice lo mismo: “Porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga” (cf. 1 Corintios 11, 20-22), los dejamos allí como diciéndoles: “Arréglatelas como puedas”. El dinero divide, el amor al dinero divide a la comunidad, divide a la Iglesia.

Muchas veces, en la historia de la Iglesia, donde hay desviaciones doctrinales —no siempre, pero sí muchas veces— hay dinero detrás: el dinero del poder, tanto poder político como dinero en efectivo, pero es dinero. El dinero divide a la comunidad. Por esta razón, la pobreza es la madre de la comunidad, la pobreza es el muro que protege a la comunidad. El dinero divide, el interés propio. Incluso en las familias: ¿cuántas familias han acabado divididas por una herencia? ¿Cuántas familias? Y ya no se hablaban... Cuántas familias... Una herencia... Se dividen: el dinero divide.

Otra cosa que divide a una comunidad es la vanidad, ese deseo de sentirse mejores que los demás. “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres” (cf. Lucas 18, 11), la oración del fariseo. Vanidad, sentirme que... Y también vanidad en mostrarse, vanidad en los hábitos, en el vestir: cuántas veces —no siempre pero sí muchas veces— la celebración de un sacramento es un ejemplo de vanidad, quién va con la mejor ropa, quién hace eso y lo otro... Vanidad... para la fiesta mayor... La vanidad entra ahí también. Y la vanidad divide. Porque la vanidad te lleva a ser un pavo real y donde hay un pavo real, hay división, siempre.

Lo tercero que divide a una comunidad son las habladurías: no es la primera vez que lo digo, pero es la realidad. Es la realidad. Esa cosa que el diablo pone en nosotros, como una necesidad de hablar de los demás por la espalda. “Qué buena persona es...”    — “Sí, sí, pero...”: inmediatamente el “pero”: es una piedra para descalificar al otro e inmediatamente digo algo que he oído decir y así disminuyo un poco al otro.

Pero el Espíritu siempre viene con su fuerza para salvarnos de esta mundanidad del dinero, la vanidad y las habladurías, porque el Espíritu no es el mundo: está contra el mundo. Es capaz de hacer estos milagros, estas grandes cosas.

Pidamos al Señor esta docilidad al Espíritu para que nos transforme y transforme nuestras comunidades, nuestras comunidades parroquiales, diocesanas, religiosas: las transforme, para que podamos avanzar siempre en la armonía que Jesús quiere para la comunidad cristiana.