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Yo cuidaré de ti

· ​Misa en Santa Marta ·

La verdadera misión de la Iglesia no es poner en funcionamiento una eficiente máquina de ayudas, siguiendo el modelo de una ONG. El perfil del apóstol —que anuncia con sencillez y pobreza el Evangelio con el único auténtico poder que viene de Dios— se reconoce, en cambio, en la clara expresión de Jesús a los discípulos que volvían felices de la misión: «somos siervos inútiles». Y, así, el Papa —en la misa celebrada el jueves 5 de febrero, en la capilla de la Casa Santa Marta— reafirmó que la verdadera «misión de la Iglesia es curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, perdona todo, es padre, Dios es afectuoso y nos espera siempre».

En el pasaje evangélico de Marcos (6, 7-13) propuesto por la liturgia, recordó el Pontífice, «hemos escuchado cómo Jesús llama a sus discípulos» y los envía a «llevar el Evangelio: es Él quien llama». El Evangelio dice «que los llamó, los envió y les dio autoridad: en la vocación de los discípulos, el Señor da el poder: el poder de expulsar los espíritus impuros para liberar, para curar. Este es el poder que da Jesús». Él, en efecto, «no da el poder de proyectar o hacer grandes empresas»; sino «el poder, el mismo poder que tenía Él, el poder que Él había recibido del Padre, se lo entrega». Y lo hace con un «consejo claro: id en comunidad, pero para el viaje no llevéis nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero: ¡siendo pobres!».

«El Evangelio —afirmó el Papa Francisco— es tan rico y tan poderoso que no necesita formar grandes compañías, grandes empresas para ser anunciado». Porque el Evangelio «se debe anunciar siendo pobres, y el verdadero pastor es el que va como Jesús: pobre, a anunciar el Evangelio, con ese poder». Y «cuando el Evangelio se custodia con esta sencillez, con esta pobreza, se ve claramente que la salvación no es una teología de la prosperidad» sino que «es un don, el mismo don que Jesús había recibido para darlo».

El Papa Francisco volvió a proponer «esa escena tan hermosa de la sinagoga, cuando Jesús se presenta a los suyos: “He sido enviado para traer la salvación, para traer la buena noticia a los pobres, a los presos la liberación, a los ciegos el don de la vista. La liberación a todos los que están oprimidos y para anunciar el año de gracia, el año de alegría”». Precisamente este, dijo, «es el objetivo del anuncio evangélico, sin muchas cosas extrañas, mundanas». Jesús «envía así».

Y —se preguntó— «¿qué manda hacer» a los discípulos? ¿Cuál es su programa pastoral?». Sencillamente el de «atender, curar, levantar, liberar, expulsar los demonios: este es el programa sencillo». Que coincide, destacó el Papa Francisco, con «la misión de la Iglesia: la Iglesia que atiende, que cura». Tanto es así, recordó, que «algunas veces hablé de la Iglesia como de un hospital de campaña: ¡es verdad! ¡Cuántos heridos hay, cuántos heridos! ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas!».

Por lo tanto, continuó el Papa, «esta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es padre, que Dios es afectuoso, que Dios nos espera siempre».

De su misión, destacó el Pontífice refiriéndose al Evangelio de Lucas (10, 17-20), «los discípulos volvieron felices» porque «no creían ser capaces de poder lograrlo». Y «decían al Señor: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”». Estaban justamente «felices porque este poder de Jesús, realizado con sencillez, con pobreza, con amor, daba buen resultado».

Precisamente la frase que los discípulos felices dirigieron a Jesús, según lo relatado en el Evangelio, «nos explica todo». Ellos decían: «Hemos hecho esto, y esto, y esto, y esto...». Así, después de escucharlos, Jesús cerró los ojos y dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo». Un frase que revela cuál es «la guerra de la Iglesia: es verdad, tenemos que recoger ayudas y formar organizaciones que ayuden porque el Señor nos da los dones para esto»; pero, advirtió el Papa, «cuando olvidamos esta misión, olvidamos la pobreza, olvidamos el celo apostólico y ponemos la esperanza en estos medios, la Iglesia lentamente cae hacia una ONG y se convierte en una hermosa organización: poderosa pero no evangélica, porque falta ese espíritu, esa pobreza, esa fuerza de sanar».

Hay algo más: al regresar, Jesús lleva consigo a los discípulos «a descansar un poco, a pasar un día en el campo, a comer bocadillos con un refresco». En definitiva, el Señor quería «pasar juntos un poco de tiempo para festejar». Y juntos hablan de la misión que acababan de realizar. Pero Jesús no les dice: «Sois geniales. En la próxima salida, ahora, organizad mejor las cosas». Se limita a recomendar: «Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “somos siervos inútiles”» (Lucas 17, 10).

En estas palabras del Señor, destacó el Papa Francisco, está el perfil del apóstol. Y, en efecto, «¿cuál sería la alabanza más bella para un apóstol?». He aquí la respuesta: «Ha sido un obrero del reino, un trabajador del reino». Precisamente «esta es la alabanza más grande, porque va por este camino del anuncio de Jesús, va a curar, a custodiar, a proclamar esta buena noticia y este año de gracia. A hacer que el pueblo vuelva a encontrar al Padre, a llevar la paz al corazón de la gente».

Como conclusión, el Papa invitó a leer este pasaje del Evangelio, subrayando «cuáles son las cosas más importantes para Jesús, para el anuncio del Evangelio: son estas, estas pequeñas virtudes». Y «luego es Él, es el Espíritu Santo quien lo hace todo».

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15 de Septiembre de 2019

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